Cuando la gente se enfrenta a experiencias traumáticas desarrolla formas de enfrentar las pérdidas y las situaciones peligrosas y desafiantes. Esas formas de afrontamiento pueden ser más o menos positivas dependiendo del contexto y la persona, y pueden variar según la edad y la posición social.

Determinadas formas de afrontamiento, generalmente, son más comunes entre mujeres (Davidson y Foa, 1991) y en víctimas de status socioeconómico bajo. La “respuesta instrumental” (por ejemplo, precauciones en casa y organizarse con los amigos y vecinos), es más común entre víctimas más jóvenes y con un nivel socioeconómico alto.

Una investigación desarrollada en la Comunidad Autónoma Vasca confirmó algunas de las formas de afrontamiento más utilizadas por las personas, ante una catástrofe natural. En primer lugar, el “afrontamiento activo” que se caracteriza por una lucha ante el problema desarrollando un plan de actuación. También se utilizó frecuentemente el “afrontamiento focal racional”, que consiste en concentrarse en el problema, esperando el momento adecuado para actuar.

Posteriormente le siguen un “afrontamiento expresivo”, o búsqueda de apoyo social, caracterizado por haber hablado con otros que tenían un problema similar y que manifestaron su rabia y enojo por el suceso que estaban sufriendo. Por último utilizaron en menor medida la “resignación” y la “evitación” como formas de afrontamiento. (Páez, Arroyo y Fernández, 1995).

El estudio llevado a cabo en Guatemala (ODHAG, 1998) –sobre el afrontamiento de catástrofes humanitarias– ha revelado las siguientes dimensiones de afrontamiento positivo de las personas y comunidades afectadas por la violencia, debiéndose destacar que las tres primeras presentan componentes colectivos:

  • Afrontamiento directo y autocontrol, fue la dimensión más importante, la que explicaba en mayor grado la experiencia de la gente, como un conjunto de mecanismos desarrollados para vivir en medio de la violencia. Este primer factor reunía el no hablar, las conductas de solidaridad, resignación, resistencia directa, búsqueda de información, autocontrol y contención.

  • Una segunda dimensión estaba asociada al desplazamiento, el retorno y la reconstrucción de los lazos familiares (huir para defender la vida). Se trata de un afrontamiento colectivo o comunitario de huida colectiva.

  • Afrontamiento instrumental colectivo, el cual reunía la precaución y vigilancia junto a la organización comunitaria y también se asociaba al desplazamiento colectivo al exilio o la montaña.

  • La cuarta dimensión relacionaba la resistencia en situaciones límite, con el hablar y buscar consuelo. Este componente es más individual y supone un afrontamiento emocional adaptativo a las situaciones estresantes y traumáticas.

  • El quinto factor reunía el compromiso sociopolítico y la reinterpretación positiva de lo ocurrido, es decir, las formas de comprometerse para tratar de cambiar la realidad. Globalmente es la dimensión de afrontamiento cognitivo e ideológico.

Formas de afrontamiento ante hechos traumáticos y adaptación: descarga y expresión de emociones negativas

En base a las intuiciones clínicas y a teorías de inspiración psico–analítica se presuponía que la expresión de emociones negativas era necesaria para un buen trabajo de duelo. Sin embargo, se ha encontrado que las personas que lloran más fuertemente, o que vivencian más fuertemente su pérdida (por ej. que sollozan más), tienden a estar peor a medio y largo plazo (peor estado físico y mental a los 13 meses de la perdida, Wortman y Silver, 1989).

En el mismo sentido de la ausencia de efecto positivo de la descarga y expresión afectiva para la asimilación de hechos traumáticos, las personas que expresan más no–verbalmente emociones negativas (enojo, disgusto, miedo) a los 6 meses posteriores a la perdida, muestran mayor vivencia de duelo –aún controlando el nivel inicial de duelo y el nivel subjetivo sentido de emoción negativa– (Bonanno y Kaltman, 1999).

Probablemente la expresión verbal y no–verbal fuerte de emociones negativas va a “quemar” la red de apoyo social, obstaculizar formas de afrontamiento más adaptativas y reforzar la afectividad negativa tanto en la persona como en el clima social –se sabe que las personas depresivas inducen depresión y rechazo en otras–.

