Aunque es difícil con frecuencia establecer el límite entre lo normal y lo anormal en el comportamiento sexual, se aprecia en el último cuarto de siglo un incremento considerable en la cantidad de trastornos sexuales conocidos o declarados en la población, tanto de disfunciones como de desviaciones o trastornos de identidad. Las cifras del informe ECA señalando que las disfunciones afectan al 24% de los adultos, siendo el segundo diagnóstico más frecuente tras el uso del tabaco, son un dato evidente al respecto. Pero es posible que este aumento en las tasas de diagnósticos o en los casos conocidos pueda deberse, más que a un aumento en la incidencia de estos problemas (las cifras parecen mantenerse), al cambio social producido respecto a la consideración de la sexualidad. La mayor importancia que se otorga a la vida sexual en general y a lograr una adecuada satisfacción en particular, así como el mayor conocimiento al respecto, hacen que un número creciente de personas identifique sus conductas sexuales anómalas como tales y traten de conseguir una mejora de ésta, en la mayoría de los casos buscando ayuda profesional al respecto. Lejos afortunadamente están los tiempos en que era considerado inadecuado o de «mal gusto» hablar de la propia sexualidad, o adoptar posturas de resignación para los propios problemas sexuales. También está abandonándose la postura de ocultar o silenciar problemas derivados de la conducta sexual de otras personas, las denominadas ofensas sexuales (exhibicionismo, sadismo, voyeurismo...), con frecuencia debido a la culpabilización de las propias víctimas. Así mismo, se ha facilitado el reconocimiento de problemas de identidad de género al disminuir la represión social de este tipo de alternativas sexuales.

Afortunadamente, los avances en los programas de intervención, en especial los relacionados con las disfunciones sexuales, han producido un cambio decisivo en la eficacia de los mismos a partir de 1970, fecha de la publicación de libro de Masters y Johnson Human Sexual Inadequacy (Incompatibilidad sexual humana). Los resultados, para las disfunciones, son en general muy positivos y en reducidos períodos de tratamiento, lo que alienta a las personas con estos problemas a acudir a los profesionales.

Un aspecto destacable, también en el ámbito de las disfunciones, es el cambio en las poblaciones que acuden en busca de ayuda profesional. Como señala Labrador (1994), frente a los trabajos iniciales de Masters y Johnson en los que sólo se trataba a adultos «normales» (que no presentaban ningún otro problema psicopatológico al margen de su disfunción), cada vez resulta más difícil encontrar estos «casos puros» de disfunción sexual. Día a día se ha incrementado el número de parejas que acuden con otros problemas psicopatológicos además de sus disfunciones sexuales, quizá debido a que las parejas «normales» solucionan parte de sus problemas de manera autónoma con el abundante material de ayuda disponible.

Probablemente, el punto más problemático todavía es el de los problemas de falta de deseo sexual (DSI) y aversión o fobia al sexo. No es fácil integrar este tipo de problemas con las restantes disfunciones sexuales, ni a la hora de tratar de explicar su génesis o mantenimiento, ni a la hora de proceder a la intervención. La menor eficacia terapéutica conseguida en estos casos señala la necesidad de desarrollos innovadores para este tipo de problemas.

Algunas consideraciones adicionales señalan el efecto positivo que ha tenido la mejora en la educación sexual, en especial la mayor amplitud de miras a la hora de considerar qué conductas sexuales son «normales». El incremento en el número de conductas y prácticas sexuales consideradas normales ha facilitado la disminución de algunos problemas, por ejemplo los problemas de anorgasmia femenina. Si bien algunas voces han señalado que, como contrapartida, se ha incrementado también el número de desviaciones sexuales o parafilias y quizá de los problemas de identidad de género.

Respecto a las parafilias se señala que ha aumentado el número de conductas parafílicas, pero no el número de personas que presentan estos trastornos. Este incremento, en parte, se debe a que ha aumentado la variedad de conductas sexuales habituales y que la distancia entre algunas de éstas y las consideradas desviaciones es pequeña (por ejemplo, algunos casos de fetichismo, etc.). Por otro lado se aprecia una mayor permisividad social con respecto a determinadas conductas anteriormente denominadas desviaciones, siempre que se produzcan de común acuerdo entre ambos miembros de la pareja.

