Comportamiento social en el entorno del deporte y del ejercicio

Relaciones interpersonales y práctica deportiva

En el ámbito deportivo se desarrollan numerosas relaciones interpersonales que condicio­nan el rendimiento, como la relación entre el entrenador y el deportista, la relación entre la familia y el deportista o las relaciones entre deportista y deportista.

Entre ellas, la relación entre el entrenador y el deportista ha recibido gran atención en la psicología social del deporte y se ha estudiado desde tres perspectivas diferentes (Serpa, 1999):

  1. La aproximación socio-emocional se centra en el componente emocional derivado de la interacción entre el entrenador y el atleta y en las consecuencias positivas y negativas que esta produce sobre el comportamiento del deportista. Los estudios realizados sobre satisfacción, abandono, autoestima, autoeficacia, etc. se sitúan dentro de esta orientación. Algunos psicólogos franceses, como Lévéque (1992), han desarrollado esta perspectiva, principalmente desde una orientación analítica.
  2. La aproximación organizacional entiende los deportes colectivos como organizaciones y estudia la relación entre el entrenador y el atleta desde la perspectiva líder-miembro del equipo. El modelo multidimensional de liderazgo en el deporte de Chelladurai (1978) es un buen ejemplo de esta aproximación. Según este autor, la efectividad del liderazgo depende de características asociadas con la situación, con el líder y con los miembros del equipo que interaccionan para producir tres tipos de conducta: la requerida, la preferida y la real. El rendimiento y la satisfacción del grupo en cuanto a la ejecución serán altos cuando estos tres tipos de conducta sean congruentes entre sí.
  3. La aproximación comportamental analiza comportamientos concretos durante el entrenamiento o la competición y utiliza como métodos principales la observación, los cuestionarios y las entrevistas con los atletas. Dentro de esta orientación cabe destacar el modelo mediacional de Smoll y Smith (1989). Según estos autores, la efectividad del liderazgo se encuentra mediada por la interpretación que hacen los atletas del comportamiento del entrenador ya que sobre la base de esa interpretación desarrollan una evaluación afectiva acerca de tal comportamiento.

Respecto a la relación entre los padres y el deportista, la influencia de la familia sobre la participación y el éxito en el deporte de los jóvenes deportistas es notable, principalmente durante la infancia y la adolescencia. Los procesos evaluativos de los padres, el sistema de recompensas que promueven y las expectativas que desarrollan sobre el rendimiento de sus hijos desempeñan un papel fundamental en la motivación de los niños hacia el deporte.

Algunos estudios han demostrado que la implicación de los padres en las actividades deportivas de sus hijos condiciona su nivel de disfrute y participación (Babkesy Weiss, 1999).

No obstante, otros estudios demuestran que estos efectos se deben más bien a la evaluación subjetiva que los jóvenes deportistas hacen de la implicación de sus progenitores (Kanters, Bocarro y Casper, 2008). Por ejemplo, los hijos podrían percibir que la alta participación de los padres en sus actividades deportivas es un apoyo adecuado o que, por el contrario, es una presión excesiva. En definitiva, la interpretación que realice el niño determinará los efectos de la implicación familiar en la experiencia deportiva de sus hijos.

Finalmente, debe considerarse la relación entre deportista y deportista. La investigación acerca de la relación entre los deportistas es limitada. Las relaciones entre pares durante la infancia y la adolescencia son un componente clave de la experiencia deportiva. De las investigaciones que han evaluado la importancia de los motivos de participación en el deporte se desprende que la aceptación social y la afiliación se encuentran entre los factores clave para iniciarse en el deporte (Weiss y FerrerCaja, 2002). También se ha encontrado una fuerte relación entre la competencia física real y percibida de los niños deportistas y la aceptación por parte de sus compañeros de equipo (Weiss y Duncan, 1992). También se ha demostrado que los adolescentes que creen ser evaluados como competentes por sus pares muestran un mayor afecto positivo relacionado con el rendimiento deportivo (Duncan, 1993).

Aparte de las relaciones interpersonales que el deportista mantiene con su entrenador, sus padres y sus compañeros de equipo, en el ámbito deportivo se producen también otro tipo de relaciones en el plano intergrupal, que se consideran en el siguiente apartado.

