La formulación del inconsciente y la primera tópica

Freud utiliza por primera vez el término psicoanálisis hacia 1896. De esa época data también el uso del concepto de inconsciente en su acepción psicoanalítica, seguramente el aspecto más popular de la teoría freudiana junto con las teorías de la personalidad. En la historiografía de la psicología, se ha mencionado hasta la saciedad la perspicacia y la originalidad de Freud a la hora de elaborar o, incluso, a la manera de las «ciencias duras», «descubrir» el inconsciente (sobre esta cuestión ver Blanco y Castro, 1999). Desde luego, pocas ideas psicológicas han calado tan hondo en la cultura occidental. En todo caso, la cuestión de la «energía inconsciente» se prefiguró en un importante caldo de cultivo cultural e intelectual propio de la época.

Los fundamentos científico-filosóficos del inconsciente

Un famoso trabajo del filósofo Michael Foucault sobre la genealogía de las ciencias humanas plantea que a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX se produce una ruptura crucial en la manera en que se elabora el conocimiento de la experiencia y la realidad; una perspectiva en la que, por lo demás, todavía se hallarían inmersos los programas y agendas de investigación actuales (Foucault, 1999). A grandes rasgos, Foucault propone que, desde ese intervalo histórico, las ciencias empezarán a hablar, de muy diversas maneras, de un principio constitutivo de la vida que estaría arraigado en sus raíces —biológicas e históricas— más profundas e inaccesibles.

En ese principio fundamental se localizará el origen de la fuerza y estructura básica de todo fenómeno vital, incluyendo al ser humano. Aparecen así formas de explicación basadas en la génesis de los fenómenos y en el poder de la misma para determinar el curso posterior de los acontecimientos. Así, desde principios del siglo XIX , las disciplinas científicas buscarán las causas últimas y explicativas de la condición humana —en su unidad, continuidad y variedad— remitiéndose a sus orígenes más antiguos, primarios o profundos; cuestión que incluirá a los antepasados remotos (evolución, hominización, razas, historia), los mecanismos biológicos (genes, neuronas, instintos, energía físico-química, etc.) o las experiencias elementales (vida, sensibilidad, sentimiento, actividad, etc.).

Tal interés se verá acompañado por una definición en términos afectivo-emotivos e irracionales de los entresijos interiores del principio vital. En el caso de la condición humana, es algo que se pondrá de manifiesto en la exaltación de las pasiones y emociones por parte del arte romántico; en la pintura paisajista de William Turner y Caspar David Friedrich, la ópera de Richard Wagner y Giuseppe Verdi, la poesía de Friedrich Hölderlin y Lord Byron o los relatos de E.T.A. Hoffmann y Walter Scott. Con el romanticismo, el sentimiento y las emociones se convertían en el impulso fundamental de las más altas aspiraciones y creaciones humanas, aunque también en la causa de los peores desvaríos y fatalidades.

Esta sensibilidad también impregnará la metafísica idealista y el naturalismo positivista del siglo XIX . Dentro de la primera filósofos como Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), Arthur Schopenhauer (1788-1960), Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1779-1831) o Friedrich Nietzsche (1844-1900) tematizan, de muy diversas maneras, la idea de que las bases fundamentales del espíritu humano son parte fundamental y orgánica de la naturaleza. De ella extraen la potencia y originalidad creativa que, para bien o para mal, la razón luego trata de ordenar y encauzar. Para muchos filósofos idealistas, es esta potencia la que convierte al hombre en el rey de la creación, distanciándolo del reino animal y aproximándolo, al mismo tiempo, al concepto de divinidad o de una naturaleza pura. En sus escritos más autobiográficos, Freud manifestó explícitamente que su idea de inconsciente se separaba de la metafísica y romántica, muy particularmente de las perspectivas de Nietzsche y Schopenhauer, pero la cercanía en muchos puntos, precisamente con estos autores, es evidente.

