Lo que da forma al funcionalismo

El funcionalismo bebió de diversas fuentes. Algunas eran filosóficas, otras científicas y otras propias del entorno sociocultural en que se desarrolló. Desde un punto de vista histórico muy amplio, constituyó el último episodio de un ciclo cuyo inicio podemos retrotraer hasta el siglo IV a. C., cuando el filósofo griego Aristóteles definió los seres vivos por sus funciones (lo que hacen) antes que por sus estructuras o mecanismos (las partes del cuerpo) (Fernández et al., 1992). Pasando por Kant a finales del siglo XVIII y por Darwin en el XIX , ese ciclo llega hasta el funcionalismo, que hace girar la explicación psicológica en torno a las actividades de los sujetos en lugar de basarla en facultades mentales u órganos corporales. Desde un punto de vista histórico más restringido, el funcionalismo surgió como una manera de entender lo psicológico apoyada en el pragmatismo, el evolucionismo darwinista y el pensamiento social reformista.

El darwinismo

Ya hemos visto lo esencial del darwinismo. Ahora nos basta con subrayar que los funcionalistas eran darwinistas porque resaltaban el valor adaptativo de la conciencia. Su punto de partida era que existen funciones psicológicas igual que existen funciones biológicas (crecimiento, reproducción, alimentación, excreción, respiración, etc.). Recordar, pensar, percibir o sentir, por ejemplo, son funciones psicológicas. Los funcionalistas —cada uno con sus propios conceptos— suponían que las funciones psicológicas se caracterizan por formarse a través de la actividad adaptativa de los sujetos.

Además, asumían que la mente o la conciencia existen porque la naturaleza las ha producido. En muchos casos, este era un argumento contra el reduccionismo mecanicista y la idea de que la mente es un mero epifenómeno, o sea, un subproducto de procesos neurofisiológicos: no podemos negar la existencia real de algo que ha sido fruto de la selección natural.

Darwin inauguró la psicología comparada moderna defendiendo la continuidad psicológica entre los animales y el ser humano. Asimismo, con su teoría de la selección natural dejó planteado el problema del posible papel jugado por la actividad psicológica en la evolución biológica. ¿Es el comportamiento un mero conjunto de instintos —un producto de la herencia— o bien desempeña alguna función evolutiva? ¿La conciencia es un puro epifenómeno o bien interviene en la adaptación al medio y, por tanto, en la selección natural? Tanto el funcionalismo como la psicología comparada intentaron responder a estas preguntas. Por tanto, no es que el funcionalismo fuera el producto de la importación americana del evolucionismo inglés; el funcionalismo formó parte del evolucionismo, porque contribuyó a las discusiones en torno a la evolución y la selección natural.

El darwinismo proporcionó además algunas analogías útiles. Por ejemplo, y como veremos después, al igual que Darwin recurría a la selección natural para explicar la evolución biológica, James señalaba que en la vida psíquica es la conciencia la que selecciona los contenidos mentales (ideas, imágenes, representaciones, sensaciones...). La idea de que lo psicológico tiene que ver con la selección está presente en muchos funcionalistas. Si el sujeto es activo y su actividad se dirige al mundo que lo rodea, el cual le plantea constantemente problemas y desafíos, el sujeto debe estar continuamente eligiendo, seleccionando posibilidades de acción, adaptándose activamente. La concepción de la adaptación como algo activo estaba, de hecho, en el meollo de la discusión de gran parte de la psicología comparada. La cuestión era qué papel jugaba en la adaptación —y por tanto en la evolución biológica— lo que los animales hacen, es decir, su comportamiento. Normalmente se suponía que la conciencia, la inteligencia, interviene cuando los instintos o los hábitos aprendidos ya no son suficientes porque hay novedades en el entorno.

El pensamiento social

El funcionalismo eclosionó en un momento en que la sociedad estadounidense experimentaba un proceso de cambio acelerado. Se trataba de un proceso de modernización caracterizado por fenómenos como la expansión comercial, la industrialización, la inmigración y la mezcla de identidades culturales, el crecimiento de los suburbios urbanos, la proletarización de la mano de obra, la concentración de capitales y los oligopolios, la expansión y consiguiente burocratización de la administración pública, la emigración interior, etc. Esto generaba numerosos desajustes sociales e individuales.