Relaciones intergrupales y práctica deportiva

En una de las clasificaciones más sencillas e intuitivas para diferenciar tipos de deportes se distingue entre deportes individuales y deportes colectivos. En los deportes individuales, como la gimnasia, el atletismo o la natación, el rendimiento que alcanza el deportista y el resultado que logra en la competición dependen, exclusivamente, de su propia actuación frente a la del resto de los competidores. En cambio, en los deportes colectivos, como el fútbol, el baloncesto o el hockey, los combatientes son dos equipos enfrentados de forma que el rendimiento de cada participante depende de las actuaciones conjuntas de todos los miembros de su equipo y el éxito en la competición depende del rendimiento alcanzado por el equipo, como resultado de esta combinación de actuaciones. Aunque esta clasificación puede parecer obvia a primera vista, debe tenerse en cuenta que muchos de los deportes individuales incluyen también modalidades en equipo, como los relevos en atletismo o en natación o las contrarreloj por equipos en ciclismo. Así, los grupos están presentes en los deportes colectivos, pero también, aunque con diferentes características, en los deportes individuales.

Los equipos deportivos compiten y se relacionan con otros, y generan relaciones intercategoriales de enorme interés para comprender la dinámica deportiva. Según la teoría de la identidad social, una parte del autoconcepto de un individuo estaría conformada por su identidad social, es decir, por «el conocimiento que posee un individuo de que pertenece a determinados grupos sociales junto a la significación emocional y de valor que tiene para él/ella dicha pertenencia» (Tajfel, 1981).

Por tanto, los grupos a los cuales se pertenece son un elemento clave para la identidad de cada persona. Además, se necesita que esa identidad social sea positiva, lo que se obtiene, en parte, de las comparaciones sociales positivas que se establecen entre nuestro grupo y otros grupos en dimensiones relevantes. En el ámbito deportivo, la eficacia o el éxito promueve la identidad positiva en los equipos vencedores. Sin embargo, los equipos no ganadores también pueden mantener un autoconcepto positivo si emplean dimensiones alternativas de comparación, como el juego limpio o la humildad. Lalonde (1992) examinó los procesos de comparación social que efectuaban a lo largo de ocho partidos los jugadores de un equipo de hockey situado en la cola de la clasificación general de la liga.

Los jugadores evaluaron mejor a los equipos rivales en las dimensiones críticas para el éxito, pero los puntuaron peor en juego limpio. De esta manera, lograban diferenciarse positivamente de los demás equipos y mantener un buen concepto de su grupo.

En ocasiones, la diferenciación positiva respecto a otros grupos puede conducir a la discriminación, sobre todo cuando los miembros de esos grupos están negativamente estereotipados. En el ámbito deportivo pueden encontrarse grupos discriminados por razón de género o raza principalmente. Los medios de comunicación tienen una enorme responsabilidad en la transmisión y perpetuación de los estereotipos negativos acerca de estos grupos que tratan de justificar el trato desigual que se les dispensa. La información deportiva que llega al público general se centra, casi exclusivamente, en el deporte espectáculo masculino, que congrega importantes intereses económicos y políticos. Otra forma de discriminación consiste en coartar el acceso de estas minorías a los órganos directivos de instituciones deportivas, tal y como ocurre en otros ámbitos laborales. Según estadísticas del Instituto de la Mujer, el porcentaje de participación de mujeres en las juntas directivas de las federaciones deportivas únicamente alcanza el 10%. En Estados Unidos, los atletas de raza negra tienen una participación elevada en deportes mayoritarios, como el baloncesto, el fútbol americano o el béisbol. Sin embargo, raramente ocupan posiciones ejecutivas o directivas (Kahn, 1991).

En una línea más positiva, las relaciones grupales que se establecen en el deporte también pueden ser un medio de integración social e intercultural. El deporte comparte un lenguaje común y exige a los jugadores asumir una igualdad de base para llevar a cabo la actividad físico-deportiva. Así, la Comisión Europea (2000) asigna al deporte una función social: «el deporte es una actividad humana basada en unos valores sociales educativos y culturales esenciales. Es factor de inserción, de participación en la vida social, de tolerancia, de aceptación de las diferencias y de respeto de las normas».

