Personalidad autoritaria

Las primeras aproximaciones en investigación dirigidas a la predicción del voto situaron la ideología individual como factor determinante en este comportamiento político. Herrera y Seoane (1989) señalan que, de forma paralela al desarrollo de la segunda guerra mundial, la investigación en Estados Unidos estuvo centrada en encuestas de opinión pública y trabajos orientados hacia el estudio de las actitudes de diversos individuos frente a candidatos, partidos y cuestiones tratadas en las campañas electorales.

Sin embargo, tras la segunda guerra mundial aparece la teoría de la personalidad autoritaria de Adorno, Frenkel-Brunswick, Levinson y Sandford (1950). En un primer momento, el objetivo principal de los trabajos que condujeron al desarrollo de la teoría era demostrar que ciertos individuos son fascistas potenciales aunque, antes de llegar a convertirse en ello, muestran una alta susceptibilidad a este tipo de propaganda, manifiestan fuertes sentimientos antidemocráticos y presentan un tipo de personalidad específica o personalidad autoritaria (Adorno, Frenkel-Brunswick, Levinson y Sandford, 2006). Es necesario entender que, en el momento histórico en que se desarrolló la teoría de la personalidad autoritaria, acababa de terminar la segunda guerra mundial, con el exterminio de distintos grupos de individuos, sobre todo, de judíos. En aquel momento, el mundo occidental estaba horrorizado ante esos actos y una de las motivaciones de Adorno et al. era explicar por qué se habían producido estos hechos; es más, una parte de la financiación que permitió el desarrollo del proyecto provino del Comité Judío Norteamericano (American Jewish Committee). En palabras de los propios autores, el inicio de los trabajos comenzó con la consideración de que el antisemitismo no debería ser explicado desde la sociología o la historia, sino que era necesario centrarse en variables de personalidad para explicar el fenómeno ya que el antisemitismo no era un fenómeno aislado, sino que formaba parte de un marco ideológico más extenso y la susceptibilidad que un individuo mostraba hacia esa ideología dependía fundamentalmente de sus necesidades psicológicas.

De esta forma es fácil entender que la teoría propusiera que los niños que habían experimentado una educación severa y conforme a códigos morales convencionales mostraran sentimientos hostiles hacia sus padres, sentimientos que posteriormente desplazarían hacia personas que consideraban más débiles o inferiores. Puesto que más adelante nos referiremos a ella de nuevo, cuando tratemos la socialización política, a continuación únicamente desarrollaremos los principales aspectos que originó. La investigación en personalidad autoritaria se centró, por un lado, en el estudio de la ideología, entendida como opiniones, actitudes y valores relativos a la esfera de lo político, lo económico y lo religioso, y, por otro lado, se centró en el estudio de la personalidad, considerada un conjunto de necesidades que, a veces, guardan armonía y otras entran en conflicto. Tradicionalmente, esta teoría ha impulsado los estudios en psicología política, por lo que algunos autores la consideran una de las piedras angulares de la disciplina.

De hecho, el número de citas recibidas en la bibliografía psicológica supera la cifra de 2.000 (Meloen, 1993).

Históricamente, el desarrollo teórico del concepto de personalidad autoritaria condujo a la construcción de dos instrumentos para su medición: las escalas E y F (Adorno et al., 1950), ambas orientadas a medir las tendencias antidemocráticas individuales. Su núcleo de partida fue el estudio del antisemitismo, realizado con anterioridad y, sobre todo, durante la segunda guerra mundial, para comenzar a analizar posteriormente otro tipo de ideología, el etnocentrismo.

La primera de las medidas desarrolladas, la escala E, estaba compuesta por tres subescalas (prejuicio hacia afroamericanos, prejuicio hacia otras minorías y patriotismo) y los autores pretendieron trasladar el análisis del prejuicio hacia un único grupo, los judíos, al estudio de la hostilidad hacia los extraños en general. Posteriormente, el grupo de Adorno se planteó la necesidad de desarrollar otro instrumento, pero sin hacer alusión a ninguna categoría social y, de esta manera, evaluar el prejuicio sin que las personas evaluadas fuesen capaces de detectar este fin. De esta forma se elaboró la segunda de las escalas, la escala F, dirigida a evaluar las tendencias antidemocráticas implícitas o de propensión hacia el fascismo, que, según estos autores, se desarrollaban en las personas cuando sus padres son distantes y excesivamente disciplinados, y en el proceso de socialización han sido incapaces de expresar y sentir cariño por sus hijos.

