Ante situaciones de riesgo, tensión o cambio, debidas tanto a factores ambientales como a factores sociales, se desencadenan una serie de conductas y emociones colectivas (Ovejero, 1997). Estas conductas colectivas se refieren a la emergencia de las conductas sociales extra–institucionales, que se manifiestan cuando hay situaciones nuevas o excepcionales ante las cuales las definiciones sociales de lo que hay que hacer son inexistentes o insuficientes (Lofland, 1981; Smelser, 1986; Rushing, 1995).

En muchas catástrofes y situaciones de riesgo se observan conductas colectivas adecuadas (como es el orden en la evacuación de una población en riesgo), lo cual va a permitir luchar contra la propagación del peligro, o de los rumores, y la organización racional de los recursos. Sin embargo, en otras circunstancias se observan conductas inadecuadas, como es el considerar que la situación es irreal o el éxodo desorganizado, que aumentan la desorganización social del grupo así como la exposición al peligro.

Estado de choque: realidad y estereotipo

La primera conducta colectiva ante las catástrofes, que analizaremos, es la reacción de conmoción–inhibición–estupor: en el curso de la cual se ve a los supervivientes emerger de los escombros, impactados por el choque emocional, sin iniciativas y cuya única movilidad es un lento éxodo que los aleja de los lugares de la catástrofe para hacerles ganar espacios amplios hacia la periferia o lugares alejados de la catástrofe. Ejemplos de ello son la destrucción de Pompeya, los terremotos de Lisboa o Méjico y los bombardeos de Hamburgo, Tokio, Hiroshima o Nagasaki en la 2a Guerra Mundial.

Los testigos describen esas lentas filas silenciosas de supervivientes sucediéndose los unos a los otros por los caminos improvisados de las ruinas. Estas reacciones duran unas horas según Crocq, Doutheau y Sailhan (1987). Este choque ha afectado entre el 15–25% de las víctimas de un desastre, aunque algunos autores lo elevan al 75% (Voutira, Benoist y Piquard, 2000). Sin embargo, la creencia de que la mayoría de la gente reacciona con un estado de choque y de insensibilidad al desastre es un mito popular más que un hecho, ya que se sabe que las alteraciones psicológicas fuertes que provocan problemas de adaptación en el momento mismo de la catástrofe son atípicas (Omer y Alon, 1994).

La popularidad de este mito del choque traumático la confirma el hecho que: el 49% de una muestra de personas con educación superior, estudiantes de un Master en Ayuda Humanitaria, pensaban que el choque afectaba muy frecuentemente a las personas implicadas por una catástrofe, y otro 21% pensaban que afectaba con cierta frecuencia –cuando la percepción correcta sería la de que afecta a una minoría–.

La realidad del miedo

El sentir intensamente miedo es un fenómeno frecuente en situaciones de catástrofes o de amenazas y no es una condición suficiente para que aparezcan conductas de pánico. En un estudio sobre la experiencia ante catástrofes en el País Vasco se encontró que cuatro afectados sobre diez, en el momento del suceso sintieron fuerte miedo, un tercio de ellos expresó su angustia con rabia, gritos y llantos. Los entrevistados evaluaron que alrededor de 6 personas sobre 10 vivenciaron miedo intenso. Además la mayoría, aproximadamente las tres cuartas partes de la muestra, no se sintieron preparados para sucesos como el que vivieron (Páez, Arroyo y Fernández, 1995).

Más aun, las investigaciones llevadas a cabo sobre personas afectadas por desastres sugieren que el pánico es de corta duración y que aún las personas que sienten miedo intenso pueden ser rápidamente inducidas a seguir las reglas de las autoridades y líderes locales (Turner y Killian, 1972). El valor adaptativo del miedo ha sido reconocido en diferentes contextos de manejo de situaciones amenazantes. Por ejemplo, entre los refugiados indígenas de Guatemala, sometidos a represiones masivas, se decía que muchos que se creían valientes se habían quedado a afrontar o intentar esquivar la represión militar y habían muerto (Martín Beristain, 1997).

