El "tipo ideal" de la psicología cognitiva

Un tipo ideal de psicólogo cognitivo es el que sostiene que la psicología es una ciencia cuyo objeto de estudio es el procesamiento mental de las distintas clases de información procedente de los órganos sensoriales. Inspirándose en la analogía del ordenador, nuestro psicólogo cognitivo arquetípico precisará que tal procesamiento de información consiste en computaciones sobre representaciones, es decir, manipulaciones automáticas de símbolos realizadas de acuerdo con determinados algoritmos -secuencias de instrucciones- que probablemente se hallen inscritos en la mente de forma innata (Rivière, 1991). He aquí los tres rasgos principales del cognitivismo: la concepción representacional de la mente, el énfasis en la especialización sensorial como algo que condiciona el procesamiento de la información, y la concepción mecanicista de la psicología. Detengámonos un instante en cada uno de ellos.

Salto al símbolo y representación mental

La psicología cognitiva supone que la información procedente del mundo externo penetra por los órganos de los sentidos en forma de energía física y, al entrar en la mente, se convierte en información propiamente dicha, es decir, en algo ya dispuesto a ser procesado. Neisser (1967) denominó “transducción” a esa transformación de la energía física en información. Mediante la transducción, lo físico, el input sensorial, se convierte en simbólico, o lo que es lo mismo, lo fisiológico se vuelve psicológico. Por supuesto, una vez que la información se procesa -a través de mecanismos perceptivos, atencionales, memorísticos, emocionales, lingüísticos, de pensamiento, etc.-, hay una transducción inversa en virtud de la cual lo mental se vuelve a convertir en físico: gracias a la actividad neurofisiológica muscular y glandular, se produce la conducta, el output, es decir, el sujeto actúa. El esquema general es input → procesamiento → output. Por lo demás, el procesamiento de la información se entiende como una computación de representaciones mentales. El contenido de la mente no es, obviamente, el mundo externo tal cual, sino algún tipo de copia simbólica del mismo: no tenemos en la mente coches, edificios o perros, sino representaciones de coches, edificios y perros (algunos psicólogos cognitivos sostienen que esas representaciones guardan algún tipo de semejanza con los objetos representados; otros sostienen que son representaciones puramente formales, al estilo de las cadenas de símbolos con que estaba codificada la realidad virtual en la película Matrix).

Nótese que a esta concepción de lo psicológico subyace una perspectiva dualista. La transducción implica un inexplicable salto al símbolo: no sabemos cómo es posible que lo físico se convierta en simbólico, igual que en la época de René Descartes, padre del dualismo moderno, no se sabía muy bien cómo era posible que mente y cuerpo interactuaran, pese a los intentos del filósofo por defender que esa interacción se produce. De hecho, en aquella época (siglo XVII) se planteaba también una objeción a la idea de que el conocimiento es una representación de la realidad, una idea defendía asimismo por Descartes. La objeción se llamó “paradoja del doble acceso”: si el conocimiento es una representación de la realidad es porque no tenemos acceso a la realidad misma, sino sólo a su representación mental, pero para asegurarnos de que esta representación es correcta deberíamos compararla con la realidad, en cuyo caso tendríamos que acceder a ésta, de modo que la representación mental ya no sería necesaria.

Los módulos mentales

En el espíritu de la psicología cognitiva, cuando no en la letra, se encuentra la idea de que la mente está diseñada conforme a una arquitectura basada en compartimentos de procesamiento de la información interconectados. El filósofo Jerry A. Fodor explicitó esta idea hace más de treinta años en un libro titulado La modularidad de la mente (Fodor, 1983), cuya tesis ha sido objeto de intensos debates desde entonces, con posturas a favor, en contra e intermedias. Fodor recuperó el concepto de las facultades mentales, característico de la psicología anterior a Wundt, y lo actualizó mediante el lenguaje de la psicología del procesamiento de la información. En vez de facultades mentales, se refirió a “módulos cognitivos”, que serían los sistemas a través de los cuales los datos (o inputs) entran en la mente. Una vez transducidos, los datos pasan a los módulos y éstos los procesan. Según Fodor, los módulos son innatos y corresponden a determinadas regiones fijas del cerebro. Además, se caracterizan por ser de dominio específico y estar informativamente encapsulados. La especificidad de dominio significa que cada módulo sólo puede procesar un tipo de información: color, forma, relaciones espaciales tridimensionales, olor, textura, etc. El encapsulamiento informativo significa que los módulos funcionan automáticamente y sin que a ese funcionamiento pueda afectarle la intervención de otros procesos cognitivos superiores o más complejos, como el pensamiento.

