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Numerosos estudios demuestran que la sensación de bienestar de las personas no disminuye con la edad (Heckhausen y Krueger, 1993). El bienestar subjetivo es una de las facetas fundamentales de la identidad de la persona que está compuesto por una dimensión afectiva o evaluativa (alta frecuencia y calidad de afectos positivos y baja de los negativos) y una dimensión cognitiva que evalúa los aspectos concretos de la vida que son rele­vantes (ej. la salud, las relaciones personales, los recursos para gestionar su vida y otros).

Esta segunda dimensión incluye una serie de recursos mentales que sirven para estar bien en su vida cotidiana y superar o manejar los obstáculos, problemas, acontecimientos que puedan alterar su autonomía funcional y sus relaciones sociales (entre ellos se incluirían as­pectos como la confianza).

Respecto a las personas de mayor edad, los resultados de los estudios demuestran que estas dimensiones son muy relevantes para conse­guir niveles elevados de bienestar. Se han identificado tres mecanismos psicosociales que lleva a las personas de edad muy avanzada a con­servar un elevado bienestar subjetivo cuando el nivel de salud es d e fragilidad.

Mecanismos de selección socioemocional. Consisten en seleccionar experiencias de vida emocionalmente ricas. Se buscan expe­ riencias que garantizan emociones positivas y se evitan aquellas que implican mayor riesgo emocional. Esta estrategia garantiza que el equilibrio de pérdidas y ganancias se mantiene en niveles satisfactorios (Carstensen et al, 2000).

Mecanismos de compensación. En este caso se utilizan recursos alternativos para compensar las pérdidas en el dominio de la salud (Baltes y Baltes, 1990), apoyos instrumentales (ej. utilizar gafas), médicos y humanos (ej. acompañantes), que reducen los efectos de las pérdidas y proporcionan mayor autonomía e independencia y nivel de funcionamiento en general.

Infraestimación de la salud. Las personas afectadas por un declive de la salud tienden a minimizar la importancia de los síntomas, los clasifican como normales para la edad que tienen. De esta forma les prestan menos atención y ello provoca menos malestar y frustración (Diener y Fujita, 1997).

A modo de conclusión, conviene señalar que las personas mayores, en su vida cotidiana, se enfrentan a situaciones adversas que pueden perjudicar el desarrollo de una vida saludable y con bienestar. Algunas son amenazas reales, como el debilitamiento físico y la proximidad de la muerte. Otras surgen en las relaciones sociales y están, por lo tanto, determinadas social y culturalmente.

Las situaciones adversas son amenazantes y tienen efectos emocionales y motivacionales que impulsan a las personas a reaccionar para reducir las amenazas y sus consecuencias.

Los estudios realizados con muestra de mayores confirman que sus reacciones ante las amenazas son similares a las que aparecen con otro tipo de muestras aunque la fuente de las amenazas sea diferente.

Finalmente, los estudios que ponen a prueba las predicciones de las teorías psicosociales (ej. efectos de los estereotipos y del prejuicio en la percepción y en la conducta o efectos de la comparación social) son similares a los encontrados con otro tipo de muestra. Se confirman los efectos previstos por las teorías y los modelos de partida.

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