Esta segunda escala estaba compuesta por nueve subescalas, que forman lo que Adorno et al. denominaron síndrome autoritario o estructura existente en la persona que la hace vulnerable a la propaganda antidemocrática y la lleva a mostrar un conformismo excesivamente rígido, sumisión a los que considera superiores y desprecio hacia los que considera inferiores y, finalmente, una elevada intolerancia hacia otras actitudes religiosas y sexuales.

Sin embargo, la investigación realizada por el grupo de Adorno en la universidad de Berkeley con el fin de demostrar la existencia del síndrome autoritario y para sustentar empíricamente la teoría de la personalidad autoritaria sufrió numerosas críticas metodológicas y conceptuales. Quizá, la crítica más contundente fue la realizada en torno a la equiparación realizada por los autores de la personalidad autoritaria entre autoritarismo e ideología de extrema derecha. Otros muchos autores argumentaron que la intolerancia no se presenta solo en personalidades fascistas, ya que se encuentra igualmente en individuos con otras ideologías, en lo que se denominó autoritarismo de izquierdas.

Escala RWA

Tras estas críticas y durante varios años no se produjeron nuevos desarrollos desde esta perspectiva. En 1981, Altemeyer retomó su estudio y creó una nueva escala a partir de una concepción más concreta de autoritarismo ya que se entendía este como un fenómeno endogrupal (Pratto, Sidanius, Stallw orth y Malle, 1994; Altemeyer, 1998; Whitley, 1999). Altemeyer modificó algunos de los planteamientos desarrollados por Adorno: en primer lugar, rechazó la posición psicoanalítica original y no concibió que el autoritarismo fuera una consecuencia de las fuerzas inconscientes o las primeras experiencias de la infancia. Desde su perspectiva, Altemeyer resaltó que el aprendizaje social sería la causa que generaría la emergencia posterior del autoritarismo (Sabucedo, 1996).

De esta forma, el autoritarismo debe entenderse como sumisión a las normas endogrupales, a la autoridad y rechazo de todo aquello que se aparte del orden establecido.

Asimismo, Altemeyer desarrolló una escala orientada a medir el autoritarismo de derechas, la Escala RWA (Right-Wing Authoritarianism), y de esta forma elimina una de las críticas conceptuales más contundentes a la elaboración de Adorno et al. (1950), a saber, la posibilidad de que exista un síndrome autoritario en personas con una ideología política de izquierdas.

Según Altemeyer (1996), la Escala RWA evalúa tres tipos de actitudes:

  1. Sumisión autoritaria: predisposición de los individuos o grupos a juzgar como legítimo el poder de la autoridad en una sociedad.
  2. Agresión autoritaria: creencia en que aquellos individuos o grupos que se desvían del orden establecido deben ser sancionados por las autoridades.
  3. Convencionalismo: predisposición a apoyar convenciones y normas sociales aprobadas por las autoridades.

Procesos duales e ideología política

Tradicionalmente, la teoría de la personalidad autoritaria ha considerado que existen dos factores principales, subyacentes a los tipos de actitudes que evalúa la escala: sumisión y dominancia autoritaria, y que serán dos caras del mismo concepto de autoritarismo; la sumisión autoritaria se conceptualiza como un fenómeno endogrupal mientras que la dominancia autoritaria explicará el comportamiento del individuo desde el nivel intergrupal. Recientemente se ha manifestado mayor interés por el estudio de la dominancia autoritaria. De esta forma, autores como Sidanius, Pratto, Van Laar y Levin (2004) conceptualizaron el autoritarismo, no solo como la aceptación de las normas endogrupales, la sumisión a la autoridad y el rechazo de todo lo que se desvía del orden establecido, sino que amplían el concepto. Consideraban que el rechazo a miembros de otros grupos se debía a una predisposición etnocéntrica generalizada, es decir, las personas que manifestaban prejuicio hacia un grupo (ej. los gitanos) lo extenderían hacia otros grupos (ej. inmigrantes u homosexuales). Desde esta nueva conceptualización se han podido explicar más adecuadamente las relaciones entre el autoritarismo -medido a través de la Escala RWA (Altemeyer, 1981)- con conservadurismo cultural y económico, la preferencia por partidos de derechas y la orientación religiosa (Peterson, Doty y Winter, 1993; Altemeyer, 1996; Duriez y Van Hiel, 2002).

