Modelos de integración comunitaria en sociedades pluriculturales

La integración comunitaria es probablemente uno de los tópicos más utilizados en el ámbito de los procesos migratorios y el eje en torno al cual se diseñan proyectos de intervención e investigación social. Sin embargo, el concepto de integración tiene en este área un carácter polisémico y su concreción operativa es función no sólo del nivel ecológico de referencia (individual, organizacional, comunitario, etc.) sino también del posicionamiento teórico, ideológico, disciplinar, etc. de la persona que se acerca al fenómeno migratorio.

En las ciencias sociales una parte importante de las discusiones teóricas de los últimos años sobre migraciones se ha centrado en una serie de modelos sobre integración. Antes de abordar este tópico desde la perspectiva psicosocial, se describen los elementos básicos de algunos de los modelos teóricos que han sustentado las políticas públicas en países con larga tradición en la recepción de personas extranjeras. Estos modelos se centran en las relaciones culturales y étnicas entre minorías y mayorías, así como en las consecuencias (producidas o deseadas) de estas relaciones (Gualda, 2001 ).

1. Asimilación

Aunque las prácticas asimilacionistas son tan antiguas como la propia historia de las migraciones, el referente teórico del modelo deriva de la gran corriente inmigratoria hacia los Estados Unidos a principios del siglo veinte. A partir de la asunción de la homogeneidad y superioridad de las sociedades receptoras (dominantes), la asimilación consistiría en un proceso unidireccional de simplificación mediante el cual las minorías inmigrantes se despojan de aquello que les es distintivo (lengua, valores, normas, señas de identidad, etc.) para copiar en sus formas de vida social y cultural a la mayoría de la sociedad receptora. Se trata de un modelo de filosofía social y organización etnocultural destinado a la uniformización de grupos étnicos, cuya acción política pueden ser reflejo de unas relaciones intergrupales opresivas (Prilleltensky, 2008), a través de las cuales la sociedad autóctona defiende su estatus de privilegio.

La idea central del modelo ha sido muy criticada y la realidad ha demostrado el escaso éxito del mismo. Este fracaso se sustenta, entre otros factores, en los siguientes (Alba, 1999):

  1. Es falso que las sociedades receptoras sean cultural mente homogéneas;
  2. Se entiende la asimilación como un resultado natural e inevitable del contacto intercultural, cuando la realidad ha sido la consolidación de las nuevas minorías étnicas de origen foráneo;
  3. La diversidad cultural es entendida como un mal o problema coyuntural de los flujos migratorios hasta que se alcanza la homogeneidad;
  4. es poco ético entender el cambio social sólo como un proceso unilateral cuya responsabilidad recae en los inmigrantes;
  5. la asimilación presupone como último resultado la inclusión, la igualdad de derechos sociales y la ausencia de discriminación.

En países como Francia que han implementado este modelo no han desaparecido las prácticas excluyentes y discriminatorias hacia las personas asimiladas. Los conflictos ocurridos hace unos años en algunos barrios marginales de París fueron protagonizados por jóvenes franceses de origen extranjero reivindicando políticas sociales e igualdad de oportunidades.

2. Fusión cultural o melting pot

En la misma línea que la anterior, esta perspectiva intenta explicar los procesos que suceden en comunidades que se van conformando por la incorporación progresiva de poblaciones culturalmente muy distintas en valores, religión, idioma, etc.

Tiene también como referente histórico más relevante las grandes migraciones hacia Estados Unidos que dieron lugar con el tiempo a una nueva sociedad cuya grandeza se sustentaba en la teórica fusión de las distintas culturas (crisol de culturas) que la componían.