Las formas de vida propias de la sociedad agraria se resquebrajaban. La comunidad tradicional, que giraba en torno a la familia y el pueblo, cedía terreno en favor de escenarios urbanos masificados caracterizados por la novedad, el cambio y la pluralidad de valores e intereses. Las ciudades se erigían como los nuevos escenarios donde lograr el sueño americano de prosperidad y triunfo, pero también revelaban su lado oscuro de marginación y desarraigo. Las «casas de vecindad» retratadas por el fotógrafo Lewis Hine a principios del siglo pasado, por ejemplo, dan testimonio visual de las pésimas condiciones en que vivían las familias de muchos obreros industriales en las grandes urbes.

Igual que en otros países occidentales en la misma época, la alternativa a la comunidad próxima tradicional, de carácter rural, era lo que Benedict Anderson (1991) ha denominado una «comunidad imaginada», esto es, un Estado nacional. A diferencia de lo que ocurre con los vecinos del pueblo, la mayoría de los habitantes de un Estado nacional moderno nunca se van a conocer personalmente —de ahí lo imaginario— pero se supone que comparten una misma identidad colectiva y se adhieren a ella por pertenecer a la misma nación y tener los mismos derechos y obligaciones que sus conciudadanos. Lo que define la identidad personal ya no es la pertenencia a una familia, un pueblo, una comarca o una parroquia, sino la condición de ciudadano. La gestión de las comunidades imaginadas exigía (y exige) la participación de numerosos expertos que las dotaran de los símbolos de identificación adecuados —transmitidos mediante la enseñanza y los medios de comunicación— y ayudaran a controlar los conflictos. Para ello se consideraba necesario teorizar la relación entre individuo y sociedad y contar con técnicas que, basadas en esa teorización, permitieran administrar adecuadamente la vida social.

El pensamiento social norteamericano de finales del XIX y principios del XX cumplía esa función. Sus representantes eran por lo general intelectuales reformistas —aunque algunos adoptaban posiciones políticas más radicales, muy cercanas al socialismo— procedentes de ámbitos como la sociología, la religión, el trabajo social, el activismo en pro de derechos sociales y civiles, el periodismo, etc. A modo de ejemplo, podemos citar los nombres de la trabajadora social Mary P. Follet (1868-1933), el sociólogo Lester F. Ward (1841-1913), el educador Arland D. Weeks (1871-1936), de quien volveremos a hablar más abajo, y la socióloga feminista Jane Adams (1860-1935). En diversos grados, algunos autores importantes para la psicología participaron también en esa corriente, como Dewey o Mead (ambos, por cierto, colaboraron con Jane Adams). Además, muchos pragmatistas y funcionalistas desarrollaron teorías de la formación del yo que pretendían explicar la relación entre individuo y sociedad, como el filósofo Josiah Royce (1855-1916), los sociólogos Charles H. Cooley (1864-1929) y Charles A. Ellwood (1873-1946) o el filósofo y educador John E. Boodin (1869-1950) (Valsiner y Van der Veer, 2000), aparte de los propios Dewey, Mead y Baldwin.

El pensamiento social de la mayoría de los funcionalistas —así como de los conductistas iniciales— era de orientación progresista, a menudo basado en la defensa de lo público como garante para la igualdad y el ejercicio de la democracia. El funcionalismo cubrió la demanda de teorías científicas que justificaran la articulación entre individuo y sociedad. Incluso cabe entender el trabajo de los funcionalistas más orientados a la teoría social como un esfuerzo por trasladar a la comunidad imaginada estadounidense la (supuesta) armonía social y los antiguos lazos de lealtad propios de las comunidades tradicionales. La psicología proporcionaba una base sobre la que apoyar esa necesidad política de estabilidad social, sin la cual la construcción de la nación estadounidense —basada en la democracia— parecía imposible.

