Inteligencia y aprendizaje: los experimentos de Wofgang Köhler

Wolfgang Köhler (1887-1967) nació en Tallin (Estonia), pero se formó en Alemania, de donde procedía su familia. Estudió en las universidades de Tubinga, Bonn y Berlín, donde tuvo como maestros al físico Max Planck (1858-1947) y al filósofo y psicólogo Carl Stumpf, con quien se doctoró con una tesis sobre la psicología del sonido. En 1910 colaboró con Wertheimer y Koffka en el Instituto Psicológico de Fráncfort en los estudios que aquél estaba llevando a cabo sobre el fenómeno fi, que habría de marcar el punto de partida del ambicioso programa de investigación de la escuela de la Gestalt. En 1913 fue nombrado director del Centro de Investigación de Monos Antropoides que la Academia Prusiana de Ciencias tenía instalada en la isla de Tenerife, donde llevó a cabo algunos de los experimentos a los que nos vamos a referir enseguida. Allí le sorprende la guerra, en la que, según se ha dicho, acaso participara realizando labores de espionaje para el gobierno alemán (Ley, 1990). Nombrado director del Instituto Psicológico de Berlín en 1921, permanece hasta 1935 al frente de esta institución, que bajo su dirección se convierte en uno de los centros de formación e investigación psicológica más activos y prestigiosos del mundo. Aunque no era judío, la situación política del país le lleva finalmente a abandonar Alemania, no sin haber intentado antes oponerse valerosamente al nazismo tanto en la universidad como en la prensa (Henle, 1978). Viaja entonces a los Estados Unidos, donde ocupa una cátedra de psicología en el Swarthmore College de Pensilvania hasta su jubilación en 1958, y continúa luego trabajando para otras instituciones científicas estadounidenses (Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Instituto Tecnológico de Massachussets) hasta su muerte.

Durante su estancia en Tenerife, Köhler realizó unos estudios hoy clásicos sobre la inteligencia de los chimpancés que se inscriben en la tradición de la psicología comparada cultivada por autores como Romanes, Lloyd Morgan o Thorndike, todos ellos, como hemos tenido ocasión de ver en el tema 7, interesados por la cuestión de la inteligencia animal. Sumamente controvertidos, los estudios de Köhler alcanzaron una gran repercusión y propiciaron gran cantidad de investigaciones (Köhler, 1921/1989).

La aproximación de Köhler a la inteligencia de los chimpancés quiso representar una alternativa radical al punto de vista empleado por Thorndike para estudiar la de los gatos en sus famosas “cajas-problema”. Para Köhler el enfoque de Thorndike, a quien interpelaba desde la introducción misma de su libro, resultaba totalmente inapropiado.

Porque las situaciones problemáticas a las que enfrentaba a los animales eran completamente artificiales, carecían de relación con su entorno habitual y sus habilidades y comportamientos naturales, y era por tanto imposible que en esas condiciones los gatos pudieran llegar a dar muestras de la menor inteligencia en su conducta. Ante unos problemas que les eran completamente ajenos e ininteligibles, no tenían otra opción que intentar resolverlos a lo loco o al buen tuntún –por “ensayo y error”, dicho en la terminología de Thorndike-; ni más ni menos, por otra parte, que como lo haría un ser humano en circunstancias equivalentes.

El planteamiento de Köhler era absolutamente distinto. Por lo pronto, las tareas a realizar por los chimpancés tenían lugar en un entorno que a éstos les resultaba familiar, el de las espaciosas jaulas donde se desarrollaba su vida cotidiana. Por otro lado, se trataba de encararlos con situaciones a las que pudieran acceder visualmente en su totalidad; sólo así podrían ponerse a prueba sus auténticas capacidades para superar las dificultades y los obstáculos que se interponían en su camino para alcanzar el objetivo final (por lo general, un plátano colocado fuera de su alcance). Köhler proponía a sus chimpancés tareas que implicaban objetos familiares que debían utilizar como instrumentos (cuerdas, cajas y palos, principalmente); la fabricación de instrumentos nuevos a partir de ellos (como el apilamiento de cajas o la unión de palos encajando uno en otro); el rodeo de obstáculos para llegar a la meta...; en general, tareas de escasa dificultad capaces de permitir a los chimpancés desplegar comportamientos que pudieran reconocerse sin equívoco como “inteligentes” en un sentido cotidiano y común del término. Veamos algunas situaciones típicas.

En una de ellas, se trataba de averiguar si el animal era capaz utilizar unos palos para acercarse un plátano colocado fuera de la jaula. Uno de los chimpancés, la mona Tschego, ignorando los que había esparcidos por el suelo, intentaba alcanzarlo directamente con la mano y, tras varios intentos infructuosos, terminaba abandonando la tarea. Sin embargo, en un momento posterior, se incorporaba bruscamente de un salto, cogía uno de los palos y arrastraba el plátano con él hasta ponerlo a su alcance. Köhler subrayaba tanto la precisión del comportamiento (“coloca al primer intento el bastón justo detrás del objetivo”) (Köhler, 1921/1989, p. 67) como el carácter repentino del mismo.

En otro de los experimentos se pretendía que el animal encajase dos cañas huecas de bambú para poder acercarse la fruta. Como en la situación anterior, se dejaban las cañas en el suelo de la jaula a la vista y al alcance del chimpancé, pero en este caso ninguna de ellas era lo bastante larga para poder llegar por sí sola al objetivo.

