Los desarrollos del psicoanálisis freudiano

Durante la década de los 20, siendo ya un septuagenario, Freud se embarcó en una actualización de todos sus planteamientos. Los cambios más importantes giraron, sin duda alguna, en torno a la modificación de su teoría de la personalidad. Antes de ello, también había revisado su teoría de los instintos y formulado de una ambiciosa teoría de la cultura.

La nueva teoría de los instintos: Eros y Thanatos

En líneas, generales, Freud asumía la existencia de innumerables instintos detrás de los comportamientos humanos. En lo tocante a sus tesis sobre la sexualidad, antes de 1920 Freud había ofrecido una clasificación hipotética de «instintos primarios» que, en todo caso, de acuerdo con su visión darwinista, tenían que ver con la supervivencia del sujeto o la especie. A ese respecto, Freud distinguía entre dos tipos de instintos: los de conservación y los sexuales. Los primeros estaban dirigidos a preservar la vida del organismo evitando cualquier situación de peligro, incluyendo las implicadas en la satisfacción del deseo sexual. Los segundos eran los que impulsaban al sujeto a reproducirse, pasando incluso por encima de las situaciones conflictivas advertidas por el instinto de conservación (Freud, 1910-1911/1972).

En 1920, Freud acomete una profunda reorganización de sus tesis sobre los instintos distinguiendo, nuevamente, entre dos grupos enfrentados.

Manteniendo su fascinación por los mitos griegos, los denominó «Eros», que concentraba los impulsos de vida, y «Thanatos», que reunía los impulsos de muerte (Freud, 1920/1974). En realidad, la verdadera novedad tiene que ver con la formulación de los segundos, porque Eros sólo reúne los dos instintos originariamente asociados a la supervivencia del individuo y la especie. Se ha dicho que Freud propone los instintos de muerte al inicio de la década de los 20 debido al estado general de pesimismo en que le sumieron acontecimientos como la muerte temprana de familiares muy queridos (su hija Sophie y uno de sus nietos), el cáncer de mandíbula que padecía (y que le obligaba a un continuado y doloroso tratamiento) o los desastres de la Primera Guerra Mundial. Pero, al margen de todo esto, su práctica clínica le había demostrado que, en muchas ocasiones, las tendencias suicidas de algunos pacientes eran irrefrenables. Para él, resultó difícil explicar estos comportamientos extremos como meros síntomas o desplazamientos de deseos reprimidos y coherentes con los instinto de vida.

Sea como fuere, en su obra Más allá del principio del placer Freud sentenció que la «meta de toda vida es la muerte». Para justificar esta idea sostuvo que la pulsión de muerte tenía un potente fundamento biológico: una supuesta tendencia natural y primaria de todo organismo a retornar a un estado inorgánico originario; esto es, a deshacerse de toda posibilidad de excitabilidad y tensión energética. Desde el punto de vista psicológico, la consecuencia más importante de este nuevo planteamiento teórico fue la modificación de su teoría de la agresión. Hasta ese momento, Freud había considerado que la agresión era resultado de la frustración que producía la imposibilidad de satisfacer una necesidad; es decir, la trataba como una consecuencia de la obstaculización de los instintos de vida. Después de 1920, Freud planteará que la agresión es un comportamiento derivado de los instintos de muerte. Como ocurría con los de vida, los instintos de muerte también solían reprimirse y desviarse de su objetivo principal —la aniquilación del organismo—, reorientando sus energías destructivas hacia otras personas u objetos (Freud 1920/1974).

La concepción freudiana de la relación entre los diversos instintos y energía se vuelve así más compleja. De hecho, corrió paralela a la elaboración de una nueva teoría de la personalidad que permitiera explicar, entre otras cosas, la gestión de las tensiones entre Eros y Thanatos.