Por lo demás, muchos aspectos de la concepción funcionalista del sujeto tenían raíces profundas en la cultura norteamericana y, en particular, en el mito de los orígenes de la nación estadounidense. Durante el siglo XIX tomó forma la imagen del pionero como figura gracias a la cual los colonos habían logrado asentarse en las tierras del este de Norteamérica, se habían independizado de Inglaterra y habían seguido expandiéndose hacia el oeste en pugna contra una naturaleza agreste y unos nativos igualmente salvajes (el género cinematográfico del western sería un fiel reflejo de esto). En 1893, el historiador Frederick Jackson Turner elevó a rango académico el mito de la frontera, según el cual la frontera oeste había constituido el escenario de esa lucha de los pioneros y ésta habría fomentado la forja del fuerte sentido norteamericano de la individualidad, la iniciativa y la democracia.

El pionero era, pues, un individuo eminentemente activo que se adaptaba a un entorno hostil transformándolo para satisfacer sus necesidades y las de su familia. Para él, la naturaleza era al mismo tiempo una fuente de oportunidades y de peligros. Además, los pioneros vivían en pequeñas comunidades —tradicionales— donde todos se conocían y el apoyo mutuo revestía una enorme importancia. No había, por tanto, una oposición radical entre lo individual y lo colectivo. Los pioneros eran individualistas en el sentido de que, en ausencia de una estructura política a la europea (estatal) que los respaldara, tenían que buscarse la vida a la hora de organizar sus pueblos —al nivel comunitario— y sus hogares —al nivel familiar—. Sin embargo, para ellos la comunidad próxima (el vecindario, la parroquia, el pueblo) era importantísima, porque constituía una red de apoyo mutuo y la única estructura política de la que disponían. De hecho, el referente mítico de la democracia estadounidense ha sido siempre la toma de decisiones asamblearia en aquellas pequeñas comunidades donde todos se conocían y las relaciones se establecían en un plano horizontal, sin jerarquías ni mediaciones burocráticas.

En esa tradición cultural americana hunden sus raíces dos señas de identidad del funcionalismo: la idea de la adaptación activa al entorno y la necesidad de conjugar lo individual y lo social.

El pragmatismo

El pragmatismo fue a la filosofía norteamericana lo que el funcionalismo a la psicología: un producto típicamente americano. En realidad, a menudo es difícil distinguir el uno del otro. El funcionalismo era en cierto modo la versión psicológica del pragmatismo. De hecho, dos de los pragmatistas más conspicuos fueron también dos de los funcionalistas más conocidos: William James y John Dewey.

El pragmatismo exacerbaba la importancia de la acción y hacía girar en torno a ésta la cuestión de la validez del conocimiento. Para un pragmatista no hay conocimiento que no esté ligado a su puesta a prueba y eventual corrección o rectificación según las consecuencias que produce en el mundo. Esta idea fue esencial para los funcionalistas. En lenguaje psicológico equivale a afirmar que los contenidos de la conciencia se forman mediante la actividad. O lo que es lo mismo: las funciones psicológicas existen por y para la acción. Veamos cómo expresa filosóficamente esta idea Peirce, el padre del pragmatismo.

Charles S. Peirce (1839-1914) y la máxima pragmática

Charles Sanders Peirce había estudiado física y trabajó durante un tiempo en un organismo del gobierno federal dedicado a la investigación geodésica y costera. Aunque dio clases en la Johns Hopkins University (Baltimore), nunca consiguió un puesto estable de profesor. Su filosofía se basaba en un desarrollo de la idea kantiana de que algunas creencias humanas carecen de una base completamente segura sobre la cual asentarse. Por ejemplo, ante un diagnóstico dudoso un médico actúa mediante tanteos, sin contar con la certeza de que sus decisiones terapéuticas son las correctas. Sólo los resultados de la terapia irán dando pistas acerca de lo adecuado de esas decisiones.