El mito del pánico

Una reacción colectiva muy temida, pero que no es la más frecuente, es el pánico. El pánico se puede definir como un miedo colectivo intenso, sentido por todos los individuos de un grupo y que se traduce en reacciones primitivas de “fuga loca”, sin objetivo, desordenada, de violencia o de suicidio colectivo (Crocq y cols., 1987). El pánico se define a partir de los siguientes elementos: a) componente subjetivo de un intenso miedo, b) contagio emocional al compartirlo con otros, c) componente conductual asociado a huidas masivas, d) efectos negativos para la persona y la colectividad, ya que se trataría de huidas no adaptativas, egoístas o individualistas (“sálvese quien pueda”), que provocan tanto o más víctimas que la catástrofe misma (Schultz, 1964; Quarantelli, 1954).

Las condiciones de precariedad o amenaza asociadas al éxodo suponen, frecuentemente, nuevos peligros para la vida. Así, en el accidente químico de Bophal (India) el éxodo fue una causa de la mortalidad: una proporción notable de los 2.500 cadáveres que se recogieron sobre la ruta, no sólo habían sido intoxicados, sino que habían sido aplastados por los coches de gente que huía de la región (Fernández, Martín Beristain y Páez, 1999). Sin embargo, aún en los incidentes en que las personas se están enfrentando con la percepción de amenaza inminente, las conductas desadaptativas no son dominantes y son frecuentes los comportamientos cooperativos y coordinados (Johnson, 1987).
Para constatar la importancia del mito del pánico, se encuestó a una muestra constituida por 89 personas – de las cuales 47 procedían de un Master en Ayuda Humanitaria y 42 de un grupo de expertos en intervención– sobre la frecuencia de escenas de pánico durante catástrofes o desastres. Un 36% respondió que estos episodios se producían muy frecuentemente (entre el 50 y 75%) y un 33% de la gente contestó que con cierta frecuencia (entre el 11 y el 49%), cuando la respuesta correcta sería que ocurre poco (menos de 10%).

Por tanto, el pánico de masas es poco frecuente y se produce cuando convergen cuatro elementos:

  1. estar atrapados parcialmente o percepción de que hay una o pocas vías de escape;

  2. amenaza, percibida o real, inminente que hace del escape la única conducta posible;

  3. bloqueo total o parcial de la supuesta ruta de escape;

  4. fracaso de comunicar a las zonas de atrás de la masa o a las personas alejadas de la vía de escape que ésta está bloqueada, por lo que siguen presionando para intentar huir por una vía inexistente (Janis, 1982; Turner y Killian, 1972).

Una investigación sobre la experiencia en catástrofes en nuestro contexto confirmó que era más probable que la huida se asociará al haberse encontrado atrapado, a la sensación de peligro y al miedo (Fernández, Martín Beristain y Páez, 1999).

El mito del saqueo

Otro mito frecuente hace referencia a las conductas antisociales, entre ellas el saqueo, dado que se teme que las catástrofes y desastres favorezcan conductas descontroladas de agresión y robos, lo que es muy poco usual.

Evidentemente esto depende del contexto social previo. Cuando estos ocurren, como en el caso de disturbios étnicos, son generalmente el resultado de tensiones raciales y sociales previas, más que un producto del desastre (Omer y Alon, 1994). Una ilustración de esta creencia, así como de la tendencia a percibir a los exogrupos de manera menos favorable que al endogrupo, se manifestó cuando se preguntó a estudiantes del Master de Ayuda Humanitaria sobre la frecuencia de escenas de saqueos: alrededor del 53% de estas personas creían que los saqueos se producían entre la mitad de la población de su país y el 85% en el Tercer Mundo, mientras un porcentaje similar creían que los saqueos ocurrían “sólo” entre el 11% y el 52% de las veces en su país (España). Si bien en ambos casos se sobrestimaba la frecuencia de los saqueos, la sobrestimación era significativamente más fuerte en el caso del Tercer Mundo (M=2,72 frente a M=1,64 en su país, rango de 1=0–10%; 2=11–49%; 3=50–75%; 4=76–100%).