Así pues, se aprecia una mayor variedad de conductas sexuales, lo que provoca el traspasar más fácilmente la frontera de lo «normal», apareciendo más conductas «desviadas», a la vez que mayor permisividad y amplitud de miras a la hora de aceptar como «normales» las diferentes variaciones en la conducta sexual. No hay que perder de vista el valor cultural que impregnan determinandas calificaciones o diagnósticos, en especial en este ámbito de la sexualidad. No hace mucho tiempo algunos consideraban (o a lo peor todavía consideran) desviación sexual a todo lo que no sea coito en postura hombre arriba dentro de una pareja legalmente casada.

Por otro lado, el tratamiento de las parafilias no ha alcanzado niveles de eficacia tan elevados como el de las disfunciones. En primer lugar por la escasa voluntariedad de las personas con estos problemas para someterse a tratamiento. Así mismo, el escaso número de personas que acude a tratamiento de forma voluntaria dificulta el desarrollo de programas de intervención eficaces. Por último, la falta de modelos explicativos de estos trastornos también dificulta el avance de procedimientos de intervención.

Respecto a los trastornos de identidad sexual, el panorama es aún más desalentador. No hay referencias precisas ni respecto al número de personas afectadas, ni a las causas de los diferentes trastornos, ni mucho menos a las posibilidades de intervención, que en la actualidad se centran en posibles intervenciones de carácter biológico.

En general, en todos los trastornos sexuales se echa de menos la existencia de modelos teóricos explicativos de la génesis, desarrollo y mantenimiento de los problemas. Es cierto que se han hecho progresos importantes en la intervención, pero el modo de proceder no ha abandonado aún los desarrollos eminentemente empíricos. La forma habitual de abordar los problemas consiste en describir un problema, incluir algún concepto explicativo intermedio (en la mayor parte de los casos, en especial en las disfunciones, la ansiedad) sobre la etiología, y proceder a un programa de intervención derivado empíricamente. Las dificultades que esta forma de proceder supone para el desarrollo científico en este campo son evidentes. Algunas tentativas colaterales, como las desarrolladas a partir de modelos generales de personalidad, bien buscando personalidades anormales o características específicas en las personas con estos problemas, sólo han conseguido nuevos fracasos.

Las consideraciones más generales al respecto parecen primar la importancia de los aspectos psicosociales, frente a las consideraciones inciales de estos problemas como problemas médico-orgánicos. Los aspectos de aprendizaje y modelado social parecen tener un papel preponderante en el desarrollo de estos problemas.

Conceptualización y clasificación

El funcionamiento sexual es un aspecto esencial de la existencia humana que está afectado por variables de muy diversa índole (bioquímicas, fisiológicas, culturales, religiosas, sociales, emocionales, etc.). En ciertas condiciones la sexualidad es fuente de placer para el individuo, pero en otras puede generar una notable frustración y malestar. Es precisamente en esas ocasiones cuando hablamos de trastornos sexuales.

La sexualidad y sus trastornos ha sido la gran desconocida de la ciencia, siendo tradicionalmente campo reservado a filósofos, sociólogos o teólogos. En esta situación, los prime ros estudios científicos que comenzaron a mediados del presente siglo tuvieron una amplia repercusión social que se ha visto reflejada en un cambio paulatino de las concepciones sobre la sexualidad en los ámbitos sociales y científicos, con un consiguiente incremento de la preocupación por conseguir un adecuado funcionamiento sexual. De este modo, el sexo ha entrado a formar parte de los aspectos tratados por los profesionales de la salud en aras a la consecución de una mejor calidad de vida.

Se diferencian por un lado la propia respuesta sexual y por otro la denominada identidad sexual, que abarca la identidad de género o percepción individual de ser hombre o mujer; el rol o papel sexual, que implica todo lo que la persona hace o dice para identificarse ante los demás como hombre o mujer; y la elección de objeto sexual u orientación sexual.

