1.4. Caracterización de la modificación de conducta en relación con otras terapias

La modificación de conducta se puede caracterizar como una terapia breve, directiva, activa, centrada en el problema, orientada al presente, que supone una relación colaborada y en la que el cliente puede ser un individuo, una pareja, una familia, un grupo o una comunidad. Ahora bien, estas características son dimensionales de modo que su posición en ellas es más gradual que discreta y, en todo caso, relativa con respecto a las otras terapias.

Breve-Larga. En general, se consideran terapias breves las que llevan menos de treinta sesiones, siendo en torno a quince el punto de referencia. Las terapias de larga duración remiten a más de cien sesiones, contándose a veces por centenares y años. Esta referencia de larga duración viene dada por la terapia psicoanalítica. Son terapias breves, además de la MC, la terapia estratégica, la terapia existencial y la terapia experiencial.

Sin embargo, se ha de matizar ahora que hay ciertas terapias dentro de la propia MC que pueden resultar de larga duración, como la terapia cognitiva de los trastornos de personalidad, la psicoterapia analítica funcional y la terapia de conducta dialéctica.

En cuanto a la duración y frecuencia de las sesiones de la MC, se puede decir lo siguiente. La sesión suele durar entre una y dos horas. Las primeras quizás son más largas, para después estabilizarse en torno a una hora. Nada quita, sin embargo, para que las sesiones puedan se aun más largas o más cortas. La frecuencia suele ser de una vez por semana, si bien al comienzo pudieran ser dos o posteriormente hacerse más espaciadas. En general, la terapia tiene un curso abierto dentro de su horizonte, en el sentido de que no se sabe exactamente cuánto puede durar y cómo va a fluir la ayuda prestada. Así mismo, dentro de cada sesión, el terapeuta puede seguir una agenda o proceder según un orden abierto. Sin embargo, hay programas terapéuticos que tienen prácticamente estandarizada la aplicación en cuanto al número, duración y pauta de las sesiones como, por ejemplo, la terapia sexual o la terapia cognitiva de la depresión. En todo caso, conviene que el terapeuta y el cliente establezcan los objetivos de la terapia por anticipado, sin perjuicio de su renegociación.

Directiva-Permisiva. En general, son terapias directivas aquéllas en las que el terapeuta adopta un papel activo en la dirección de la terapia. El modelo de terapia permisiva lo daría precisamente la terapia no directiva de Rogers.

Un papel directivo toma la forma de la interpretación del “material” presentado por el cliente. La interpretación es la técnica analítica por excelencia, si bien el psicoanálisis se vale igualmente de otras actividades terapéuticas como la aclaración y la confrontación. Otra pauta directiva se identifica en un cierto papel educativo consistente en dotar al cliente con una nueva explicación y terminología. Aquí, el terapeuta puede proceder de un modo explicito o implícito pero, en todo caso, las distintas terapias terminan por adoctrinar según su propia sofistificación psicológica. Finalmente, otro papel directivo tiene la forma de una intervención práctica de varias maneras, tales como “observador participante”, como “director-teatral” y como “entrenador” en el aprendizaje de repertorios conductuales más adecuados.

Activa-Pasiva. Esta dimensión está correlacionada con la anterior, puesto que una terapia directiva parece suponer una implicación activa del cliente, mientras que una permisiva sugiere más bien un sujeto pasivo. Sin embargo, hay terapias en las que el terapeuta puede ser activo y el cliente pasivo. En general, las terapias que confían el cambio al insight, al “reencuadre” del sistema comunicacional o a la información, están contando con un sujeto pasivo, por más que invoquen la actividad de procesos mentales.

Orientada al problema-Orientada a la personalidad. En general, las terapias orientadas al problema toman como objetivo resolver el problema presentado, sin suponer que fueran necesarios otros cambios “estructurales”.

En principio, la MC junto con buena parte de la terapia estratégica, serían ejemplos de este tipo. Por su lado, las terapias orientadas a la personalidad, no consideran resuelto el problema si no se dan otros cambios que consideran más básicos como puedan ser el autoconocimiento psicoanalítico, el crecimiento personal, la toma de responsabilidad o la reestructuración cognitiva. Habría que reconocer en las terapias de reestructuración cognitiva una orientación a “problemas generalizados” más que a “problemas circunscritos”, según la distinción de Brewin, lo que también se podría decir de la terapia contextual y de la terapia de conducta dialéctica. Por su parte, la terapia estratégica tiene también su orientación al cambio estructural, en este caso, de la familia. Así que, si bien los enfoques dinámicos tienen una clara orientación a la personalidad, la MC y la terapia estratégica serian ejemplos mixtos, aunque quizás más orientados al problema.

Presente-Pasado. La terapia psicoanalítica como en general todas las psicoterapias de inspiración psicoanalítica siguen el hilo de los “síntomas” presentados aquí-ahora hasta dar con el ovillo situado allí-entonces, cuyo descubrimiento desenredaría el problema actual. Por su parte, la terapia gestáltica seria un ejemplo de concentración en el presente, así como en general las experienciales. La terapia estratégica sitúa también su intervención en el presente. La MC está igualmente orientada al presente, si bien su lógica con base en el aprendizaje supone más un cambio diacrónico paso a paso.

Relación colaboradora-Relación autoritaria. Probablemente, todas las terapias se declaren a favor de una relación colaboradora. Sin embargo, esta colaboración en algunas terapias quizá se diluya en sus extremos, bien como relación autoritaria, bien como relación de igualdad. Aquí, se entiende por relación colaboradora la participación activa del cliente en una labor terapéutica dirigida por el clínico, como profesional experto en el que confía. El prototipo de relación colaboradora en este sentido se encuentra en la terapia cognitiva de Beck que, de alguna manera, viene a definir la relación requerida en la MC.

La relación autoritaria en un sentido impositivo se encuentra en la terapia psicoanalítica establecida por Freud. La terapia estratégica tiene también formas autoritarias como, por ejemplo, sus prescripciones, los “engaños benevolentes”, las paradojas contra la resistencia y los “trucos” para impresionar al cliente. Curiosamente, la terapia estratégica familiar en su matrimonio con el constructivismo, ofrece por el contrario el mayor ejemplo de relación de igualdad, en la que el terapeuta se hace el ignorante y se declara al cliente como experto.

Todas las unidades problemáticas-No todas. El cliente de una terapia psicológica puede ser un individuo, una pareja, una familia, un grupo o toda una comunidad, denominados aquí “unidades problemáticas”. Puede que también la terapia aborde el problema valiéndose de varias unidades. Las personas de estas unidades pueden ser internos de una institución o externos.

En general, todas las terapias se muestran aptas para entender y atender cualquier unidad problemática. Más en particular, probablemente, no haya terapia que no tenga una versión de aplicación individual, familiar y de grupo.

Las psicoterapias de la tradición psicoanalítica son individuales y por lo mismo lo son también las terapias experienciales y las cognitivas, aunque trabajen con varias personas a la vez. En cambio, la terapia estratégica toma como unidad la familia, en cuanto que sistema, y no en vano se denomina también terapia familiar o sistemática.