Por encima de los módulos se encuentra lo que Fodor denominaba un sistema de procesamiento central, que podemos identificar con esos procesos psicológicos tradicionalmente considerados superiores. El sistema central no es modular, sino de propósito general (es decir, sirve para cualquier tipo de información), y es el que recibe los datos filtrados por los módulos y los relaciona entre sí. Aunque él no lo planteara exactamente así, para entender la diferencia entre los módulos y el sistema central de procesamiento podemos pensar en un ordenador y distinguir entre la CPU (la unidad central de procesamiento, literalmente) y los dispositivos periféricos que se encargan de enviarle los datos, equivalentes más o menos a los módulos.

Fodor añadía que, puesto que los procesos psicológicos superiores no son modulares, es dudoso que puedan estudiarse científicamente. A su juicio, para analizar científicamente algo debe definirse como un proceso mecánico y bien acotado. Los procesos no modulares, por definición, son abiertos e imprevisibles.

En cierto modo, lo que subyace al enfoque modular de la actividad psicológica es algo que ya estaba presente en la distinción que hizo Wilhelm Wundt entre la psicología fisiológica y la psicología de los pueblos o en la distinción que hizo William James entre los procesos asociativos mecánicos y la función selectiva de la conciencia. La idea es que hay un estrato de funciones básicas o inferiores, cercanas al nivel de lo fisiológico, que siguen leyes mecánicas y se encuentran al margen de la consciencia (con “s”) del sujeto -los módulos-, y superpuesto a ese estrato hay otro de funciones más complejas o superiores, que sí se relacionan con aquello de lo que el sujeto es consciente cuando actúa y que, por eso mismo, son difíciles de tematizar en términos mecánicos -el procesamiento central-. Algunos enfoques que estamos explicando en este libro, como el de Dewey y Baldwin, o los de los constructivismos que trataremos en el tema siguiente, han intentado romper esa dualidad mostrando cómo las actividades psicológicas se construyen a través de su desarrollo filogenético, ontogenético, sociogenético e historiogenético.

Desde este punto de vista, carece de sentido preguntarse si la mente es o no modular. Lo que hay que preguntarse es cómo se han ido estabilizando -a través de esas cuatro dimensiones del desarrollo- ciertas regularidades en la actividad de los sujetos que, por eso mismo, nos parecen modulares o automatizadas si las contemplamos sincrónicamente, o sea, sin tener en cuenta el desarrollo.

El mecanicismo mentalista

La idea de que la mente es un sistema de procesamiento de información, entendido como computación de representaciones, implica que es, en última instancia, un dispositivo que funciona de forma mecánica, según leyes ajenas a la actividad de los sujetos. Al contrario, son esas leyes las que supuestamente explican dicha actividad. El escepticismo fodoriano respecto a la posibilidad de una ciencia completa de la mente -es decir, una psicología que incluya los procesos cognitivos y los superiores- no sólo se basaba en una concepción modularista de la arquitectura psicológica, sino también en la idea de que la única explicación posible en psicología es una explicación mecanicista. Algunos de los debates internos del cognitivismo han tenido que ver precisamente con la posibilidad de compatibilizar la existencia de procesos que en sí mismos difícilmente se pueden considerar mecánicos -por ejemplo, el pensamiento o la toma de decisiones- y la existencia de un procesamiento de información regido por leyes objetivas, mecánicas, tal y como el que Fodor atribuía al funcionamiento de los módulos cognitivos.

A veces se ha hablado de “mecanicismo abstracto” (Rivière, 1991a, 1991b), haciendo referencia al hecho de que el de la psicología cognitiva es un mecanicismo sui generis o novedoso, pues no reposa sobre realidades físicas -tuercas, piedras o nervios- sino mentales, que además se definen en términos formales, simbólicos, como cadenas de instrucciones o flujos de información. Ahora bien, eso sigue siendo mecanicismo y su carácter abstracto ni siquiera es históricamente nuevo: el asociacionismo empirista británico de los siglos XVII y XVIII incluía teorías psicológicas basadas en la combinación mecánica de sensaciones e ideas.

Autores como Jerome S. Bruner, a quien mencionamos antes a propósito del enfoque del New look en percepción, y que colaboró con George A. Miller e impulsó la psicología cognitiva inicial, se mostraron críticos con los derroteros que el cognitivismo fue tomando en los años setenta y ochenta, demasiado deudores de la analogía del ordenador y el mentalismo mecanicista.

Bruner (1990) ha acusado al cognitivismo de enredarse en problemas técnicos secundarios y olvidar que la mente no es un mero receptáculo pasivo de representaciones. De hecho, la perspectiva de Bruner se ha acabado acercado a la de la psicología cultural, que explicaremos en el tema siguiente.