Evitación de emociones negativas y vivencia emocional de emociones positivas

Se ha especulado que las personas que vivencian emociones positivas están reprimiendo sus emociones negativas después de un hecho de perdida traumático, lo cual sería perjudicial a largo plazo. Sin embargo, las personas que no vivencian emociones negativas durante los primeros meses de duelo –en su aplastante mayoría– no vivencian duelo o depresión postergada (Wortman y Silver, 1989).

Además, las personas en duelo que mostraban un afrontamiento evitante, es decir, que decían vivenciar subjetivamente poca emoción negativa, mientras que mostraban altos índices fisiológicos de alteración emocional cuando hablaban sobre su perdida, tendían a vivenciar menos síntomas de duelo en los primeros 25 meses. Por otro lado, las personas que expresaban más no–verbalmente emociones positivas en los meses posteriores a la perdida (sonrisa y risa espontanea), muestran menor nivel de duelo a medio (14 meses) y largo plazo (25 meses) –aún controlando el nivel inicial de duelo y el nivel subjetivo sentido de emoción positiva– (Bonanno y Kaltman, 1999).

Probablemente la expresión verbal y no–verbal de emociones positivas va a reforzar la integración social de la persona afectada por el hecho traumático, así como ayuda a crear un clima social relativamente más positivo. La disociación de la respuesta fisiológica y subjetiva probablemente ayudará a disminuir el impacto de la emoción negativa.

Rumiar y pensar repetidamente sobre lo ocurrido

Algunas teorías proponen que las reminiscencias, es decir el pensar repetidamente sobre lo ocurrido sirve para asimilar la catástrofe. Sin embargo, en un estudio prospectivo se encontró que las personas que rumiaban o pensaban más repetidamente sobre su estado de ánimo después de un terremoto, mostraban una mayor depresión, aún controlando su nivel inicial de alteración afectiva. Resultados similares se han encontrado en relación con las pérdidas humanas: las personas que más rumian sobre su estado de duelo, se demoran más en recuperarse.

Hay que señalar que las personas que tienden a reprimir sus sentimientos y a evitar pensar, también sufren de periodos de pensamientos recurrentes, por lo que la inhibición y la rumiación se consideran asociadas en un mismo proceso disfuncional (Nolen–Hoeksema y Morrow, 1991; Nolen–Hoeksema, McBride y Larson, 1997).

Probablemente la rumiación repetida va a reforzar el estado de ánimo negativo y si no se asocia a la búsqueda de un sentido alternativo tampoco ayudará a la asimilación del hecho traumático. Además, como veremos, la búsqueda de un sentido al hecho traumático no siempre es exitosa ni adaptativa. El pensar repetidamente en un contexto social que no es favorable a hablar del hecho traumático además va a reforzar la depresión (véase a continuación).

Búsqueda de sentido, religiosidad y fatalismo

Las personas tienen necesidad de dar sentido a los hechos traumáticos. La discusión sobre las causas, la posibilidad de prevención y la atribución de responsabilidades centran frecuentemente una parte de las reacciones posteriores a una catástrofe. El haberle otorgado un sentido a la perdida puede tomar diferentes formas: por ejemplo aceptado como una parte del ciclo de la vida, considerarlo predecible, creer que era el destino o la voluntad de Dios, creer que la víctima aceptaba su muerte, esperar y prepararse para la perdida.

Otorgarle un sentido a la pérdida predijo menor alteración afectiva en los primeros seis meses de la perdida, aunque no a largo plazo (Davis, Nolen– Hoeksema y Larson, 1998). Sin embargo, es frecuente que personas expuestas a situaciones extremas no logren generar una explicación plausible de lo ocurrido muchos años después (Janoff–Bulman, 1992).

En contraste con la idea que la búsqueda de sentido de un hecho traumático es adaptativo, dos estudios mostraron que las personas en duelo que más intentaban “entender y comprender la perdida y su propia reacción”, mostraban más depresión un año después o año y medio después –aún controlando los niveles iniciales de depresión– (Bonanno y Kaltman, 1999).

Desde otro punto de vista, las personas con fuertes creencias religiosas y espirituales, previas a una perdida, tenían mayor probabilidad de haberle otorgado un sentido a la perdida de un ser querido en dos estudios.

La creencia en el más allá y las creencias religiosas pueden mitigar el sin–sentido sugiriendo que la perdida tiene un significado y es comprensible, al menos en un sentido espiritual (Davis, Nolen–Hoeksema y Larson, 1998).