Conductas colectivas, rumores y huida

Además de las conductas que venimos analizando son frecuentes los éxodos, que constituyen la variante menos crítica de las conductas colectivas de huida, los cuales nacen de la misma circunstancia y se ejecutan en una atmósfera similar de miedo y precipitación. Los éxodos de la población del norte y este de Francia por el avance alemán en 1914, 1940, el éxodo de la población alemana huyendo del ataque soviético en 1945 y los éxodos de los habitantes de Somalia y Ruanda en la década de los 90 son acontecimientos que reflejan esta conducta.

Las conductas de huida conllevan la separación y fragmentación de las comunidades, así como una ruptura de la unidad familiar. Este desplazamiento forzoso va a presentar diferencias culturales, por ejemplo cuando la gente huye como consecuencia de una inundación o terremoto se produce un desarraigo que va a tener un mayor impacto negativo en culturas sedentarias o agrícolas que en sociedades con una tradición nómada o pastoral (Voutira, Benoist y Piquard, 2000). De todas formas, no es el desplazamiento lo que constituye el motivo de preocupación, sino el hecho de que sea forzoso o involuntario. A este respecto, los estudios epidemiológicos realizados después de la Segunda Guerra Mundial muestran que los emigrantes involuntarios –comparándolos con los emigrantes voluntarios– eran más vulnerables a las enfermedades mentales y que dicha vulnerabilidad no decrecía con el paso del tiempo. Finalmente, la mayoría de los desplazados al igual que los emigrantes involuntarios siguen manteniendo a largo plazo el mito del retorno, es decir siguen pensando en regresar a su lugar de origen, hecho que va a dificultar o condicionar el modelo de adaptación en la comunidad de acogida (Ager, 1993).

Diferencias culturales en las conductas colectivas ante las catástrofes

Las diferencias culturales pueden explicar una mayor o menor preponderancia de las conductas colectivas.

Así, por ejemplo la epidemia de peste, pese a ser tan mortífera en África del Norte como en Europa, no provocó comportamientos colectivos de pánico, ni conductas violentas. La enfermedad no se percibió como contagiosa, se representó como una enfermedad que castigaba a los increyentes o en el caso de los musulmanes como un martirio enviado por Dios. Se presupone que estas diferencias ideológicas o culturales impidieron el miedo colectivo al contagio y las conductas colectivas de pánico y violentas asociadas a él (Rushing, 1995).

El estudio cultural de White nos proporciona dos modelos de adaptación humana tras las conductas de huida. El modelo de sociedades sedentarias o enraizadas en donde la huida es vivenciada como una amenaza y por otro lado, el modelo de adaptación nómada que define a los grupos a través de la permanencia de alguna forma de linaje más que a través de una localización espacial (White, 1959).

Algunas culturas –por ejemplo las colectivistas asiáticas– muestran en menor medida un sesgo de optimismo ilusorio o de ilusión de invulnerabilidad que otras –como por ej. las individualistas, EE.UU.– (Markus, Kitayama y Heiman, 1996). Se puede suponer que las culturas colectivistas responderán con mayor aceptación a las catástrofes y a los hechos negativos. Aunque esto sea parcialmente cierto, los estudios sobre los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki, de cultura oriental y más colectivista, no han puesto de relieve grandes diferencias conductuales, comparados con poblaciones occidentales y más individualistas.

Actitudes de pasividad ante la muerte provocada por epidemias, mencionadas en el Africa actual ante enfermedades letales (Delumeau, 1993), se han informado en experiencias occidentales de siglos anteriores o en experiencias extremas (campos de concentración) y pueden ser explicadas por extenuación física (Schultz, 1964; Delumeau, 1993).

Finalmente, las personas religiosas y que creen que la causa de lo ocurrido es externa, en la fase previa de las catástrofes reaccionan de forma más expresiva y menos instrumental, que los individuos que tienen un centro de control interno. Es decir, llevan a cabo menos conductas de prevención, aunque estos resultados se han constatado en EE.UU. y no en Méjico ni en Japón (Ross y Nisbett, 1991).

Fuente: "Catástrofes, traumas y conductas colectivas" de D. Paez, I. Fernández y C. Martín.