1.2. Introducción del esquema A-B-C

El esquema A-B-C es utilizado tanto por parte del enfoque cognitivo como del enfoque contextual.

El A-B-C del enfoque cognitivo de la terapia de conducta. El A-B-C del enfoque cognitivo presenta la siguiente caracterización del análisis psicológico, y por tanto, de la intervención clínica. A son los Acontecimientos de la vida que están relacionados con determinadas Consecuencias emocionales y conductuales que definen un problema o trastorno psicológico, aquí representado por C. La relación entre A y C está mediada por B, que son las creencias (beliefs), las imágenes y los pensamientos que se tiene sobre los acontecimientos y demás circunstancias de la vida (A). Si estas mediaciones cognitivas (B) tienen un signo negativo (irracional, catastrófico, autoderrotista), entonces traen probablemente consecuencias problemáticas como ansiedad, pánico, depresión y, en general, toda suerte de trastornos psicológicos (C).

El esquema A-B-C del enfoque cognitivo fue propuesto por Albert Ellis como modelo de la terapia racional-emotiva, actualmente redenominada terapia racional emotivo-conductual. Así mismo, es adoptado formalmente como modelo por la terapia cognitiva Beck en su extensión a trastornos psicóticos.

El análisis psicológico o evaluación conductual empieza por determinar el problema en términos conductuales y de las reacciones emocionales. El clínico trata de relacionar estos problemas con acontecimientos y circunstancias actuales y pasadas de la vida del cliente. Sin embargo, el principal interés, y la mayor dificultad, están en identificar las creencias y pensamientos derivados de estos posibles antecedentes, y en definitiva, resultantes en las consecuencias problemáticas en cuestión.

A este respecto, además de la entrevista, el clínico puede disponer de cuestionarios, escalas, y auto-registros que averiguan posibles relaciones entre situaciones, pensamientos, emociones y acciones. El contenido de esta mediación cognitiva depende de la modalidad cognitivo-conductual en uso. Así, por ejemplo, la terapia racional emotivo-conductual de Ellis se empeña en descubrir creencias irracionales, la terapia cognitiva de Beck se interesa en esquemas cognitivos y distorsiones en el procesamientos de información, el entrenamiento auto-instruccional de Meichembaun repara sobre todo en lo que uno se dice a sí mismo, y la terapia cognitivo-conductual del pánico de Clark pone el acento en la interpretación de sensaciones corporales.

El proceder supone una relación colaboradora entre el terapeuta y el cliente. El terapeuta propone al cliente una nueva concepción de su problema y le compromete a ponerla en práctica. En este sentido, se ha de advertir una labor de teorización convincente por parte del terapeuta, a menudo quizá en forma de discusión o debate entre ambos, y la correspondiente disposición de confianza por parte del cliente como para experimentar la vida a través del nuevo cristal cognitivo. De hecho, el esquema A-B-C empleado por la terapia racional emotivo-conductual incluye la D de Discusión y la E de Experimentación y también de Efectos de la discusión.

El A-B-C del enfoque contextual de la terapia de conducta. En este esquema, B es la conducta (Behavior), C son las Consecuencias producidas por tal conducta en calidad de reforzadores de la misma, y A son los Antecedentes en cuyas condiciones ocurre la conducta. Se ha de advertir que la conducta puede tener más de una consecuencia, es decir, que puede tener varios reforzadores que la mantienen. Técnicamente, se hablaría de programas de reforzamiento concurrentes, como suele ser el caso en las conductas de interés clínico. Por su lado, los antecedentes se especifican de varias maneras, según su función. En concreto, el análisis de la conducta distingue cuatro condiciones antecedentes principales:

  1. Situaciones definidas por su aspecto evocador de respuestas emocionales cuya función se denomina estimulo condicionado.
  2. Situaciones definidas por el control de estimulo cuya función se denomina estimulo discriminativo (Ed).
  3. Situaciones definidas por su papel en alterar las funciones discriminativas y reforzantes de los estímulos presentes, lo que se llama técnicamente operaciones de establecimiento.
  4. Situaciones definidas por el control del lenguaje sobre la conducta. La conducta puede ser tanto “conducta motora” (no verbal) como conducta verbal. En general, este control verbal, se identifica en términos de conducta gobernada por reglas, una distinción que es pareja de la conducta moldeada por contingencias.

La conceptualización de los problemas psicológicos se atiene al análisis funcional señalado. Este análisis funcional describe los problemas psicológicos en términos conductuales y especifica sus condiciones. De esta manera, los problemas tienen que ver con alguno de estos dos grandes aspectos de la función operatoria de la conducta: o bien los problemas consisten en las clases de conducta disponibles o bien consisten en su regulación inapropiada. Respecto a los problemas relativos a la clase de conductas disponibles, pueden tratarse de repertorios conductuales que resulten inadecuados para uno mismo, por deficientes o excesivos o que sean perturbadores para otros. Respecto a los problemas relativos a la regulación inapropiada de la conducta, puede tratarse de un control débil, demasiado fuerte o inadecuado por parte de las condiciones discriminativas, de las consecuencias o de las reglas.

La evaluación conductual es propiamente el análisis funcional de la conducta. Se lleva a cabo mediante la entrevista clínica dirigida a especificar relaciones funcionales, la observación directa, a través de auto-registros dispuestos a propósito, la exposición a presentación de situaciones, así como se vale también de escalas, cuestionarios y diarios. Se añadiría que la evaluación conductual del lenguaje dado en la relación terapéutica se ha de llevar en el propio proceso interactivo, donde el clínico es entonces un observador-participante. Por ello se hace imprescindible el manejo continuo de criterios funcionales.

En general se diferencian tres formas de intervención:

  1. Intervenciones con base en la exposición. Consiste en la exposición del sujeto ante ciertas situaciones evitadas o en la presentación de determinados estímulos, cuyas técnicas clásicas son la exposición prolongada y la desensibilización sistemática.
  2. Intervenciones con base en el manejo directo de contingencias. Consisten en la disposición de alguna condición discriminativa y reforzante.
  3. Intervenciones con base en el control verbal o manejo indirecto de contingencias. Consisten en el uso del lenguaje como principal instrumento terapéutico. En este sentido, se pondera el “manejo indirecto” que está implicado, sobre todo, cuando se trata de reglas que definen contingencias y/o instruyen acerca de cómo comportarse. Pero el lenguaje puede constituir él mismo un contexto en el que se da la conducta-problema, de manera que el propio lenguaje (como instrumento terapéutico) modifique entonces el lenguaje dado como contexto social verbal. En estas condiciones terapéuticas, como hace la psicoterapia analítica funcional, la conducta verbal tanto supone un “manejo indirecto” de contingencias, como está sometida al “manejo directo” de las contingencias que funcionan en la sesión de terapia.