El psicólogo de la personalidad tiene como meta comprender la estructura y los procesos psicológicos que contribuyen al funcionamiento distintivo del individuo, sin olvidar los factores ambientales y genéticos que influyen y afectan al mismo.

La estructura

La estructura se refiere a los aspectos más estables de la personalidad.

El concepto de rasgo recoge la consistencia de la respuesta de un individuo ante distintas situaciones y se aproxima al concepto que se usa para describir la conducta de los demás (hostilidad, agresividad, sociabilidad…).

El concepto tipo recoge la agrupación de diferentes rasgos. En comparación con el rasgo, el tipo implica mayor generalidad de la conducta.

A lo largo de los distintos modelos, hay 2 dimensiones recurrentes, la Extraversión y el Neuroticismo, ambas con una importante carga genética y generalidad en las distintas culturas. Por otro lado, están los rasgos que llamamos cognitivos (expectativas, planes, estrategias) y emocionales (ansiedad, ira, afecto positivo y negativo).

Los rasgos son constructos usados para describir, comparar y predecir la conducta de las personas, pero no para explicarla. Los rasgos se entienden como dimensiones bipolares a lo largo de las cuales se sitúan las distintas personas. Se consideran tendencias de respuesta y proporcionan una firma reconocible de lo que una persona tiende a expresar en un amplio rango de situaciones (aunque no en todas) y a lo largo de un periodo de tiempo relativamente amplio (aunque no necesariamente para siempre).

El proceso

El proceso se refiere a los conceptos motivacionales, cognitivos o afectivos que dan cuenta de la conducta. Cuando el individuo lleve a cabruna u otra conducta intervendrán estos aspectos dinámicos que interactúan con las características de la situación o contexto considerado.

Las teorías disposicionales o de rasgo, más centradas en la estructura, tienen como meta caracterizar a los individuos en términos de un número (preferiblemente pequeño), de disposiciones estables que permanecen invariantes a lo largo de las situaciones y que son distintivas para el individuo, determinando un rango amplio de conductas importantes.

Se centran en características estables que diferencian consistentemente a los individuos, buscando evidencia a favor de la amplitud y duración de estas diferencias a lo largo de las diversas situaciones.

Las aproximaciones basadas en el proceso consideran que la personalidad es un sistema de unidades mediadoras (expectativas, metas, creencias…) y procesos psicológicos (cognitivos y afectivos), conscientes e inconscientes, que interactúan con la situación.

Estudio del afrontamiento ante el estrés (Mishel y Shoda): desde un marco disposicional se habla de “estilos de afrontamiento” mientras que desde un marco dinámico se habla de “procesos de afrontamiento”.

La aproximación de “estilos” más vinculada al concepto de rasgo y relacionada con los grandes factores, dimensiones o tipos, asumiría que cada persona se caracteriza por un estilo de afrontamiento ante el estrés que usaría de forma consistente en las diversas situaciones que se encuentra, con cierta independencia del tipo concreto de problema o estresor del que se trate.

La aproximación de procesos se centraría concretamente en lo que hace la persona cuando se enfrenta con un determinado acontecimiento estresante analizando el cambio a lo largo del tiempo o de las situaciones. La respuesta que da es fruto de la percepción de la situación que está analizando y/o viviendo, percepción que puede estar influenciada por sus características más generales.

Para analizar la capacidad de adaptación de la persona a los cambios que se encuentra, así como las mejores o más convenientes estrategias a usar en cada caso se necesita conocer los patrones o regularidades de las personas así como su adaptación (interacción) con las distintas situaciones.

El Sistema Cognitivo-Afectivo de Personalidad o CAPS entiende que las diferencias individuales reflejan en parte un nivel distinto de accesibilidad o de activación de las representaciones mentales y emocionales (cogniciones y afecto) en cada persona, así como una organización distintiva de las relaciones entre las propias cogniciones y afectos, que determinada su diferente peso o importancia en unas situaciones frente a otras.