Por su parte, también el naturalismo científico asumirá que los aspectos irracionales y afectivo-emotivos definen los impulsos básicos del ser humano, pero, darwinismo mediante, en ellas localizarán, precisamente, la continuidad entre el hombre y el reino animal. Para darwinistas positivistas como Herbert Spencer (1920-1903) o Ernst Haeckel (1934-1919) la estructura de los instintos e impulsos biológicos, con su energía irracional dedicada a la lucha por la supervivencia, estaban necesariamente en la base del progreso evolutivo desde el reino animal al humano y, más allá, a la civilización. Pero también podían producirse estancamientos o involuciones en las que los mecanismos biológicos primarios tomaban de nuevo el control de la actividad humana. Frente al desarrollo normal y progresivo, estas alteraciones orgánicas devolvían al organismo a etapas animales, determinando el comportamiento enfermizo, degenerado, irracional o criminal de individuos, colectivos, e incluso, naciones.

En línea con el marco expuesto, antes de que aparezca la teoría freudiana hay ya muchos planteamientos psicológicos que, con gran diversidad de matices, definen una base impulsiva, emotiva e irracional para el comportamiento individual y colectivo. Antes del fin de siglo, psicólogos como el francés Hippolyte Taine (1828-1893) o el prusiano Moritz Lazarus (1824-1903) recurren a la idea de espíritu o de psicología colectiva para tematizar las raíces profundas que caracterizan el genio y devenir histórico de pueblos y naciones. Otros, como el sociólogo italiano Scipio Sighele (1868-1913) o los psicólogos sociales franceses Gustave Le Bon (1841-1931) y Gabriel Tarde (1843-1904), empiezan a preocuparse por los mecanismos de sugestión y alienación que subyacen al comportamiento de las masas sociales; bien en las manifestaciones espontáneas e irracionales de rebeldía, bien en la hipnótica sumisión a la dirección de un líder. Teóricos de la degeneración y la criminalidad, como el italiano Cesare Lombroso (18351909) o el austrohúngaro Max Nordau (1849-1923), también recurrirán a las bases afectivas e irracionales para explicar la cercanía entre el genio y la locura; cuestión que ya los románticos y los filósofos idealistas habían advertido en el terreno estético.

Desde el punto de vista de la psicología general o individual, quizá sea el francés Pierre Janet (1859-1947) el primer psicólogo que, sólo unos pocos años antes que Freud, maneje ya una concepción plenamente dinámica del inconsciente (Poch, 1989). Al igual que Freud, Janet estudió con Charcot y planteó un principio de «automatismo psicológico» según el cual la mente actúa en ocasiones espontáneamente bajo el control de asociaciones subyacentes y automáticas. Este mecanismo explicaría la mayoría de los estados alterados de la conciencia, incluyendo los síntomas histéricos (Janet, 1889 y 1893). Como tantos otros, Janet acusó a Freud de haberle robado ideas, pero Freud se sentía especialmente indignado por esta reprobación dado que aseguraba no haber conocido el trabajo del psicólogo francés hasta muchos años después.

También la importancia atribuida al impulso sexual, entre otras fuerzas afectivas posibles, contaba con muchos adeptos antes de que Freud madurara el psicoanálisis. En su contexto próximo, fue defendida por su antiguo maestro Kraft-Ebing y su colega Wilhelm Fliess. En todo caso, Kraft-Ebing, coherente con su confesión católica, colocaba el instinto sexual al mismo nivel que un impulso moral y religioso que sería responsable de las más altas creaciones y metas humanas; algo con lo que Freud no podía estar de acuerdo (véase Johnston, 2009). Fliess, por su parte, había elaborado una teoría pansexualista de los motivos humanos. Señaló además la existencia de la sexualidad infantil y la presencia de inclinaciones masculinas y femeninas en ambos sexos; cuestiones que, más tarde, fueron plenamente incorporadas a las tesis freudianas. De hecho, durante la elaboración de sus teorías, Fliess comentó sus ideas con Freud, como demuestra la correspondencia entre ambos (Freud, 2008). A la vista de la información contenida en las cartas, no es de extrañar que Fliess, como Janet, terminara acusando a su gran amigo de robarle ideas.

Quizá en este caso Fliess sí tuviera motivos para sentirse molesto, dado que Freud apenas le cita en sus obras. Está fuera de toda duda que la construcción del psicoanálisis fue estimulada por la relación que Freud mantuvo con su colega vienés. Pero lo cierto es que en la visión freudiana de la sexualidad hay un trabajo de integración, sistematización y fundamentación que transciende el posible valor o genialidad de una idea concreta.

En ese sentido, el recurso de Freud al instinto sexual tiene que entenderse dentro de una búsqueda de solidez teórica. Es una decisión de una coherencia científica, biologicista y reduccionista, impecable para la época.