Sultán, el mono más “inteligente” de Köhler, intentó repetidamente alcanzarlo con ambas cañas por separado; luego probó a empujar una con otra hasta llegar a tocar la fruta, aunque sin conseguir otra cosa que alejarla todavía más. Después de intentarlo sin éxito por espacio de una hora, Sultán lograba finalmente dar con la solución al problema mientras jugaba con ellas. El guarda de los monos describía así la situación:

“Poco después, [Sultán] se levanta, coge las dos cañas, vuelve a sentarse en la caja y se pone a juguetear despreocupadamente con ellas. En el curso de este juego, Sultán se encuentra casualmente con una caña en cada mano, sosteniéndolas de tal manera que ambas quedan en línea: introduce ligeramente la más delgada en la abertura de la más gruesa, se pone de pie de un salto y se dirige rápidamente a las rejas (respecto a las que el animal se encontraba medio de espaldas); una vez allí, utiliza la caña doble para atraer hacia sí el plátano” -(Köhler, 1921/1989, p. 153).

En las siguientes ocasiones, Sultán no tendría ya dificultad alguna para resolver problemas de este tipo.

Köhler entendió que tanto en estas como en las demás situaciones experimentales que concibió para ponerlos a prueba, sus chimpancés daban muestras de un comportamiento inteligente que no se dejaba explicar por la teoría del ensayo y error de Thorndike. Por lo pronto, se trataba de un comportamiento no adquirido gradualmente y por tanteo, sino de forma repentina y de una sola vez; por tanto, sin la progresiva eliminación de errores que caracterizaba la conducta de los gatos en las cajas-problema, sino con una rara perfección exhibida desde el primer momento, lo que parecía situarlos más allá del efecto y el ejercicio contemplados por las leyes conductuales del psicólogo norteamericano.

Köhler utilizó el término alemán “Einsicht” (“inteligencia” o “comprensión”) para describir este tipo de comportamientos que aparecían de manera repentina y como organizados en función de las exigencias objetivas de la situación problemática.

Traducido luego al inglés por “insight” (“intuición” o “penetración”, vertido al español también a veces como “discernimiento”), el término fue perdiendo su originario sentido descriptivo para ir adquiriendo otro explicativo, más cargado teóricamente, con el que se quería hacer referencia a la comprensión inmediata y directa por parte del animal de la estructura de la situación, su capacidad para captar los elementos del problema y reorganizar sus relaciones para resolverlo (Gómez, 1989).

Los experimentos de Köhler fueron muy controvertidos. Sus críticos vieron en ellos numerosos defectos metodológicos que incluían, entre otros, la falta de control de la experiencia previa de los chimpancés en la manipulación de objetos y en la realización de tareas como las propuestas, la cuantificación insuficiente, o la no menos insuficiente especificación de las condiciones experimentales, que hacía inviable cualquier intento de predecir la conducta de los monos a partir de ellas. En todo caso, está claro que a Köhler le importaba mucho menos la irreprochabilidad metodológica (por lo demás contraproducente a su juicio, como hemos visto, si se perseguía en un estadio aún preliminar y, por tanto, prematuro de la investigación) que la validez de los argumentos que pretendía hacer visibles en ellos. En realidad, era el intento de desmontar las concepciones mecanicistas y reduccionistas como la de Thorndike lo que constituía su objetivo fundamental.

Particularmente significativos en este sentido fueron también unos experimentos, realizados asimismo en Tenerife, con los que Köhler pretendió contribuir decisivamente a esclarecer la naturaleza del aprendizaje (Köhler, 1918/). Lo que se trataba de dilucidar en ellos era si las respuestas adquiridas en el proceso de aprender lo eran a estímulos específicos o se trataba más bien de respuestas a relaciones entre estímulos, una cuestión de implicaciones teóricas nada desdeñables.

En uno de estos experimentos se adiestraba a unas gallinas a distinguir entre dos variedades de grises por el procedimiento de permitirles comer cuando picoteaban el alimento colocado sobre el más oscuro de ellos, e impedírselo cuando lo hacían sobre el más claro. Una vez aprendida esta distinción (después de varios cientos de pruebas), se pasaba a sustituir el gris más claro o “negativo” (del que no se les permitía obtener alimento) por un gris más oscuro todavía que aquel que los animales habían llegado por fin a distinguir perfectamente como “positivo” (del que sí se les permitía comer). La cuestión que se trataba de comprobar era si las gallinas picotearían ahora sobre tono concreto de gris del que había sido adiestradas a comer previamente, o lo haría más bien sobre el nuevo gris, el más oscuro de los dos, al que no se había enfrentado nunca antes.

En otras palabras, lo que estaba en juego era averiguar si lo que las gallinas habían aprendido era a reaccionar ante un estímulo concreto (la específica variedad de gris que habían sido adiestrados a distinguir, como predeciría una teoría estímulo-respuesta); o ante una relación entre estímulos (la relación “más oscuro que”, como predecía el propio Köhler). La prueba arrojaba una mayoría significativa (de cerca del setenta por ciento) a favor de la elección del estímulo nuevo; un resultado que, según Köhler, daba la razón a su “teoría relacional”. Según ella, y de forma congruente con los estudios de la escuela sobre la percepción, los estímulos no se perciben como acontecimientos independientes sino que se dan organizados y aparecen como partes relacionadas de totalidades o Gestalten más amplias. Es a esta captación de relaciones, más que a estímulos aislados, a lo que el organismo responde con su conducta.