El interés por el factor de dominancia autoritaria ha llevado al empleo de la Escala de Orientación a la Dominancia Social (Social Dominance Orientation, SDO) para su evaluación.

Inicialmente, esta escala fue desarrollada por Pratto et al. (1994) dentro del marco más amplio de la teoría de la dominancia social.

Muy resumidamente, esta teoría propone que todas las sociedades humanas se estructuran en sistemas basados en jerarquías, en las cuales un grupo, que se erige como hegemónico, se caracteriza por tener un valor mucho más positivo que el resto, poseer mayor poder político, ejercer más influencia y gozar de un estatus social más elevado y de un acceso más fácil a los recursos importantes, como vivienda, educación, salud y otros (Sidanius y Pratto, 1999, 2004).

Se propone la orientación a la dominancia social como la predisposición individual hacia las relaciones intergrupales jerárquicas y no igualitarias (Sidanius y Pratto, 1999) y se define como el deseo de una persona de mantener la jerarquía social basada en grupos y, por extensión, la subordinación de los grupos inferiores a los grupos superiores. Esta orientación a la dominancia tiene su origen en la aceptación de una serie de creencias míticas (valores, actitudes, estereotipos, atribuciones e ideologías) que promueven la igualdad o desigualdad social.

La investigación ha mostrado una fuerte relación entre la orientación a la dominancia social y distintos mitos. El deseo de muchas personas de mantener la jerarquía existente se relaciona positivamente con el rechazo a las políticas de bienestar social, el apoyo a los programas militares y el apoyo a políticas punitivas, como la pena de muerte. La SDO también se relaciona con creencias conservadoras, como el prejuicio étnico, el sexismo, el conservadurismo político y económico, y la preferencia por partidos políticos de derechas (Pratto et al., 1994; Sidanius, Pratto y Bobo, 1996). Esta relación entre la dominancia social y los mitos legitimadores que apareció en Estados Unidos está apoyada y confirmada en un estudio transcultural realizado en otros cuatro países: China, Canadá, Israel y Taiwán. Los resultados muestran que la SDO se relaciona positivamente con el sexismo en los cuatro países analizados. En otras palabras, la SDO muestra relaciones positivas con actitudes que apoyan la hegemonía de los grupos dominantes, en este caso, el de los hombres (Pratto, Liu, Levin, Sidanius, Shih, Bachrach y Hegarty, 2000).

En nuestro país, la Escala de Orientación a la Dominancia Social ha sido adaptada al español por Silván-Ferrero y Bustillos (2007).

Uno de los elementos centrales de la teoría es la asimetría comportamental. Esta hace alusión a las diferencias en los comportamientos de las personas pertenecientes a distintos grupos del sistema jerárquico, comportamientos que van a reforzar este sistema mediante ideologías, estereotipos y patrones de socialización.

Es clave en la asimetría comportamental el hecho de que las personas de grupos desfavorecidos contribuyen a su propia subordinación.

Dos puntos merecen destacarse en este sentido. El primero consiste en el hecho de que el valor de dominancia social es más evidente e intenso en las actitudes y preferencias de los miembros del grupo dominante que en las de los miembros de grupos subordinados. El segundo, en el hecho de que estos últimos suelen asumir su estatus dentro del sistema jerárquico.

El dato, repetidamente obtenido, en virtud del cual los hombres, como grupo, obtienen mayores puntuaciones en SDO que las mujeres es una prueba de la validez del primer punto. Esta invariancia de género aparece en los estudios iniciales desarrollados en Estados Unidos (Sidanius y Pratto, 2004), reaparece en las muestras de los estudios transculturales (Pratto et al. 2000) y también en nuestro país. Su consecuencia es una mayor estabilidad del sistema social. A favor de la corrección del segundo punto está el resultado obtenido, entre otros autores, por Overbeck, Jost, Mosso y Flizik (2004), según el cual los miembros de grupos desfavorecidos con altas puntuaciones en SDO adoptan estilos de justificación de su desigualdad en lugar de enfrentarse al statu quo.

Un trabajo de Sidanius, Feshbach, Levin y Pratto (1997) ofrece otra confirmación de esta asimetría comportamental. Los participantes, estudiantes universitarios del sur de California de distinta etnia -ya que había blancos, asiátieos, latinos y afroamericanos-, debían contestar a cuatro escalas, dos de ellas sobre relaciones intergrupales (SDO y racismo clásico) y las otras dos relacionadas con el apego al propio país (nacionalismo y patriotismo). Por nacionalismo entendían estos autores el deseo de que la propia nación dominara a las demás y por patriotismo la devoción o amor por el propio estado y sus símbolos.