Efectivamente, el instinto sexual o, tal y como se denominará habitualmente dentro del psicoanálisis, la «libido» aparecía como la energía más adecuada —aunque no la única— para explicar la expresión de los síntomas histéricos y la ejecución de muchas actividades humanas. A diferencia de otras funciones biológicas básicas como comer, beber, dormir, etc., el sexo era el único instinto que podía permanecer insatisfecho sin que por ello el organismo corriera peligro de muerte. Esto no podía ocurrir con el hambre, la sed o el sueño. Más aun, al no liberarse a través de las demandas reproductivas, la libido podía transformarse e impulsar otras muchas acciones humanas (Sulloway, 1979; Leahey, 2005).

Sea como sea, las tesis energéticas que Freud había tratado de articular inicialmente a través de principios físico-químicos encajaron perfectamente en la sensibilidad cultural e intelectual de la época. Nuevamente, se mantuvo fiel al espíritu positivista al buscar un fundamento orgánico, en este caso un instinto biológico, para fundamentar su propuesta energética. Pero además, a la manera del idealismo filosófico, proyectó ese principio energético sobre todos los comportamientos y creaciones que la humanidad desarrollaba en su camino progresivo hacia la civilización. En esta confianza en el progreso Freud parecería representar, nuevamente, al burgués estereotípico, si no fuera porque también se encargó de señalar los sacrificios que la civilización exigía y la precariedad del pacto social que la sostenía. La Gran Guerra de 1914 pareció confirmar algunas de sus peores sospechas, colocando la irracionalidad y egoísmo del ser humano en un primer plano. De momento, la versión animal y pesimita de las fuerzas inconscientes ganaba la partida a la optimista y humanista.

La estructura de la personalidad: la primera tópica

Freud sistematizará su teoría del inconsciente y la dará a conocer al público a través de su celebérrima obra La interpretación de los sueños.

Publicada en 1900, en ella se maneja una idea del inconsciente que, a pesar de estar implícitamente respaldada por el marco científico-filosófico de la época, resultó incómoda para muchos psicólogos; ente ellos Franz Brentano o William James. Lo que resultaba llamativo era que Freud diera tanto protagonismo a procesos que, siendo mentales, no acontecían en el campo de la conciencia. Para colmo, consideraba esos procesos fundamentales a la hora de entender el funcionamiento de la mente en su totalidad.

La concepción experimental de la psicología de autores como Wundt o James estaba definida principalmente por los estados conscientes del sujeto individual, aun cuando trataran de localizar los componentes elementales subyacentes al funcionamiento de la mente. Desde este punto de vista, «mente», era sinónimo de conciencia, y cuando James y Wundt utilizaban el término «inconsciente», o bien se referían a aquellos contenidos mentales sobre los que, en un momento determinado, no recaía el foco de la atención del sujeto —permaneciendo en un especie de penumbra mental—, o bien a los procesos neurofisiológicos que constituían el sustrato del funcionamiento psicológico (Leahey, 2005). Por supuesto, tal y como hemos visto a propósito del espíritu cultural e intelectual de la época, la idea de inconsciente también podía referirse al motor o a la energía afectiva básica que, en términos biológicos o espirituales, impulsaba la actividad del individuo. De hecho, fuera del ámbito experimental, los propios Wundt y James manejaron teorías sobre la vida inconsciente —por ejemplo, al hablar del misticismo o de la psicología colectiva— en una sentido que evocaba al idealismo filosófico.

La innovación de Freud consistió en traerse ese principio energético inconsciente al espacio mental individual y, en tanto que proceso psicológico, situarlo en pie de igualdad con los contenidos mentales conscientes.

En realidad, en la teoría freudiana el inconsciente se convierte en la región más extensa e importante de la mente, si bien sus contenidos y procesos se mantendrán ocultos para el sujeto la mayor parte del tiempo. A partir de ello, Freud desarrolló lo que posteriormente se denominó «primera tópica» (Jones, 1953-1957/2003; Laplanche y Pontalis, 1996); es decir, una teoría explicativa que recurre a una metáfora espacial para explicar la división de funciones del aparato psíquico. Los lugares o instancias que representaban la dinámica psíquica en esa primera tópica fueron el consciente, el preconsciente y el propio inconsciente.