Revisión de la teoría de la personalidad: la segunda tópica

A pesar de que Freud acometió la revisión de su teoría de la personalidad en la década de los 20, algunas de sus claves proceden de sus años de formación. Dentro de la propia tradición psicológica germana, el psicólogo Johann Friedrich Herbart (1876-1941) había establecido una diferencia entre un yo primario y un yo secundario. Herbart suponía que el primero de ellos se transmitía hereditariamente y permitía que desde muy pronto el niño distinguiera, aun en ausencia de conciencia, entre el propio cuerpo y el entorno. El yo secundario implicaba un proceso de socialización y aprendizaje, a partir del cual el sujeto lograba el control sensorio-motor y el dominio de sus afectos en la relación con sus congéneres. Gracias a la influencia de su profesor Meynert, Freud conocía y admiraba la obra de Herbart. De hecho, el propio Meynert utilizó la propuesta herbartiana en sus disquisiciones fisiológicas y distinguió entre un córtex superior socializado y un córtex inferior biológico y primario (Johnston, 2009). El Freud de la década de los 20, sin embargo, había adoptado una perspectiva psicológica desde hacía muchos años. Su propuesta recuerda mucho más a la de Herbart que a las elucubraciones neurofisiológicas de Meynert; sobre todo en lo que tiene que ver con la distinción entre lo que, a partir de 1923, dio en llamar Yo y Ello.

En realidad, la nueva propuesta de Freud, conocida posteriormente como segunda tópica, se basa en la interrelación de tres sistemas: a los ya mencionados Yo y Ello hay que añadir el Superyó (para una explicación amplia de estos conceptos dentro del contexto general de la teoría psicoanalítica puede verse Hall, 1978 y Laplanche y Pontalis, 1996).

La idea de Freud es que estas tres instancias funcionan conjunta y armónicamente en las personas adaptadas, y de manera descoordinada y disfuncional en las inadaptadas. Su proceso de aparición y constitución es, en todo caso, sucesivo: el yo se forma a partir del Ello y el Ello se forma a partir del Yo. El Ello es, por tanto, la instancia más primitiva y se identifica con la fuente básica de la energía psíquica y los instintos. Siguiendo el «principio de placer», impulsa egoístamente al organismo para que éste descargue su excitación energética. Tratará a toda costa que el estado interno de la persona se reequilibre a través de la liberación de la tensión causante del displacer. Los reflejos, instintos y fantasías primarias de la especie humana no aplacan por sí solos las fuentes de displacer interno —como el hambre o la sed—; lo cual exige recursos externos —comida o bebida, por ejemplo—. Es fundamental para la supervivencia organizar y reglamentar los tiempos y formas en que se satisfacen —o no— los impulsos del Ello. En este proceso organizativo se irán generando progresivamente las otras dos instancias de la personalidad, el Yo y el Superyó. Así, si el Ello es la realidad primordial, innata e interna del organismo, estas dos instancias se construyen a través de la experiencia externa y la presión de las normas (éticas, morales, sociales, religiosas, etc.) sobre los intentos de liberación de la energía instintiva.

El Yo es la instancia psicológica que aparece cuando las energías y fantasías internas tratan de acomodarse a la realidad exterior. Este trabajo de ajuste resulta vital para alcanzar fines evolutivos básicos, como la supervivencia y la reproducción. Por ese motivo el Yo gobierna racionalmente sobre la impulsividad irracional e instintiva del Ello y, como veremos, del Superyó. El Yo está gobernado por «el principio de realidad», el cual distingue entre los deseos internos y la realidad exterior y demora la descarga de energía hasta que se dan condiciones para que esta se produzca; esto es, hasta que el sujeto encuentre un objeto real y adecuado (por ejemplo, comida para combatir el hambre).