Esta organización estable de interrelaciones entre elementos sería el resultado de la historia de aprendizaje de la persona en interacción con su potencial biológico. El resultado son patrones o perfiles relativamente estables.

Los determinantes ambientales y culturales

Además de estos aspectos de estructura y proceso, el individuo a lo largo de su vida recibe influencias ambientales y genéticas que afectan a su personalidad (estructura y dinámica).

Entre los determinantes ambientales se encuentran los factores culturales, sociales y familiares. El pertenecer a una u otra cultura determina las metas que nos proponemos, nuestra forma de valorar el éxito o el fracaso o lo que es o no importante y de ahí las consiguientes reacciones cognitivas y afectivas que se experimentan ante estas situaciones.

Por otro lado, hay conductas que vienen determinadas por la pertenencia a un determinado grupo social, como los aspectos que serán más valorados en función de criterios como el estatus social o la ocupación profesional.

Finalmente, la familia ejerce una importante influencia desde el momento en que las distintas prácticas de crianza afectan al desarrollo de la personalidad, su conducta sirve de modelo para los niños, recompensan o castigan determinados comportamientos y determinan el tipo de situaciones y estimulaciones que el niño recibe en sus primeros años.

No hay que olvidar la propia situación en que tiene lugar la conducta. La conducta y reacciones de las personas van a estar en función de cómo perciban las situaciones en las que está inmersos pero al mismo tiempo ellos afectan a las situaciones por lo que hay una constante y continua interacción entre las personas y las situaciones.

Por otro parte, la personalidad viene determinada, en parte, por factores biológicos (más importantes en características como la inteligencia y menos en otras más socioculturales, como las creencias o el sistema de valores de la persona) que incluyen variables genéticas, constitucionales, fisiológicas y bioquímicas.

Los niveles de análisis

Además de los grandes rasgos, factores o tipos, reservados para referirse a las variables más estables, el estudio de la personalidad debe implicar también a esas otras variables más modificables en función de la experiencia que se pueden llamar variables psicosociales (por su particular influencia del entorno) o variables o unidades de nivel medio (por su mayor proximidad a la conducta). Entre estas unidades están los motivos, metas, planes, valores, estilos de afrontamiento, logros o proyectos personales, expectativas, afectos, estilos de apego… variables de la personalidad que está muy vinculadas a la conducta y son importantes para la descripción total de la persona.

El estudio de estas unidades permite no solo predecir la conducta, como ocurre con los rasgos más estables, sino identificar los mecanismos causales responsables de la conducta.

Además de predecir y explicar la conducta, también permite el cambio en mayor medida que un planteamiento basado en rasgos más o menos fundamentados biológicamente y con una mayor estabilidad y consistencia.

El problema de si la personalidad se mantiene o cambia va a depender del nivel al que nos movamos. Si hablamos de rasgos disposicionales, estamos indicando en general una alta estabilidad, pero si hablamos del proceso o de los elementos dinámicos (metas, creencias, actitudes…) la posibilidad de cambio y adaptación a las circunstancias es mucho mayor.

McAdams propone que para entender la estructura y dinámica de la personalidad se deben incluir al menos 3 niveles, teniendo en cuenta que cada uno incluye a su vez una amplia gama de constructos de personalidad:

  • los rasgos disposicionales (nivel I)

  • los intereses personales (nivel II)

  • la narración de la propia vida (nivel III)

Nivel I: incluye aquellas dimensiones de personalidad, relativamente descontextualizadas que se denominan rasgos y que se caracterizan por una cierta estabilidad temporal y consistencia transituacional.

Nivel II: se refiere a lo que la persona quiere (expectativas, creencias, motivaciones) y los métodos que usa para conseguir lo que desea (estrategias, planes…) y evitar lo que no desea, lo que se denomina “unidades de nivel medio” o “constructos de acción personal”.