Kant definía este tipo de creencias como creencias pragmáticas. El médico actúa conforme a creencias pragmáticas. Peirce extendió esa idea a todo el conocimiento: no hay ninguna creencia, ninguna clase de conocimiento, cuya verdad esté justificada más allá de sus resultados prácticos. El pensamiento está al servicio de la acción, y no hay creencia que no sea pragmática. A esto lo llamó «máxima pragmática», según la cual la única definición posible de algo es la que hace referencia a sus consecuencias prácticas. Lo que pensamos acerca de las cosas depende de nuestra experiencia práctica con ellas, y no hay nada en la definición de las cosas que vaya más allá de dicha experiencia.

Así, cuando nos relacionamos con un objeto anticipamos, según nuestra experiencia previa, cómo va a comportarse ese objeto (p. ej., si prevemos que un alimento está duro lo mordemos con cuidado). En palabras del propio autor, la máxima pragmática consiste en «considerar qué efectos, que razonablemente pueden tener manifestaciones prácticas, concebimos que tiene el objeto de nuestra concepción. Entonces, nuestra concepción de esos efectos es la totalidad de nuestra concepción del objeto» (Peirce, 1887 y 1888, p. 87).

Mientras que para Kant la verdad era algo estático, Peirce pensaba que la verdad era cambiante. Si el evolucionismo darwiniano había demostrado la evolución de las especies, el pragmatismo aplicaba ese esquema evolucionista al conocimiento e intentaba mostrar que éste también evoluciona.

La verdad no es fija. Al igual que los organismos en general se adaptan al entorno y lo modifican mediante tanteos, poniendo a prueba sus hábitos y transformándolos según sus consecuencias prácticas, los seres humanos ponemos a prueba nuestras ideas —que no son más que hábitos de pensamiento, principios para la acción— y nos quedamos (o deberíamos quedarnos) con aquellas que se muestran más eficaces para vivir.

A diferencia de lo que ocurre con James, la relevancia directa de Peirce para la psicología no suele destacarse en los manuales de historia de la disciplina. Sin embargo, contribuyó al desarrollo de la psicología experimental en su país (sobre todo con trabajos sobre percepción), ayudó a dar a conocer la obra de autores alemanes decisivos para la psicología (Wundt, Fechner, Helmholtz), fue profesor de psicólogos americanos destacados (como Cattell o Dewey) y, en general, participó en los debates intelectuales sobre el significado de lo psicológico, la acción, el pensamiento, etc. (Morgade, 2002).

A William James, en cambio, se le suele considerar el padre de la psicología americana y, más específicamente, el padre del funcionalismo. Aunque sus ideas psicológicas concretas quizá sonaran hoy como un ragtime en un gramófono, su espíritu penetró en la corriente principal de la disciplina. Se basaba en la experimentación —al estilo de la que se practicaba en el laboratorio de Wundt en Alemania— y en algo que no estaba en Wundt: la idea de que la conciencia se halla eminentemente ligada a la actividad.

La psicología de William James (1842-1910)

Tras doctorarse en medicina en la Universidad de Harvard, donde trabajó prácticamente toda su vida, James dio clases de fisiología, anatomía, psicología y filosofía hasta que en 1889 ocupó una cátedra de psicología. Al año siguiente publicó su famoso libro Principios de psicología, un manual con el que se formó toda una generación de estudiantes. En realidad, la versión jamesiana del pragmatismo tiene en su conjunto un cierto aroma psicológico. No en vano fue en los Principios de psicología donde comenzó a exponerla.

James entiendía el pragmatismo casi como una filosofía aplicada a la vida (Sini, 1972). Mientras que Peirce lo consideraba un método para asegurar la claridad de los conceptos filosóficos y científicos, James lo consideraba un principio de justificación de nuestras creencias: es válida aquella creencia que influya (para bien) en nuestra vida y, en último término, afecte a todo el conjunto de las experiencias vitales. Las verdades sólo son tales si son buenas para vivir. Además, puesto que las consecuencias prácticas de nuestras ideas son inciertas mientras no se comprueben, hemos de tener alguna fe en aquello que creemos o, como decía el propio James, alguna «voluntad de creer». Lo importante, en suma, es siempre la acción. Dado que ninguna verdad absoluta nos respalda, debemos actuar y comprobar cuán verdaderas son nuestras ideas enfrentándolas a la prueba del algodón de la acción, sin olvidar que también es en la propia acción donde tomamos conciencia de cuáles son nuestras ideas —es decir, las descubrimos a medida que actuamos—.