En todos los subgrupos étnicos se encontró una relación positiva del nacionalismo con SDO y racismo clásico. Sin embargo, en el caso del patriotismo la única relación positiva con SDO y racismo clásico era la del subgrupo de estudiantes blancos. En los otros subgrupos (asiáticos, latinos y afroamericanos), esa relación era inexistente o negativa.

El efecto de asimetría comportamental aparece con claridad en los estudiantes latinos. Entre estos estudiantes, los de mayor nacionalismo muestran mayor orientación a la dominancia social y, lo que es más importante, mayor rechazo a otros inmigrantes (ej. a inmigrantes mexicanos sin papeles), en consonancia con lo ya apuntado en párrafos anteriores, es decir, los miembros de grupos desfavorecidos con altas puntuaciones en SDO adoptan estilos de justificación del statu quo; entre ellos, el rechazo a otros inmigrantes latinos en mayor medida que los miembros del grupo dominante, lo que tendrá el efecto de justificar la discriminación que sufren por parte de su propio sistema jerárquico. La orientación a la dominancia social, a pesar de ser una medida de diferencias individuales, parece que también es sensible a variaciones situacionales. La investigación desarrollada por Henry, Sidanius, Levin y Pratto (2005) muestra que la relación entre dominancia social y el apoyo a la violencia contra el otro grupo depende de la dinámica del conflicto y del estatus que tienen los perpetradores de la violencia. Estos autores encontraron patrones opuestos en una muestra estadounidense y otra libanesa en el apoyo a acciones violentas hacia otros grupos: los estadounidenses altos en SDO muestran mayor apoyo a las acciones violentas contra Oriente Medio en respuesta a los ataques terroristas en Occidente; en cambio, los libaneses bajos en SDO están más de acuerdo en responder con acciones terroristas ante la situación en la cual se encuentran algunos países árabes.

Por lo que respecta a la diferenciación ya señalada entre sumisión y dominancia autoritaria, Van Hiel, Pandelaere y Duriez (2004) señalan claramente que las escalas RWA y SDO son medidas diferentes de prejuicio disposicional. Mientras que la escala RWA se constituye como una medida de autoritarismo endogrupal, la SDO se relaciona más bien con la vertiente intergrupal del fenómeno. Para estos autores, ambas medidas reflejan ideologías políticas de derechas, como resultado de la socialización política, por una parte, y del contexto político en que se encuentran las personas, por la otra (sobre todo en aquellos países en los cuales en la definición del sistema político desempeña un papel importante la dimensión izquierda-derecha, como señala Duckitt, 2001).

Desde esta línea argumental, la base de la RWA son sentimientos de miedo y amenaza que generan búsqueda de autoprotección, lo cual crea en el individuo una motivación hacia el control social y la seguridad de cara a reducir este malestar. De esta forma, se considerará a los miembros de otros grupos potencialmente peligrosos y, cuando menos, amenazantes para la estabilidad, la seguridad y el orden del propio grupo y del sistema social. Por este motivo surge una categorización del mundo social entre gente buena-decente (nosotros) y gente mala-perjudicial y desviada (los otros).

Por lo que se refiere a la SDO, la base de esta es una visión de un mundo competitivo, acompañada por la creencia en una competición amoral por el poder y por los recursos en el marco de un contexto social del cual se piensa que quienes se ajustan al orden alcanzan el éxito y solo fracasan los inadaptados.

Esto genera motivos de autoensalzamiento, poder, superioridad y dominancia y rechazo de los exogrupos considerados inferiores y débiles, con la categorización complementaria del mundo social en personas fuertes, competentes y dominantes (nosotros) e inferiores, débiles, incompetentes y personas sin valor (ellos).

La propuesta de Van Hiel et al. (2004), relativa a los tipos de autoritarismo y las consecuencias de esta ideología en las relaciones intergrupales.

La investigación ha mostrado claramente que tanto SDO como RWA son potentes predictores de las actitudes y conductas intergrupales y sociopolíticas, entre las cuales cabe citar el prejuicio y la orientación política (Pratto et a l, 1994; Sidanius y Pratto, 1999). Como se ha apuntado anteriormente, estas dos escalas miden distintas dimensiones de autoritarismo y predicen actitudes y conductas asociadas con una orientación política de derechas.