Las personas tienen sus características (rasgos) pero a la hora de hacer cosas, de comportarse, se expresan en el dominio del nivel II, por ello estas características están más sujetas a las influencias situacionales, culturales o a los cambios evolutivos.

Nivel III: considera la auténtica identidad de una persona, su propia narración o historia vital.

El nivel II nos dice qué hace una persona y como lo hace pero el nivel III iría más allá, indicando quién o qué está intentando ser (su identidad).

Las historias de vida incluirían distintos elementos, como un tono emocional, imágenes o metáforas significativas, ideologías, episodios concretos con un marcado carácter o significado para el individuo, las idealizaciones o aspiraciones sobre uno mismo y su papel en la vida, y un final, que marca el legado que uno deja y que genera nuevos comienzos en generaciones posteriores.

Las integraciones recientes

La psicología de la personalidad debería proporcionar un marco integrador para entender las características comunes a todas las personas, las diferencias individuales en esas características comunes y finalmente el patrón único de cada individuo.

McAdams y Pals proponen 5 grandes principios de una nueva ciencia integradora de la personalidad, donde añaden a los 3 niveles del modelo de McAdams, el papel de la evolución y los aspectos culturales:

Primer principio: sobre “evolución y naturaleza humana” diría que las vidas humanas son variaciones individuales en un diseño evolutivo general, lo que recogería las formas en que cada persona es como las demás.

Segundo principio: “la estructura disposicional”, diría que las variaciones en un conjunto pequeño de rasgos disposicionales implicados en la vida social constituyen los aspectos más estables y reconocibles de la individualidad psicológica.

Tercer principio: “adaptaciones características”, indicaría que más allá de los rasgos disposicionales, nuestras vidas varían con respecto a un amplio rango de adaptaciones motivacionales, socio-cognitivas, y evolutivas, contextualizadas en el tiempo, lugar y/o rol social.

Estas adaptaciones características incluyen los motivos, metas, planes, estrategias, valores, virtudes (aspectos definitorios de la individualidad humana). Estos aspectos, más relacionados con la motivación y la cognición, frente a los rasgos, serían más manejables e influenciables por el entorno y la cultura que los rasgos, lo que implica que pueden modificarse con el paso del tiempo y las experiencias vividas o a través de terapia. Mientras los rasgos abordan la cuestión de qué clase de persona es alguien en particular; las adaptaciones características avanzan hacia una pregunta más existencial: Quién es la persona.

Cuarto principio: “narraciones de vida e identidad personal”, indica que más allá de los rasgos y de las adaptaciones características, las personas varían con respecto a las historias de vida que integran, o narraciones personales, que los individuos construyen para dar significado e identidad a sus vidas en el mundo en que viven.

La identidad narrativa incorpora el pasado reconstruido y el futuro imaginado en un todo más o menos coherente que da a la vida de la persona un cierto nivel de unidad, propósito y significado.

Quinto principio: “el papel diferencial de la cultura”, resalta el papel de la cultura en los distintos niveles de la personalidad. Aunque proporciona reglas para la expresión conductual, tendría un papel más modesto en la expresión de los rasgos; un mayor impacto en las adaptaciones características y ejercería su influencia más profunda en las historias de vida, proporcionando temas, imágenes, argumentos para la construcción psicosocial de la identidad narrativa.

Uniendo estos 5 principios: la personalidad sería la variación única de un individuo sobre el diseño evolutivo de la naturaleza humana, expresada como un patrón de rasgos disposicionales, adaptaciones características e historias de vida integradoras, compleja y diferencialmente situadas en la cultura.

Los autores de los modelos socio-cognitivos más actuales en lugar de usar el término de psicología de la personalidad, hablan de “ciencia del individuo” como forma de enfatizar el estudio de las personas en el contexto. La visión más contextualizada de la personalidad, permite analizar rasgos y procesos, hacer estudios idiográficos y nomotéticos, avanzando en el estudio de la personalidad contextualizada (ciencia del individuo).