La teoría motora de la conciencia. Respecto a la psicología, aquí vamos a centrarnos en la concepción jamesiana de la conciencia. Frente a los wundtianos y los estructuralistas, lo que le importaba a James no eran tanto los contenidos de la conciencia cuanto sus funciones. Y la principal función de la conciencia, la que constituye el fundamento o la característica más genérica de toda la vida psicológica, es la de seleccionar, la de elegir. Veamos cómo.

James se oponía tanto a las perspectivas materialistas y reduccionistas como a las dualistas y espiritualistas (Fernández y Sánchez, 1990). Para las primeras, la conciencia es un mero epifenómeno, algo secundario o derivado de la auténtica realidad, que es la realidad física: en última instancia, lo único real son los procesos neurofisiológicos, mecánicos. Para las segundas, la conciencia es una realidad (no física) separada e independiente de la materia corporal (física) e influye en ésta interactuando con ella, tal y como había planteado el filósofo francés René Descartes en el siglo XVII . 6 James concedía parte de razón a ambas perspectivas y les quitaba otra parte:

  • Daba la razón al materialismo reduccionista en que los procesos neurofisiológicos funcionan por sí mismos, sin intervención de la mente o la voluntad, o sea, de acuerdo con leyes naturales entendidas mecánicamente. En ese sentido, podemos comparar al cerebro con una centralita telefónica que se limita a conectar estímulos y respuestas. Ahora bien, según James la conciencia no es un mero epifenómeno. Sería imposible explicar nuestra actividad quedándose sólo en la mecánica del sistema nervioso. La conciencia influye en nuestro comportamiento. Además, la conciencia existe objetivamente porque forma parte de la naturaleza. Es útil adaptativamente en un sentido darwinista, tal y como indicamos más arriba.
  • Daba la razón al dualismo espiritualista en que la mente es activa. Ahora bien, según James los contenidos de la mente están inextricablemente unidos a los procesos neurofisiológicos. Lo psicológico y lo neurofisiológico no constituyen realidades sustancialmente distintas y, por tanto, no cabe hablar de interacción entre ellas. De hecho, hay por defecto una relación automática o instantanea entre cerebro y mente, en el sentido de que nada ocurre en la mente sin que ocurra al mismo tiempo algo en el sistema nervioso. Sin embargo, lo que ocurre en la mente no es exactamente un simple eco o reflejo de lo que ocurre en el cerebro, porque la conciencia interviene en el funcionamiento mental —no en el cerebral, porque en tal caso habría interacción entre una realidad física y otra no física—.

Según James (1890), lo que hace la conciencia es poner el foco de la atención sobre ciertos contenidos mentales y permitir así que sobresalgan entre los demás; es decir, los selecciona, los «elige». Y, puesto que todo contenido mental va ligado a un proceso neurofisiológico, los contenidos mentales seleccionados por la conciencia se convertirán en procesos neurofisiológicos que se traducirán en movimientos, en conductas.

Eso es lo que entiende James por función psicológica en su sentido más genérico: a través de la atención, la conciencia cae sobre un contenido mental y éste, al ir inextricablemente unido a un determinado proceso neuromuscular (o glandular), desencadena ese proceso y el sujeto se comporta de tal o cual manera (o siente tal o cual cosa). Por tanto, la conciencia no determina directamente nuestro comportamiento, pero sí indirectamente, mediante la selección de unas ideas en detrimento de otras, lo que se traduce en la producción de unas determinadas conductas y no de otras. Es un proceso análogo a la selección natural darwiniana: igual que ésta «elige» a los organismos más aptos y los demás perecen, la atención selecciona determinadas ideas y las demás se quedan en un segundo plano, fuera del foco atencional, de modo que no se convierten en movimientos.