De acuerdo con la primera tópica, en el inconsciente moraban todo tipo de ideas, impulsos y deseos en la forma de fuerzas que pugnaban por emerger a la conciencia y poder ser así satisfechas. Muchas de ellas tendrían un carácter moral y socialmente inaceptable, debido, sobre todo, a sus connotaciones sexuales. Por ello, eran censuradas impidiéndose su acceso a la conciencia. Alternativamente, las que superaban la prueba de la censura podían llegar a alcanzar la consciencia con facilidad, pero no de manera inmediata (por ejemplo, el fenómeno de «tener algo en la punta de lengua»).

Debían aguardar su oportunidad en otra instancia: el preconsciente. Por el contrario, los contenidos que no superaban la prueba de la censura seguían pugnando por emerger, por lo que eran sometidos a la «represión». Esta era la cualidad activa del inconsciente, en virtud de la cual se mantenían a raya todos aquellos contenidos inaceptables y que no debían acceder a la conciencia. El inconsciente se considera dinámico precisamente por ello: no sólo es una instancia o lugar donde moran contenidos, sino que también es energía representada por fuerzas en conflicto resolviendo lo que puede pasar a la conciencia y lo que no.

Ahora bien, dentro de esa dinámica energética, la vigilancia de la censura no puede ser constante ni total. Los contenidos y deseos inaceptables logran en ocasiones emerger y manifestarse —de forma inquietante o perturbadora— en los estados de vigilia. Sus contenidos aparecen, en todo caso, de manera parcial y desfigurada a través de los sueños, los estados alucinatorios, los lapsus (lingüísticos o de cualquier otro tipo) o los síntomas neuróticos. En todos esos casos, se producen caídas en la vigilancia de los mecanismos represores, si bien la acción de éstos nunca desaparece del todo. Lo que el sujeto puede tener en la conciencia son sólo manifestaciones deformadas de un contenido original inconsciente que no puede manifestarse con toda su crudeza (Freud, 1900/1972).

Si Freud utilizó el título de La interpretación de los sueños en su primera obra psicoanalítica fue porque consideró que éstos eran, precisamente, la vía regia hacia el inconsciente. El título resulta deliberadamente provocativo, y no sólo porque recurriera a un fenómeno psicológico considerado menor por todos los psicólogos y psiquiatras de la época. La denominación evocaba más la imagen de un tratado esotérico o hermético que de un trabajo científico. Como buen intelectual vienés, y al igual que su maestro Brücke, Freud amaba la historia clásica y los mitos griegos y egipcios y coleccionaba pequeños objetos arqueológicos; una fascinación histórico-antropológica a la que unía el interés por su propia tradición judía. Igual que con la denominación del Complejo de Edipo, con su primera obra plenamente psicoanalítica jugó provocativa y deliberadamente con este tipo de referencias. Ciertamente, la técnica de adivinación del futuro o el destino a través de los sueños había sido habitual en muchas culturas antiguas. Freud modificará los objetivos de estos métodos ancestrales y utilizará la interpretación de los sueños para dilucidar lo que había sucedido en el pasado. Para ello era necesario adentrarse en el núcleo primigenio de la subjetividad a través de las brumas oníricas y los obstáculos de la memoria.

Freud estimó que los sueños aparecían durante caídas de la censura y la represión, características propias e implacables de los estados de vigilia.

Gracias a ello, los sueños transportaban gran cantidad de material sintomático en forma de imágenes, palabras, narraciones, etc. Aunque deformado por una represión de menor intensidad, el material onírico aportaba información directamente conectada con el núcleo inconsciente del problema.

Freud empleaba el método de la asociación libre en sus sesiones terapéuticas con el objetivo de que sus pacientes se aproximaran progresivamente a ese núcleo, venciendo poco a poco los mecanismos de defensa. A pesar de la brecha abierta en la censura y la represión por el sueño, éstas volvían a estar operativas cuando el sujeto trababa de profundizar conscientemente en los significados de las imágenes oníricas. Durante las sesiones clínicas, los mecanismos de defensa tienen que ver, precisamente, con las estrategias de resistencia (divagaciones, confusiones, cambios de temas, negaciones radicales, olvidos selectivos, etc.) que el sujeto emplea de forma inconsciente para evitar alcanzar la causa última de sus padecimientos. Como ocurre con los sueños, la asociación libre permitía relajar esa censura y conseguía que, hasta cierto punto, la conciencia fuera más permeable al material reprimido (Freud, 1900/1972).