Aunque el fatalismo también puede llevar a la desorganización, hay que indicar, sin embargo, que la atribución de los hechos catastróficos a causas externas no siempre tiene efectos negativos. Las personas externas que atribuyen lo ocurrido a Dios o a la suerte, tienden a recuperarse y readaptarse mejor después de las catástrofes.

Así, diferentes investigaciones han examinado lo que ocurre cuando por ejemplo un desastre golpea a una familia.

En algunos casos, las personas con una orientación más externa, más religiosa y que opinan que el hecho se debe a la mala suerte o a que Dios lo quiso, pueden reactivarse más rápidamente y regresar de forma más fácil a las vidas productivas. De cierta forma, el fatalismo sirve como un mecanismo de amortiguación y adaptación a las catástrofes, probablemente porque aleja del individuo la responsabilidad de lo ocurrido (Ross y Nisbett, 1991).

Por otro lado, la creencia en un locus externo no se asociaba a la falta de prevención en Japón y se asociaba a las conductas preventivas en Méjico, como hemos mencionado (López–Vazquez, 1999).

La percepción de que el fatalismo caracteriza a la mayoría de los afectados por una catástrofe era dominante en una muestra de personas en formación sobre ayuda humanitaria: un 40% pensaba que era muy frecuente y 15% que era mayoritario –recordemos que las personas informan que enfrentan de forma activa la catástrofe–, aunque esto puede tener un componente de ilusión motivada de control. Por otra parte un 30% pensaba que el fatalismo se asociaba mayoritariamente a la ausencia de conductas de prevención, mientras que un 40% opinaba que ocurría con cierta frecuencia (caracterizaba entre un 11 y 49% a los afectados).

Aceptación de la pérdida y reestructuración de la relación con la persona muerta

La aceptación cognitiva y emocional de la perdida se supone que es un proceso importante. Sin embargo, este estado de aceptación no es alcanzado por un porcentaje importante de personas afectadas por hechos traumáticos. Por ejemplo, un 61% de viudos que perdieron súbitamente a su pareja seguían preguntándose –entre 2 y 4 años más tarde– porqué habían perdido a su ser querido, asimismo la mayoría de los familiares de víctimas de accidente de tráfico –4 a 7 años más tarde– no habían alcanzado un estado de aceptación (Wortman y Silver, 1989).

Otro proceso que se suponía necesario y beneficioso para la asimilación de hechos traumáticos era la aceptación de la perdida, traducida en la desinversión afectiva o abandono de la relación con el difunto. Sin embargo, se ha constatado que la mitad de las viudas y viudos mantenían una fuerte sensación de presencia del difunto durante su primer año de viudez. Este mantenimiento de una relación de apego con la persona muerta aparentemente ayudaba a mantener la continuidad de la identidad y a reorganizar la vida. En vez de ser un síntoma de duelo no superado, la permanencia de conversaciones, sensaciones de presencia con la persona difunta, jugaba un rol adaptativo en el duelo (Bonanno y Kaltman, 1999).

Apoyo social y comunicación verbal sobre el hecho traumático

El apoyo social se asocia a una menor mortalidad y una mejor salud mental. Una revisión meta–analítica mostró que el apoyo social objetivo y subjetivo o funcional se asociaban a una menor depresión (r=–0,10 y r=–0,27 respectivamente), así como a una menor mortalidad (r=–0,07) (Schwarzer y Leppin, 1991 citados en Stroebe y Stroebe, 1995).

Se ha postulado que el apoyo social que valida y reconoce la experiencia traumática de los individuos, así como que ayuda a entenderla y darle un significado es importante para asimilar las catástrofes y los hechos traumáticos. Un estudio retrospectivo con madres que han perdido a sus hijos por muerte súbita mostró que los síntomas depresivos, los pensamientos intrusivos, el deseo de hablar sobre la perdida y la frecuencia real de comunicación verbal sobre ella alcanzaba su clímax algunas semanas después de la muerte del bebé y luego declinaba significativamente (Lepore, Silver, Wortman y Wayment, 1996).

Señalemos que, el apoyo social sirve para disminuir los síntomas psicológicos y conductuales ante el estrés, pero que no disminuye la activación fisiológica y los síntomas físicos en el momento de enfrentarse a los estresores y después de la exposición a ellos (Davidson y Baum, 1986). Sin embargo, los estudios no confirman sistemáticamente que hablar y el nivel de apoyo social “redunden” sobre una mejor adaptación del hecho traumático (Bonanno y Kaltman, 1999).