El Superyó es, al igual que el Ello, inconsciente e impulsivo, pero está relacionado con las normas y códigos morales que la sociedad tiene por ideales. Freud creía que muchos de estos ideales podían ser hereditarios, transmitidos de generación en generación desde tiempos remotos. En todo caso, la disciplina impuesta en el seno familiar y, posteriormente, en otras instancias sociales (maestros, policías, gobernantes, etc.) actualizaba e implementaba esos ideales en cada niño particular. La constitución del Superyó supone, por tanto, un proceso de identificación; es decir, la transformación de la autoridad paterna —con su visión de lo virtuoso y lo pecaminoso— en una autoridad interiorizada y personal. Esto se realizaba a partir de dos componentes del Superyo: el ideal del yo, construido en el niño a partir de las recompensas físicas y psicológicas relacionadas con lo que los padres consideran virtuoso o bueno; y la conciencia moral, desarrollada a partir de los castigos físicos y psicológicos que los padres imponían ante los comportamientos considerados inadecuados.

Evidentemente, en las tesis psicoanalíticas la función del Superyó es esencial para que el individuo se ajuste a las reglas sociales. Pero, en la medida que sus exigencias incluyen ideales de perfección, puede llegar a entrar en conflicto con el propio Yo y su «principio de realidad». La acción interna del Superyó puede exigir sacrificio desentendiéndose de las posibilidades ofrecidas por el medio externo. Incluso pueden desencadenarse castigos internos por el simple hecho de haber pensado en algo reprobable, aun sin haber llegado a realizarse. En esos casos, la actividad del Superyo se asemeja a la del Ello, ya que produce tensiones energéticas internas y, con ellas, disfunciones psicológicas. El Superyó, sin embargo, está guiado por los instintos de muerte. Así, por ejemplo, muchos accidentes aparentemente fortuitos serían, en realidad, autocastigos demorados y urdidos inconscientemente por el Superyó después de que el Yo permita pensar o realizar una acción moralmente sancionable (Freud, 1923/1974).

El concepto de Superyó fue muy importante en la revisión que Freud acometió de sus antiguas teorías, abriéndolas hacia aspectos más amplios de la cultura y la civilización humanas. En buena medida, los mecanismos superyoicos ofrecieron la base tanto de los orígenes de los grupos humanos como de sus posibilidades de supervivencia y desarrollo.

Teorías en torno a la cultura: el origen de la civilización y la sublimación

En línea con aquellas tesis evolucionistas que suponían que el desarrollo de la cultura seguía un camino paralelo al del individuo, Freud extrapoló la estructura del Complejo de Edipo a la explicación del origen de la cultura.

Elaboró una polémica teoría antropológica según la cual las relaciones que mantuvieron nuestros ancestros dentro de las hordas primitivas sentaron las bases de la cultura y, con ella, de la neurosis. En otras palabras, la neurosis está en la raíz de la cultura humana y es connatural a ella. Siguiendo el esquema del Complejo de Edipo, Freud sostenía que la horda primitiva habría sido dominada por un líder superior, masculino, adulto y fuerte, a cuya voluntad debían someterse el resto de componentes. Este líder o «padre de la horda» disfrutaría del alimento y las mujeres del grupo, mientras los varones jóvenes debían conformarse con un acceso muy básico a tales bienes. En algún momento los varones jóvenes se habrían rebelado y aliado asesinando al padre-líder y devorándolo a manera de celebración. Freud recurre en este punto a su concepción superyoica: como los sentimientos de los jóvenes asesinos hacia al padre-líder eran ambivalentes —no sólo negativos—, pronto serían embargados por el sentimiento de culpa. Esto provocaría que restituyeran simbólicamente la autoridad que representaba el «padre de la horda» a través de una figura totémica y de normas y leyes asociadas a la misma. Estos reglamentos debían ser interiorizados por toda la sociedad, especialmente los directamente relacionadas con la muerte del padre; a saber, la prohibición del incesto y del asesinato dentro del propio grupo. Idealmente, los individuos de una horda tendrían que salir de ella para conseguir pareja y así evitar matarse entre ellos (Freud, 1912-1913/1972).

