Derivas funcionalistas

¿Cuál fue el destino del funcionalismo? Algunos historiadores creen que nació en 1896 y nunca murió (Sahakian, 1975). La psicología norteamericana se habría vuelto funcionalista a finales del siglo XIX y nunca habría dejado de serlo. El conductismo y la psicología cognitiva, que dominarían la escena académica norteamericana desde más o menos 1930 y 1960 respectivamente, habrían sido los continuadores naturales del funcionalismo, así como la psicología animal conductista habría sido la continuadora natural de la psicología comparada.

Al parecer, esa valoración historiográfica es un tanto sesgada. Ciertamente, el conductismo constituía una posible salida del funcionalismo, pero no la única posible, ni la más científica. Las diferencias entre conductismo y funcionalismo eran tan grandes como las semejanzas. Para apreciarlo mejor, vamos a detenernos un momento en un autor que estaba a medio camino entre uno y otro. Se trata de Edward L. Thorndike, el funcionalista que abrió las puertas del conductismo.

La psicología animal de Edward L. Thorndike (1874-1949)

Muchos funcionalistas pensaban que no tiene sentido reducir los procesos psicológicos complejos a leyes simples que expliquen toda la actividad en términos mecánicos. Creían en la existencia de principios psicológicos genéricos subyacentes a nuestra actividad, pero no creían en la existencia de leyes generales a las cuales pudiera reducirse toda la complejidad del comportamiento humano, ni probablemente el animal. La diferencia es sutil pero muy importante. Un principio psicológico genérico es, por ejemplo, la reacción circular de Baldwin, que puede entenderse como el formato básico de cualquier función psicológica, pero tal formato se especifica en situaciones muy diversas y a muy diversos niveles. Por ejemplo, tanto la succión del bebé como el descubrimiento de una ruta de navegación son genéricamente funciones psicológicas (reacciones circulares), pero son también especificaciones muy diferentes de lo que es una función psicológica, pues en un caso la función es básica y poco desarrollada y en otro caso es compleja y producto de un largo periodo histórico de evolución tecnológica y desarrollo cultural.

Usualmente el formato básico de la función psicológica se identificaba con los comportamientos más simples del recién nacido o de ciertos animales, de modo que a partir de esos comportamientos el sistema de funciones psicológicas se va haciendo progresivamente más complejo, rico y potente, amén de compartido por grupos humanos más amplios. En eso consiste la génesis (el desarrollo) y por basarse en ella hemos calificado a Baldwin y Dewey de psicólogos genéticos. Thorndike, en cambio, representaba la tendencia contraria dentro del funcionalismo, más mecanicista; una tendencia en la que también se incluía John Watson, el padre del conductismo. Thorndike sugería que una misma ley general explica toda clase de actividades psicológicas, y además se trataba de una ley entendida en un sentido mecánico, es decir, que funciona al margen de la actividad de los sujetos. En realidad, se supone que explica tal actividad.

Edward Lee Thorndike, que siendo estudiante se sintió deslumbrado por los Principios de psicología de James (Lafuente, 2004), fue profesor en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Sus investigaciones más conocidas tienen que ver con el aprendizaje de los gatos en unos dispositivos que denominaba cajas problema o rompecabezas («puzzle boxes»), unas jaulas de madera de las que sólo se podía salir accionando un mecanismo que abría la puerta. Los gatos eran introducidos en la caja y, con un recipiente de comida a la vista colocado fuera de ella, debían aprender a accionar el mecanismo de apertura para obtener el alimento.

A Thorndike le interesaba averiguar si los animales aprendían de una forma inteligente o bien, como el creía, por un puro proceso de ensayo y error, entendido en términos mecanicistas y asociacionistas. Comprobó que los gatos cada vez tardaban menos en salir de la caja. Según él, los gatos realizaban movimientos (respuestas) al azar y alguno de estos movimientos, aleatoriamente, accionaba el mecanismo de salida. Thorndike pensaba que el éxito accidental de los movimientos era el que hacía más probable que se repitieran en la siguiente ocasión, y por eso los gatos tardaban cada vez menos en liberarse. Para dar cobertura científica a este fenómeno, formuló dos leyes que se basaban en una concepción asociacionista de la actividad psicológica (él decía conexionista, porque en vez de asociaciones hablaba de conexiones). Esas dos leyes son la ley del efecto y la ley del ejercicio, que consideraba aplicables a cualquier actividad humana o animal.