Cuando explica esa concepción suya de la función psicológica, James está aplicando la llamada «teoría motora de la conciencia», que en diferentes versiones fue asumida por prácticamente todos los funcionalistas. A veces James y otros se referían a ella con la expresión de «ley (o respuesta) ideomotora», que procedía de la hipnosis, donde se utilizaba para explicar el hecho de que ciertas imágenes mentales e ideas producen automáticamente reacciones corporales, movimientos (de ahí la expresión «ideomotora»).

La «corriente de conciencia». Además, el principal rasgo que oponía el funcionalismo al estructuralismo —la crítica al análisis de la mente en términos de sus componentes elementales— tenía una estrecha relación con el planteamiento jamesiano sobre la conciencia. Si los contenidos de la mente existen sólo en la medida en que la conciencia los selecciona haciendo que la atención recaiga sobre ellos, entonces no podemos entenderlos como realidades primarias, según hacía la psicología alemana. Como ya vimos, para autores como Titchener las sensaciones, las ideas o las imágenes mentales eran las unidades a partir de las cuales se erige toda la arquitectura psicológica. James, en cambio, creía que éstas no son realidades psicológicas primarias, sino derivadas. Aparecen en el análisis que realiza el psicólogo, quien las puede identificar sólo porque previamente la conciencia del sujeto las ha generado. La conciencia delimita sensaciones o ideas y, a continuación, el psicólogo las detecta. En sí misma, la conciencia es un flujo, un continuo. No está compuesta de sensaciones e ideas, sino más bien al revés: es ella la que, haciendo que la atención interrumpa o segmente dicho flujo, acota esos contenidos mentales y, con ello, los convierte en reales. La vida psíquica es una totalidad, no una suma de elementos. Se ha hecho famosa la expresión que utilizaba James para referirse a esto: «corriente (o flujo) de conciencia» (stream of consciousness).

La idea de la corriente de conciencia, aparte de distanciar a James de la tradición psicológica alemana, le permitía seguir protegiéndose contra las posibles acusaciones de dualismo o interaccionismo, es decir, de creer que la mente tiene un efecto causal directo sobre el cuerpo. La conciencia no produce las ideas, no genera directamente los contenidos mentales. Éstos existen por sí mismos en íntima conexión con los procesos neurofisiológicos subyacentes. Lo único que hace la conciencia, como ya hemos visto, es interrumpir su propio flujo mediante la atención y seleccionar unos u otros de esos contenidos. En última instancia, es al seleccionarlos cuando los convierte en realidades psicológicas. Antes de ser seleccionados (o si no se seleccionan nunca) no son más, en realidad, que procesos neurofisiológicos. Nos parece que son estados psicológicos y no neurofisiológicos porque tenemos experiencia subjetiva (introspectiva) de que existen. Es decir, lo que experimentamos son ideas, sensaciones, imágenes mentales y demás. Sin embargo, las experimentamos porque previamente la atención las ha acotado segmentando el continuo de la corriente de conciencia.

Para terminar, nótese que James concebía principalmente la actividad a escala individual y tomando como referencia el sujeto adulto. De hecho, afirmaba que la conciencia se encuentra ligada a un yo y existe un «yo puro» en el que se deposita el sentimiento de identidad personal y se integran o unifican las experiencias vitales. Otros funcionalistas —como Dewey, Baldwin o Mead— pondrían un énfasis mayor en el hecho de que el sujeto se forma socialmente y a través de un proceso de desarrollo que comienza en el bebé recién nacido.

La autodefinición frente al estructuralismo: James R. Angell (1869-1949)

Puede que los historiadores no estuviéramos utilizando la etiqueta de «funcionalismo» si Titchener (1898) y James Rowland Angell (1907) no hubieran escrito sendos artículos titulados respectivamente «Los postulados de una psicología estructuralista» y «La provincia de la psicología funcionalista». El funcionalismo tomo conciencia de sí mismo oponiéndose a la nueva psicología importada de Alemania, y particularmente al estructuralismo de Titchener. Si el funcionalismo hubiera sido una escuela en sentido estricto, el artículo de Angell tal vez se hubiera considerado su manifiesto fundacional. En realidad, este artículo constituyó más bien un acto de autoafirmación o autorreconocimiento frente al estructuralismo.