Freud defendía la universalidad de este modelo, incluso su innatismo heredado por vía lamarckiana, sobre la base de que preceptos similares podían encontrarse en todas las culturas conocidas. Más adelante antropólogos como Bronislaw Malinowski (1884-1942) señalaron que las estructuras de parentesco de las culturas primitivas eran muy diversas. Además, las investigaciones antropológicas apuntaban que, en muchos casos, las estructuras matriarcales eran más antiguas que la patriarcales. No todas la culturas tenían que ajustarse, en definitiva, al modelo de familia occidental implícito en el Complejo de Edipo (Malinowski, 1927). En el debate, otros psicoanalistas como Ernest Jones (1953-1957/2003) o Jacques Lacan (1999) defendieron que las figuras familiares implicadas en el Complejo de Edipo representaban, en realidad, símbolos, funciones o lugares dentro de una estructura de poder, de tal manera que podían ser ocupadas por personas diferentes al padre y a la madre biológicos del niño. Sea como fuere, lo que sí transcendió de estas discusiones a la mayoría de las Ciencias Sociales es que la cultura imponía normas y reglas que reprimían los instintos más básicos del ser humano y permitían la vida en sociedad. Más aún, las restricciones normativas parecían más exigentes cuanto más avanzaba la civilización en su camino de progreso.

El propio Freud se ocupó de estudiar dos de los procedimientos culturales de autocontrol más importantes: la religión y la sublimación. Tras sopesar las ortodoxias tanto de sus congéneres judíos como de una sociedad vienesa mayoritariamente católica, su visión de la religión no fue muy positiva. En línea con sus ideas antropológicas, Freud consideraba que la creencia o ilusión religiosa se basaba en la necesidad de sentirnos protegidos por un padre omnipotente representado por la idea abstracta de Dios (Freud, 1927/1974 y 1939/1975). El problema es que la religión condenaba al sujeto a un perpetuo estado de infantilidad, atrofiando con sus dogmas atávicos el desarrollo intelectual y, por ende, el propio progreso de la civilización. Para Freud la verdad debía regir a toda costa la vida del individuo y la comunidad, y esto sólo era posible a través de las revelaciones de la investigación científica. De hecho, Freud siempre consideró que el conocimiento psicológico y, particularmente, el psicoanalítico, podía ser empleado con fines educativos; como un medio que garantizada una sociedad de adultos sanos, maduros y responsables (Freud, 1905/1972a).

También por su confianza en la evidencia científica, Freud fue muy suspicaz con las promesas de una felicidad absoluta para el ser humano. Por un lado, a pesar de que había que confiar en el progreso de la civilización, las tendencias autodestructivas no siempre se podían reprimir. Esto había quedado demostrado con la Primera Guerra Mundial, la más devastadora que hasta ese momento había padecido la humanidad. Por otro lado, la propia civilización exigía al sujeto una cuota elevada para mantener el estado de paz social. Las normas y leyes impedían la manifestación abierta de los instintos, si bien éstos se podían derivar hacia otras actividades socialmente aceptables. Freud denominaba a este desplazamiento «sublimación» y lo consideraba particularmente importante porque, a su juicio, impulsaba las más altas creaciones científicas y artísticas de la civilización. No obstante, la sublimación nunca ofrece una total satisfacción para el deseo originario que se trata de canalizar. Siempre quedan tensiones residuales sin descargar. La persistencia del malestar originario de la cultura y la civilización es inevitable y, en último término, es el precio a pagar por vivir en sociedad y beneficiarse de sus comodidades (Freud, 1930/1974).

La visión freudiana de la sociedad humana, en definitiva, era profundamente pesimista: el ser humano era enemigo de la civilización por naturaleza y únicamente algunos hombres conseguían vivir una vida verdadera y razonable. La mayor parte de las personas sólo lograban superar las fuerzas irracionales recurriendo a la comodidad relativa de sus supersticiones e ilusiones, soslayando la verdad sobre sí mismas.