9.3. Rasgos generales de las emociones autoconscientes

La culpa, la vergüenza y el orgullo, además de implicar todas ellas algún tipo de valoración relativa al propio yo como elemento antecedente y esencia, comparten otros importantes rasgos.

3.1. Las emociones autoconscientes son emociones “secundarias”, “derivadas”, “complejas”

La mayor parte de los autores consideran a las emociones autoconscientes emociones “secundarias”, “derivadas”, en la medida en que dichas emociones parecen surgir como resultado de diversas transformaciones de otras más básicas.

La mayoría de autores considera a las emociones autoconscientes emociones “complejas”. Ello se debe a que estas emociones requieren el desarrollo previo de ciertas habilidades cognitivas. En concreto, gran parte de los autores coinciden en que para que aparezcan estas emociones se ha de dar, como condición necesaria, el desarrollo de una cierta noción del yo como separado de los demás, de una cierta autoconciencia.

Lewis y colaboradores realizaron una serie de estudios que muestran que el desarrollo de la capacidad de sentir vergüenza (embarrassment) discurre paralelo al del autorreconocimiento. Estos autores observaron que los primeros signos de embarrassment en los niños (sonreír y al mismo tiempo evitar la mirada, tocarse la cara, etc.) aparecían entre los 15 y los 24 meses. Los niños que mostraban autorreconocimiento en una prueba eran exactamente los mismos que mostraban signos de sentir embarrassment en una prueba diferente.

El embarrassment parece ser la más rudimentaria de las emociones autoconscientes, al menos de las de carácter negativo.

En diversos estudios se ha constatado que ya para los 2-3 años, los niños presentan manifestaciones protípicas del orgullo (mirada triunfante, cuerpo erguido, etc.), la vergüenza (cuerpo encogido, cabeza baja, etc.) y la culpa (intentos de reparación tras agredir a otro niño).

3.2. Las emociones autoconscientes son emociones “sociales”, “morales”

Son también designadas por algunos autores como “emociones sociales”. Estas emociones tienen importantes aspectos interpersonales:

En primer lugar, dichos aspectos se hallan presentes en su desarrollo. El desarrollo en el niño de unos criterios acerca de lo correcto y lo incorrecto es fruto de la interiorización de los valores y las normas de su cultura. Dicho desarrollo es resultado también de la construcción del propio niño, que se asienta en las experiencias cotidianas del niño en sus interacciones sociales.

En segundo lugar, estas emociones son también “sociales” por cuanto la mayor parte de las veces surgen en contextos interpersonales.

Por último, estas emociones conllevan tendencias de acción con importantes implicaciones interpersonales. Así, por ejemplo, la persona que se siente culpable siente la necesidad de reparar de algún modo la falta, la necesidad de pedir disculpas y, en la medida de lo posible, enmendar la acción.

La culpa anticipada ayuda a preservar las relaciones interpersonales, al favorecer que tales acciones u omisiones no se produzcan.

Las implicaciones de todo esto en el terreno de lo moral son obvias. Junto con la empatía, estas emociones juegan un papel fundamental como elementos motivadores y controladores de la conducta moral. La culpa y la vergüenza actúan como un factor inhibidor de muchas conductas inmorales. El orgullo sentido ante la buena acción, en especial si es costosa, ejerce en el reforzamiento de futuros cursos de acción similares.

El papel de estas emociones en el ámbito moral ha sido objeto de reflexión de muchos filósofos a lo largo de la historia. Es, en este sentido, en el que algunos autores designan a estas emociones como emociones “morales” o “sociomorales”.

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