La psicología norteamericana previa al funcionalismo estaba dominada por la denominada Escuela del Sentido Común, una corriente filosófica procedente de Escocia y creada en el siglo XVIII por autores como Thomas Reid (1710-1796). Esta corriente había representado una reacción contra el escepticismo de los empiristas británicos de finales del XVII y principios del XVIII . Sus seguidores también se oponían a la perspectiva crítica de Kant. Recurrían al sentido común para sostener que el mundo que percibimos es el mundo real, y defendían una psicología según la cual la mente humana está compuesta de diversas facultades encargadas de conocer directamente ese mundo real.

La versión del wundtismo que Titchener quería implantar en los Estados Unidos era la alternativa para una «nueva psicología», es decir, para una psicología diferente a la de la teoría de las facultades, propia de la Escuela del Sentido Común. Aunque durante unos pocos años convivió con el funcionalismo, el estructuralismo de Titchener acabó desapareciendo o diluyéndose en él. El funcionalismo se convirtió así en la nueva psicología por antonomasia, como dijimos al principio, y el artículo de Angell le dio carta de naturaleza.

Angell fue profesor durante más de veinte años en la Universidad de Chicago, el principal bastión del funcionalismo. Su artículo procedía del discurso presidencial de la APA y era, en parte, una réplica a Titchener. En él recogía las características comunes de los psicólogos funcionalistas, que a su juicio eran tres:

  1. Frente a los estructuralistas, pretenden definir lo psicológico en términos de operaciones, de acciones, no en términos de contenidos estáticos. Los estructuralistas aislan artificialmente los contenidos de la conciencia y caen en una versión de la «falacia del psicólogo» consistente en atribuir a los estados psicológicos rasgos (tonos, sabores, colores...) que en realidad surgen del análisis a posteriori de los mismos. A los funcionalistas no les sinteresa el qué, sino el cómo y el porqué de lo psicológico. Les interesa cómo y bajo qué condiciones percibimos, pensamos, deseamos, etc.
  2. Tienen una concepción evolucionista de la psicología. La conciencia existe porque juega algún papel en la evolución biológica. Las funciones psicológicas son como son porque han servido y sirven para adaptarse al medio ambiente. Ahora bien, esa adaptación no es pasiva. La conciencia es un producto de la evolución pero también interviene activamente en la adaptación al medio. «Todas las filosofías, excepto el materialismo ontológico, presuponen que la mente juega un papel estelar en todas las adaptaciones al ambiente de los animales que la poseen» (Angell, 1907, p. 333). El materialismo ontológico es la postura según la cual la mente o es un puro reflejo de la materia —por tanto, la adaptación es pasiva— o ni siquiera existe. Para un funcionalista, en cambio, la conciencia actúa cada vez que en el medio ambiente aparece una novedad a la que hay que adaptarse. Por eso es algo que existe objetivamente. Aquí podemos percibir los ecos de la teoría motora de la conciencia de James, según la cual la conciencia, ante la novedad, interrumpe un proceso mecánico y lo guía en la dirección de una adaptación inteligente.
  3. Practican una especie de psicofísica no cuantitativa. No establecen un corte entre lo fisiológico y lo psicológico. Toman la distinción entre mente y cuerpo como una distinción puramente metodológica, es decir, que no supone la existencia de dos realidades independientes —mental y corporal, psicológica y fisiológica—. Aunque dice que entre los funcionalistas hay a este respecto sensibilidades diferentes —excepto el epifenomenismo, que niega el papel jugado por la mente—, Angell subraya que, a su juicio, la distinción entre lo mental y lo corporal no es primaria (no existe en el niño recién nacido, por ejemplo), sino producto de la reflexión, del análisis.

Angell añadía que la psicología no es una ciencia que tenga un objeto predefinido («es lo que nosotros hacemos de ella») y que en todo caso es arbitrario identificar ese objeto con la conciencia individual. De ahí la necesidad de «habitar en regiones que a primera vista no son propiamente mentales». Entre ellas mencionaba la lógica, la ética y la teoría social. Dewey, Baldwin y Mead se adentraron en esas regiones.