En todo caso, la terapia psicoanalítica supone que no es habitual alcanzar una liberación total del núcleo traumático. Propone, al menos, dos motivos para explicar esa imposibilidad. Por un lado, si el sujeto fuera capaz de alcanzar liberar la totalidad de lo reprimido sufriría más dolor que el que le produce el juego represivo, ya que se produciría una incompatibilidad radical con aspectos morales y éticos muy básicos. Por otro lado, el lenguaje resulta fundamental para la elaboración de una idea completa, clara y diáfana de lo reprimido, por lo que experiencias traumáticas muy tempranas, sufridas antes del desarrollo del lenguaje, sólo pueden ser reconstruidas de forma hipotética.

Freud empleó la técnica de la interpretación de los sueños en algunos de sus casos más famosos, como el Pequeño Hans, el Hombre de las Ratas, o el Hombre de los Lobos. Actualmente, es muy discutible que alcanzara finalmente el éxito terapéutico que aseguró conseguir en todos ellos. Sin embargo, el hecho de buscar las causas profundas de nuestra personalidad y comportamiento en aspectos aparentemente anecdóticos, marginales o poco importantes de la vida caló profundamente en la cultura occidental.

En un mundo obsesionado con la interioridad y la privacidad, parecía coherente que los anhelos más auténticos e inconfesables del ser humano encontraran vías de escape en detalles menores. Por excéntricos que estos pudieran parecer, su aparente banalidad era, precisamente, aquello que los hacía perfectamente aceptables e, incluso, atractivos para la sociedad.

Entre otras obras, en la Psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente, Freud ofrece un amplio catálogo interpretativo de estos detalles donde, además de sueños, se analizan chistes, lapsus linguae o déjà vu. A través de este tipo de materiales Freud ejemplifica el funcionamiento del inconsciente a la hora de disfrazar lo reprimido; esto es, la posibilidad de representar velada o indirectamente contenidos que no pueden expresarse de forma total y directa (Freud, 1900-1901/1972 y 1905/1972b). A ese respecto, además de la resistencia, entre los mecanismos de defensa señalados por Freud podemos mencionar los siguientes: el desplazamiento o sustitución de un contenido reprimido por otro aparentemente familiar y aceptable; la proyección o derivación del contenido reprimido inaceptable hacia una instancia externa al sujeto (un objeto o persona por la que se pueda mostrar desapego o desprecio); la condensación o fusión de contenidos reprimidos en una nueva representación en la que aquellos resultan irreconocibles; o la fractura del contenido reprimido en varias representaciones nuevas en las que la energía original queda difuminada (explicaciones minuciosas de estos conceptos pueden encontrarse, por ejemplo, en Hall, 1978 y Laplanche y Pontalis, 1996).

En definitiva, al menos hasta 1920, el inconsciente se mantuvo como piedra angular del proyecto psicológico ideado por Freud. Concretamente, la propensión humana a la satisfacción de aspectos biológicos básicos —sobre todo los sexuales en tanto que relacionados con los principios darwinistas de reproducción y conservación de la especie— sirvió de sólido cimiento para levantar el edificio psicoanalítico original. Esto era, además, perfectamente congruente con el ámbito clínico en el que Freud afrontaba sus casos. Sin embargo, a partir de 1910 Freud empezó a ampliar su reflexión teórica a temas culturales que, como buen vienés cultivado, siempre le habían interesado. Además de su perenne interés por el lenguaje, su preocupación se extendió a la historia, el arte o la religión. Se trataba de aspectos aparentemente propios y exclusivos de la condición humana, lo que terminó influyendo en cierta refiguración de su sistema. A partir de 1920, una vez asentada la fundamentación del psicoanálisis y su propio reconocimiento internacional, la concepción del inconsciente varió sensiblemente.

Sus funciones fueron cuidadosamente desbrozadas y reubicadas y Freud ofreció una cohorte de nuevos conceptos y motivos de reflexión. Dada su basta producción entre 1910 y la fecha de muerte en 1939 (publicó más de 20 libros después de 1920, además de innumerables artículos, prólogos y comentarios menores), en el próximo epígrafe vamos a tratar de ordenar y presentar genéricamente algunos de los desarrollos más importantes.