Surgido como crítica al asimilacionismo y sin un gran desarrollo teórico, el melting pot presupone que como consecuencia del contacto de poblaciones distintas se conforma una nueva identidad cultural a partir de la fusión de lo que van aportando cada una de ellas. Desde este modelo tanto la cultura del emigrante como la del autóctono son percibidas desde una óptica positiva ya que ambas contribuyen a enriquecer la sociedad y participan en los procesos de integración. Para Giménez (1996) esta perspectiva es sólo una variante del asimilacionismo ya que los grupos participantes en la fusión pierden o ven radicalmente transformadas sus culturas de origen hasta que se logra la homogeneización cultural.

Entre las criticas que ha recibido la fusión cultural destacan:

  1. la indefinición del término fusión por hacer referencia a aspectos raciales más que culturales (Kymlicka, 1996);
  2. el fracaso del modelo como ideología o política, ya que responde más al mito nacional estadounidense que a un modelo claramente expuesto y sistematizado (Malgesini y Giménez, 2000); y
  3. la evidencia ha demostrado que el resultado final de la fusión es más la dominación de una cultura (mayoritaria) sobre otra u otras (minoritarias/subordinadas).

3. Pluralismo cultural. Multiculturanismo e lnterculturalismo

Este enfoque se desarrolla en los años setenta como respuesta explicativa al fracaso de los dos anteriores ya que, por una parte los grupos minoritarios pusieron resistencia a la fusión y a la asimilación y, por otra, la desigualdad social instituida dio lugar a conflictos sociales y movimientos de revitalización étnica (Gualda, 2001 ). Desde el punto de vista del discurso este modelo se enmarcó en una nueva corriente de pensamiento que partía de la evidencia de que las sociedades modernas son plurales (aunque no haya migraciones), e intentaba explicar el funcionamiento de las mismas.

El pluralismo cultural valora positivamente la diversidad y sostiene que es posible la convivencia en paz en sociedades compuestas por grupos o comunidades étnica, cultural, religiosa o lingüísticamente diferentes. No se presupone que algún grupo pierda su cultura o identidad, y se fomenta la práctica de las tradiciones etnoculturales y las relaciones intergrupales basadas en el respeto a las diferencias y no en la similitud cultural (Malgesini y Giménez, 2000). Esta perspectiva ha tenido varios desarrollos pero los dos más importantes han sido el multiculturalismo y la interculturalidad.

El multiculturalismo surge como un modelo de política pública para hacer frente a las exigencias de los grupos minoritarios de la comunidad de un nuevo escenario de reconocimiento de su identidad y la acomodación de sus diferencias culturales.

Propone una organización social o proyecto político basado en el respeto a las identidades culturales en una estructura dual: un dominio público en el que se debe respetar la igualdad de todos los individuos y grupos que conviven en un mismo territorio, y un dominio privado en el que la norma principal es el respeto a la diversidad y la unicidad de cada individuo o grupo (Kymlicka, 1996).

Desde el multiculturalismo se defienden los derechos de los distintos grupos étnicos y se promueven algunos de los elementos de su herencia étnica, entendiendo que las manifestaciones culturales en el ámbito familiar y asociativo son compatibles con una integración social participando en las organizaciones públicas de la cultura dominante. El reconocimiento de los derechos de estos grupos se justifica en base a la necesidad que tienen de una identidad social diferenciada, una presencia social significativa (en oposición a la invisibilidad) y una valoración social positiva.

Sin embargo, esta perspectiva ha sido criticada por ofrecer sólo una visión estática de la sociedad. Por el contrario, la interculturalidad pretende reflejar toda la dinámica social de las relaciones intergrupales y realiza una propuesta de sociedad pluricultural basada en la convivencia interactiva de todos sus estilos de vida, patrones conductuales, etc. Empleada preferentemente en Europa, en esta propuesta la diversidad cultural se percibe como una ocasión para crecer en lo personal y lo social, al entender que conocer y comprender otras culturas es indispensable para comprender la propia. Por ello se favorece el diálogo entre las culturas a través del cual se cuestionan los presupuestos de todas ellas y no sólo de las minoritarias. La diferencia es reconocida como un valor enriquecedor y como un derecho de los individuos y los grupos a situarse en cada contexto social.

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