Cooperación y competición

Otra cuestión central de las aplicaciones de la psicología social a la práctica deportiva surge al constatar que el deporte puede estimular el conflicto o promover la armonía intergrupal.

Esta cuestión se clarifica sustancialmente cuando se analizan los efectos de la cooperación y la competición en este ámbito. El estudio sobre este tema comenzó con Deutsch (1949), quien propuso una teoría con el fin de alcanzar una mejor comprensión de los procesos de conflicto y su resolución.

Posteriormente se desarrolló la teoría de juegos (Nash, 1953), que se aplicó al campo de la psicología mediante distintos paradigmas, como el dilema del prisionero. Este dilema permite explorar la preferencia por desarrollar las distintas conductas posibles de cooperación y competición entre dos jugadores con información nula acerca de la decisión del otro. Las investigaciones realizadas con este dilema muestran que dos personas quizá no cooperen incluso cuando comparten el mismo interés.

Sin embargo, en el ámbito deportivo existen pocos estudios sobre la cooperación. Entre ellos destaca la aportación de Orlick (1978), quien propuso la inclusión de juegos cooperativos en el aprendizaje de habilidades deportivas por parte de los niños. Estos juegos cooperativos tendrían importantes beneficios psicológicos y psicosociales, especialmente para niños extremadamente tímidos e inseguros, con falta de confianza en sí mismos o con déficit de habilidades sociales.

La cooperación y la competición interactúan en el terreno deportivo a diferentes niveles: en el plano intragrupal predomina normalmente la cooperación mientras que en el intergrupal hay una preponderancia de la competición. Por lo general, los equipos deportivos tienen objetivos negativamente interdependientes en el sentido de que el éxito de un equipo depende de la derrota del otro. Los jugadores de un equipo deben cooperar entre sí para alcanzar un buen desempeño y competir con otros equipos para lograr el éxito.

La competición puede tener efectos negativos sobre la motivación intrínseca en aquellos casos en que la consigna del equipo sea ganar cueste lo que cueste. Vallerand, Gauvin y Halliwell (1986) realizaron una investigación con 33 niños con una edad entre 10 y 12 años con el fin de investigar el efecto de la competición sobre la motivación intrínseca. Los participantes fueron asignados bien a una condición de competición, bien a una condición de orientación hacia la maestría. Los participantes debían mantenerse de pie en equilibrio sobre una plataforma que rotaba alrededor de un eje central. Los participantes en la condición de competición recibieron la orden de competir contra otros participantes mientras que los participantes en la condición de orientación hacia la maestría fueron animados a realizar la tarea lo mejor posible. La motivación intrínseca se midió durante el período de tiempo (era voluntario) que los participantes pasaron sobre el estabilómetro. Los participantes en la condición de competición pasaron menos tiempo sobre el estabilómetro que los participantes en la condición de orientación hacia la maestría. Además, al parecer, se divertieron menos y mostraron menos interés por la tarea.

De acuerdo con estos resultados, los investigadores concluyeron que los participantes en la condición de competición estuvieron menos motivados intrínsecamente que los participantes en la condición de orientación hacia la maestría.

Además de los efectos negativos sobre la motivación intrínseca, en ocasiones, la competición intergrupal puede traspasar el límite de lo tolerable y desembocar en comportamientos agresivos. En el próximo apartado se analiza la agresión que se genera entre deportistas y se deja la violencia de los espectadores para el último punto del capítulo.

Agresión entre jugadores en el deporte

En la actualidad, la cultura deportiva promueve valores de juego limpio. Sin embargo, continúa generándose violencia entre jugadores. Desde la psicología social se pueden ofrecer diversas explicaciones a este fenómeno de gran relevancia social. No obstante, antes de proseguir, conviene diferenciar la violencia de un término íntimamente relacionado con este, la agresión.

La violencia es una expresión extrema de agresión física (Arias, 2009). Por tanto, puede considerarse una subcategoría de la agresión.

