El punto de partida: el fenómeno fi

Suele considerarse el trabajo de Max Wertheimer “Estudios experimentales sobre la visión del movimiento”, de 1912, como el punto de partida de la escuela, su escrito fundacional.

Max Wertheimer (1880-1943) nació en Praga y estudió en la Universidad Carolina de esa ciudad. Orientado inicialmente hacia el estudio del derecho, pronto fueron la filosofía y la psicología las que atrajeron principalmente su interés. Asistió a las clases de Christian von Ehrenfels, cuyas investigaciones Sobre las cualidades gestálticas (1890) habrían de causarle viva impresión. Continuó luego su formación en Berlín junto a Carl Stumpf, el filósofo y psicólogo autor de La psicología de los sonidos (1883 y 1890), y se doctoró finalmente en Wurzburgo, en 1904, bajo la dirección de Oswald Külpe. Tras unos años de actividad investigadora en varios centros intelectuales europeos (Praga, Viena, Berlín), inició su carrera académica en Fráncfort, donde permaneció como profesor entre 1910 y 1916. En este último año se trasladó al Instituto Psicológico de Berlín, para volver de nuevo a Fráncfort, ya como catedrático, en 1929.

Con el ascenso de Hitler al poder, Wertheimer, que era judío, cobró conciencia enseguida del peligro que corría su vida en Alemania y se trasladó con su familia a los Estados Unidos, un destino que compartió con los principales miembros de la escuela.

Ocupó entonces una cátedra en la New School for Social Research de Nueva York, y allí permaneció ya hasta su muerte, sobrevenida diez años más tarde.

En 1910 Wertheimer inició en Fráncfort sus estudios sobre el “movimiento aparente”, esto es, sobre la impresión psicológica de movimiento que se obtiene a partir de estímulos físicos discontinuos en determinadas condiciones espacio-temporales.

Utilizando a Koffka y a Köhler como sujetos experimentales, y un taquistoscopio como instrumento para la presentación de los estímulos, Wertheimer diseñó el experimento clásico que dio el primer impulso al despegue de la nueva escuela.

El experimento (o, mejor dicho, experimentos, ya que Wertheimer realizó numerosas variaciones experimentales sobre este mismo tema) consistía en lo siguiente.

Se exponía a los sujetos a dos estímulos luminosos proyectados a través de dos pequeñas ranuras situadas en el mismo plano, una vertical y otra ligeramente inclinada respecto de la primera, y se manipulaba sistemáticamente el intervalo de tiempo que mediaba entre la presentación de ambos estímulos. Cuando el intervalo entre uno y otro era relativamente largo (mayor de 200 milisegundos), los sujetos veían dos luces sucesivas, una procedente de una de las ranuras y otra de la otra. Cuando el intervalo era relativamente breve, en cambio (menor de 30 milisegundos), los sujetos dejaban de percibir la sucesión de los dos estímulos luminosos, y veían en su lugar las dos ranuras luciendo simultáneamente. Pero cuando el intervalo de presentación de los estímulos alcanzaba un valor óptimo en torno a 60 milisegundos, los sujetos dejaban de ver dos estímulos luminosos y percibían en cambio una única luz que se desplazaba de una de las ranuras o fuentes luminosas a la otra, sin solución de continuidad. A esta impresión de movimiento la llamó Wertheimer “movimiento aparente” o fenómeno fi.

El fenómeno en cuanto tal no era novedoso. Se hallaba a la base del cinematógrafo, productor asimismo de “movimientos aparentes” a partir de fotogramas estáticos y discontinuos proyectados a una determinada velocidad. Y resultaba además sumamente familiar gracias a algunos juguetes muy populares entonces, como el zoótropo o “tambor mágico”. Lo novedoso eran más bien las implicaciones teóricas que Wertheimer extrajo de él, y la significación que llegó a cobrar en consecuencia en el marco de la escuela gestaltista.

Porque lo que el movimiento aparente ofrecía era un fenómeno unitario que no se dejaba explicar mediante el análisis en sus componentes sensoriales elementales. Por exhaustivo que fuera el examen introspectivo a que sometiéramos esta experiencia, nunca encontraríamos su cualidad distintiva (el movimiento percibido) en los elementos sensoriales que la componen (los dos fogonazos luminosos). Era preciso ampliar el foco al contexto, a las condiciones espacio-temporales concretas en que estos aparecen, para poder dar cuenta del fenómeno total. El todo (constituido en este caso por el fenómeno fi, esto es, la experiencia del movimiento que se obtiene en las condiciones descritas) resultaba ser así diferente de la suma de sus partes (los estímulos luminosos estáticos, en ninguno de los cuales podía descubrirse la propiedad del movimiento que se observaba sin embargo en el fenómeno en cuestión); una afirmación que vino a convertirse en el lema de la escuela.

El fenómeno fi ponía de este modo inmejorablemente de relieve las insuficiencias del enfoque de la psicología introspeccionista, elementalista y asociacionista cuestionado por los gestaltistas, que el estructuralismo de Titchener había conducido al extremo. El fenómeno fi era un fenómeno total, no susceptible del análisis atomista y abstracto que venía imponiendo la tradición psicológico-experimental al uso.

Para este y otros muchos fenómenos de características similares se imponía, como ya hemos dicho, un nuevo marco interpretativo que procediese a la inversa: en vez de intentar explicar el todo desde unas partes determinadas de antemano por los prejuicios teóricos del experimentador, se trataría de reconocer que son las partes las que vienen a hacerse inteligibles desde el todo, que les otorga en él su papel característico. Porque, en la inmediatez de nuestra experiencia, la totalidad es anterior a las partes (como pone de manifiesto el fenómeno fi), y es desde ella desde donde las partes mismas adquieren sentido como integrantes y coadyuvantes en la configuración de la totalidad.

No se trataba por tanto de renunciar al análisis, como a veces se ha dicho erróneamente de la psicología de la Gestalt, cuanto de despojarlo de la artificiosidad propuesta por el atomismo psicológico. El análisis gestaltista pretendía ser un análisis significativo y proceder por tanto del reconocimiento de los fenómenos totales, tal como se presentan en la experiencia, al descubrimiento de las partes y relaciones naturales que los configuran. Como lo expresó Köhler en cierta ocasión:

“El análisis de las partes genuinas constituye en la psicología de la configuración [Gestalt] un procedimiento perfectamente legítimo y necesario. Es también más fecundo que cualquier análisis de las sensaciones locales que, en sí, no son partes genuinas de las situaciones ópticas” -(Köhler, 1929/1967, p. 143).