Conciencia de estabilidad y cambio en la vejez

A lo largo de la vida, las personas se van enfrentando a una variedad de situaciones novedosas, a las cuales se van adaptando. Estas dan conciencia de que el tiempo pasa y está dejando huella. Algunas de estas situaciones y cambios son incorporados sin perder la sensación de continuidad. De hecho, numerosos estudios demuestran que las personas mantienen una elevada estabilidad de la conciencia de sí mismos a lo largo de toda la vida. En cambio, otros son auténticos recordatorios de la edad que producen, al menos temporalmente, mayor conciencia de cambio e, incluso, una experiencia de ruptura y de transición a una nueva etapa. Respecto a la transición a la vejez, la jubilación es el recordatorio principal que simboliza el paso a la edad más avanzada.

Uno de los recordatorios que se repiten en numerosas situaciones de la vida cotidiana proviene de la información que se extrae de las relaciones con los demás. La forma en que las personas se relacionan con nosotros y el trato que se recibe devuelven la imagen externa que otros tienen de uno mismo, es decir, la imagen social. Con frecuencia, las personas de mediana edad y ya claramente cuando se aproximan a la edad avanzada observan que esta imagen social no coincide con la edad que sienten interiormente. Esta distancia entre la edad que la persona siente en su interior y la edad que le devuelven los demás se llama «la máscara del envejecimiento». Tomar conciencia de esta diferencia actúa como un recordatorio de la edad con el cual sobresale el paso del tiempo y las huellas que va dejando. Esta experiencia lleva a las personas a reconsiderarse a sí mismas en función de su edad.

Karp (2002) señala cinco tipos de recordatorio que informan del paso del tiempo y de la edad. En primer lugar hace referencia a los recordatorios corporales, que consisten en aquellas dolencias o enfermedades propias de la edad avanzada, como la artritis, y ciertas pérdidas del funcionamiento del cuerpo, como la agilidad o la fuerza. En segundo lugar se encuentran los recordatorios simbólicos, asociados con el calendario. El hecho de cumplir años o la proximidad de la jubilación son ejemplos de este tipo. En tercer lugar se citan los recordatorios generacionales, que se manifiestan especialmente en las relaciones con la propia familia y los amigos. A medida que se hacen evidentes los cambios en los familiares, la persona se percata de su propio reloj biológico, por ejemplo, cuando los hijos acceden al mundo laboral o se casan, ante el nacimiento de los nietos o el envejecimiento de los propios padres. En cuarto lugar aparecen los recordatorios ambientales. Están relacionados con la vida pública, como el trabajo o la vida social.

Ejemplos de este tipo de recordatorios son: convertirse en uno de los trabajadores más veteranos de la empresa o acceder a los descuentos en el transporte público. En quinto lugar están los recordatorios vitales, que son las experiencias íntimas que le llevan a uno a reconocerse como viejo y a tomar conciencia de que se está en el período final de la vida.

Respecto a la transición a la vejez, la jubilación es uno de los recordatorios más importantes ya que está vinculada con la edad cronológica. Por eso, la jubilación produce sentimientos ambivalentes.

La jubilación, formalmente, se refiere al retiro del mundo laboral por haber cumplido la edad exigida por la ley (o por otros factores, como estar incapacitado para trabajar).

La jubilación aporta a las personas dos aspectos que contribuyen a su bienestar. Por un lado, ofrece legitimidad para el cese de las actividades laborales y para recibir una retribución económica que mantenga su independencia.

De este modo, esta retribución económica no tiene el estigma de la dependencia. Por otro lado, aporta un rol social a la persona y una identidad de adulto plena ya que le da la oportunidad de ejercer simultáneamente la autonomía personal, la libertad y la independencia (Atchley, 1976).

No obstante, no se puede ignorar que la jubilación tiene un significado añadido ya que representa el hito vital que señala el final de la etapa de mediana edad y el comienzo de la edad avanzada, de la vejez.

Objetivamente, la jubilación tiene importantes consecuencias ya que impone una ruptura con los roles y funciones sociales, los hábitos, la organización de la vida diaria y repercute intensamente sobre el sentido de eficacia y de competencia personales (Galvanovskis y Villar, 2000). Por ello, no es de extrañar que pueda producir experiencias de ruptura.

Algunos factores determinan la forma en que las personas se adaptan a esta nueva situación. El tipo de trabajo que se ha realizado, el nivel de ingresos, el nivel educativo, la situación de salud en que se esté, las actitudes hacia la jubilación o el apoyo social, todos estos factores influyen en las expectativas, compor­tamientos y el grado de satisfacción que les proporciona el tránsito a esta nueva consideración social. En términos generales, se ha encontrado que disponer de recursos económicos adecuados, junto con un apoyo social impor­tante y un estado de salud bueno, pronostican un afrontamiento más satisfactorio a la jubilación. En cambio, otros factores tienen un efecto directo muy negativo sobre el ajuste, como mantener actitudes negativas hacia la jubilación y la incertidumbre acerca del nivel económico que se tendrá a partir de la jubilación (Bueno Martínez y Buz Delgado, 2006).

También ante este período de la vida las relaciones sociales son uno de los mejores agentes predictivos, en este caso, de un afrontamiento adaptativo a la jubilación. Las personas que sienten el apoyo social de la familia, amigos y compañeros se adaptan mejor en los momentos en que se inicia la transición a esta nueva situación y les resulta más fácil la reconstrucción de su nueva identidad como jubilados (Hornstein y Wapner, 1985). Además, también pronostica mayor satisfacción a medio plazo, es decir, cuando ha finalizado el período de transición propiamente dicho.

Finalmente, si se tienen en cuenta los desajustes que puede producir la transición a la jubilación, se ha sugerido la importancia de planificar la jubilación (Goudy, Powers y Keith, 1975).

De hecho, se ha encontrado que algunos de los factores que se asocian con un buen ajuste a la jubilación pueden deberse, principalmente, no al efecto directo de estos factores sobre el ajuste, sino a que las personas que habían planificado su jubilación de forma espontánea o programada son los que también disfrutan del resto de los factores facilitadores. Por ejemplo, las personas con mayores niveles de educación, más ingresos y con mayor posición profesional planifican mejor su retiro (McPherson y Guppy, 1979; Newman et al., 1982; Beck, 1984).

La preparación para la jubilación consiste en un proceso, a través del cual se identifican las necesidades y propósitos, las tareas y acciones concretas que se llevarán a cabo. En definitiva, permite establecer el camino que pondrá rumbo y que dará significado a nuestra vida. Este proceso de planificación debe iniciarse a lo largo de los 4 o 5 últimos años de la vida laboral y continuar en la fase de transición durante unas semanas o meses. Los programas formales que se están desarrollando están dirigidos a prevenir los efectos negativos y facilitar el paso de la persona desde el rol de trabajador hacia el de jubilado, en que se mantenga su identidad personal, su autoestima y en que se adecúe su proyecto de vida a la nueva situación (Bueno y Buz, 2006).