En función de las metas que persigue la agresión, pueden distinguirse dos tipos: la agresión afectiva u hostil y la agresión instrumental. La agresión hostil tiene como fin infligir daño, está impulsada por la ira y está precedida, normalmente, de una instigación previa. Por ejemplo, cuando un jugador da un codazo a un rival que no está en posesión del balón, el objetivo de la agresión es hacer daño.

En cambio, la agresión instrumental tiene como meta el logro de un objetivo diferente al daño en sí mismo y suele implicar un cálculo de las consecuencias que puede provocar la agresión. Por ejemplo, el juego sucio puede ser utilizado para ganar un partido o para frenar al otro equipo.

Las causas de la violencia en general han sido tratadas por distintas aproximaciones teóricas procedentes de disciplinas como la psicología, la sociología o la antropología. Dentro de la propia psicología pueden señalarse dos grandes bloques de teorías explicativas de la violencia que también son aplicables al campo deportivo: las teorías psicobiológicas y las teorías psicosociales. Entre estas últimas se encuentra la hipótesis de la frustración-agresión de Dollard, Doob, Miller, Mowrer y Sears (1939), según la cual la frustración es el antecedente directo de la agresión, de modo que cualquier estímulo que impida la consecución de un objetivo generará frustración y, en consecuencia, agresión. Berkowitz (1969) revisa la teoría original y propone una relación indirecta entre frustración y agresión. La frustración motivada por no alcanzar un objetivo no desencadenaría automáticamente una agresión hacia el jugador o jugadores contrarios, sino que la agresión dependería de la interpretación que hicieran los deportistas de la situación.

Otra explicación a la violencia proviene de la teoría del aprendizaje social de Bandura, que propone dos mecanismos básicos de aprendizaje social: el modelado y el reforzamiento. Bandura, Ross y Ross (1963) realizaron un experimento para demostrar la relación entre agresión y aprendizaje social. En este estudio encontraron que los niños que habían visto a un adulto golpeando a un muñeco hinchable fueron más agresivos que los niños que habían visto a un adulto tratando al muñeco de manera no agresiva. Según esta teoría, los niños aprenden conductas agresivas tras la observación de un modelo y posteriormente reproducen esas mismas conductas por imitación. La cantidad de refuerzo que recibe el modelo incrementa el aprendizaje y la imitación. Por todo ello, cuando las conductas agresivas en el deporte no solo no son sancionadas, sino que son repetidamente difundidas en los medios de comunicación, aumenta la posibilidad de que los observadores las reproduzcan.

Además de estas explicaciones, la posibilidad de que un deportista agreda a otro en el terreno de juego depende de su razonamiento moral (Gómez, 2007). El razonamiento moral es el proceso de pensamiento que establece si una acción está bien o mal. Está relacionado con la creencia en determinados valores sociales y con el respeto a las reglas. Según una idea extendida en nuestra sociedad, la práctica deportiva promueve un ideal de conducta ética o fair play que se transfiere a otros ámbitos no deportivos. Sin embargo, algunos estudios indican menor desarrollo moral en deportistas en comparación con personas no deportistas. En un estudio de Cecchini, González y Montero (2008) se demostró que los participantes experimentados en deportes de contacto presentaban menores niveles de razonamiento moral que los participantes no deportistas si bien este efecto se encontraba mediado por una orientación hacia el ego. Por tanto, los deportistas mostraban menor razonamiento moral si se encontraban orientados hacia el ego, es decir, si medían su competencia y éxito sobre la base de criterios externos como superar a otros deportistas. Los autores concluyen que una larga trayectoria en deportes de contacto medio o alto puede estimular una orientación hacia el ego que desembocará en mayor número de conductas agresivas y en una disminución del fair play.

Junto a estas razones de índole psicosocial existen otros muchos factores que contribuyen a la violencia en el deporte. Por ello, parece necesario incorporar estrategias de prevención de la violencia que incidan sobre los distintos factores de riesgo. De esta forma, las aplicaciones de la psicología social pueden promocionar valores sociales opuestos a la violencia y modelos positivos. No obstante, la eficacia de estas intervenciones precisa medidas disciplinarias y reglamentos deportivos más estrictos con la violencia.