La ley del efecto establece que, manteniéndose constantes otras condiciones, los movimientos que vayan seguidos de satisfacción tenderán a quedar más estrechamente conectados con la situación en que se produjeron, de modo que, si esta situación se repite en el futuro, será más probable dichos movimientos se repitan. Es el efecto del comportamiento (el éxito accidental) el que hace que tal comportamiento quede fijado en el repertorio del sujeto. La ley del ejercicio es complementaria a la del efecto.

Se limita a recoger el hecho de que la fijación del comportamiento exitoso depende también del número de veces que el sujeto se someta a la situación de aprendizaje. Las asociaciones entre estímulos (la situación) y respuestas (los movimientos) se fortalecen con la práctica, con el ejercicio.

Para los psicólogos más cercanos a la sensibilidad teórica de James, Baldwin, Dewey o Mead, lo que hacía Thorndike era, en el fondo, desvirtuar el funcionalismo, porque explicaba todo el comportamiento, incluyendo el humano, mediante un único principio general, formulado en clave asociacionista y mecanicista: la ley del efecto. Ponía en primer plano los mecanismos de asociación automática entre estímulos y respuestas en detrimento de las funciones, lo cual iba en contra del espíritu del funcionalismo. De las tres dimensiones de la actividad que solían contemplar los funcionalistas —instinto, hábito e inteligencia—, Thorndike se quedaba sólo con las dos primeras: instinto y hábito.

Asimismo, para los psicólogos comparados que adoptaban una perspectiva más funcional, Thorndike era un psicólogo comparado un tanto sui generis, porque reducía la pluralidad y complejidad de las actividades de los animales a un sólo proceso —el ensayo y error— que se repetía incesantemente en toda la escala filogenética y en cualquier situación de aprendizaje. Aunque reconocía el mérito del trabajo de Thorndike con animales y le consideraba un buen psicólogo comparado, Morgan (1900) llegó a decir que los gatos que metía en sus cajas, más que sujetos experimentales, eran víctimas. Si bien valoraba su intento de analizar las condiciones en que se podían atribuir capacidades psicológicas superiores a las diferentes especies animales, Morgan creía que los diseños experimentales de Thorndike carecían de validez ecológica, porque colocaban a los animales en situaciones artificiales, constreñían sus posibilidades de acción y, por tanto, les impedían comportarse con normalidad.

La rebelión conductista

Es un lugar común presentar el conductismo como la salida natural del funcionalismo (así lo hace Leahey, 2004). Se trata de una interpretación según la cual el conductismo supuso un progreso científico respecto al funcionalismo, al que depuró eliminando la conciencia, la mente, los propósitos, etc. Sin embargo, las cosas no fueron tan simples. Pese al efecto propagandístico del «manifiesto conductista» que John B. Watson publicó en 1913, el conductismo nació plural (Wozniak, 1997). No hubo una sola versión del mismo, sino varias y no todas ellas fácilmente compatibles entre sí.

Además, el conductismo tomó sus propias opciones teóricas, que no suponían un avance respecto al funcionalismo, sino un cambio de intereses acorde con el escenario socioinstitucional de la Norteamérica posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando el progresismo de principios de siglo estaba en declive y triunfaba una versión más tecnocrática del mismo, según la cual la psicología era sencillamente que una ciencia aplicada (González, 1994). No parecía quedar ya lugar para las discusiones teóricas sobre la conciencia, la adaptación, la evolución mental, la formación del yo o la ciudadanía. En cierto modo, los conductistas eran unos jóvenes profesionales llenos de ambición rebelándose contra una psicología que, a su juicio, estaba lastrada por la excesiva teorización y por el contacto con la filosofía y las ciencias sociales.