Tras este análisis introductorio del funcionamiento sexual «normal», los trastornos sexuales suponen la alteración de cualquiera de los aspectos de la sexualidad. Para ello, y tras analizar la clasificación de estos trastornos en los sistemas diagnósticos de la Asociación Psiquiátrica Americana y de la Organización Mundial de la Salud, se adopta el esquema utilizado por la clasificación que goza de una mayor difusión (el DSM-III-R), diferenciando tres grupos de trastornos sexuales: las disfunciones sexuales, las parafilias y los trastornos de la identidad de género.

Las disfunciones sexuales aparecen cuando existen problemas fisiológicos o psicológicos que dificultan la participación o la satisfacción en las actividades sexuales. Estos problemas pueden manifestarse en cualquiera de las fases de la respuesta sexual, lo que ha llevado a diferenciar trastornos del de seo sexual (generalmente inhibición), trastornos de la activación sexual (manifestados en el caso del hombre como trastornos de la erección), trastornos del orgasmo (anorgasmia femenina y problemas de eyaculación, principalmente) y trastornos por dolor (dispareunia y vaginismo). Este tipo de trastornos afecta a una buena parte de la población (el estudio ECA sitúa su prevalencia en un 24%), aunque sólo una minoría de quienes los padecen buscan ayuda profesional para su problema.

La etiología de las disfunciones sexuales es multifactorial, implicando factores como ansiedad, falta de habilidades y conocimientos sobre sexualidad y adopción del rol de espectador. Estos factores psicológicos interactúan con factores culturales (especialmente con una educación sexual es casa o inadecuada), con factores orgánicos y con el consumo de ciertas sustancias (fármacos o drogas). De todos estos factores, probablemente el más estudiado, y también el más controvertido sea «la ansiedad», cuyo efecto parece estar mediatizado por las respuestas cognitivas del sujeto en la situación de actividad sexual.

Los términos parafilias, desviaciones sexuales o trastornos de la inclinación sexual hacen referencia a una serie de comportamientos sexuales caracterizados por la excitación del sujeto ante objetos y situaciones que no forman parte de los patrones sexuales normativos, o porque el sujeto necesita para obtener placer la presencia de determinados estímulos que se apartan de lo que se consideran estímulos sexuales normales.

Los trastornos incluidos bajo la categoría diagnóstica de parafilias en el DSM-IV son los siguientes: exhibicionismo, fetichismo, frotteurismo, paidofilia, masoquismo sexual, sadismo sexual, fetichismo transvestista y voyeurismo. Finalmente se incluye una categoría residual de parafilias no especificadas que debe usarse en aquellos comportamientos que constituyendo una parafilia no hayan podido ser clasificados en ninguna de las categorías anteriores, por ejemplo la zoofilia, la necrofilia, etc.

Todavía se sabe poco acerca de su etiopatogenia, y los modelos explicativos existentes no permiten explicar de forma convincente el desarrollo y mantenimiento de estas conductas.

Desde una perspectiva biológica no existe evidencia empírica que avale la presencia de un factor de tipo biológico que pueda identificarse como claramente implicado en el desarrollo de las parafilias. Desde una perspectiva psicológica se han aportado diversas explicaciones, unas basadas en los modelos de condicionamiento y que explican las parafilias en base a la asociación entre determinadas situaciones estimulares con una respuesta de excitación sexual. Y otras que subrayan la importancia de ciertas actitudes y cogniciones hacia el sexo, así como la ausencia de habilidades heterosexuales que faciliten una relación sexual normal. Ambas hipótesis no son contradictorias, sino más bien complementarias.

Por último, el grupo de los trastornos de la identidad de género alude a una serie de trastornos que suelen iniciarse en la infancia y que se caracterizan por la existencia de una incongruencia entre el sexo anatómico del individuo y su propia identidad de género. Estos trastornos son muy poco frecuentes, presentándose en una proporción mucho mayor de hombres que de mujeres. La etiología de estos trastornos es en buena medida desconocida.

Trastornos sexuales masculinos y femeninos más comunes

Definición y causas de los trastornos sexuales

Tipo de trastorno Definición Causas
Deseo inhibido​ Disminución persistente y anómala del deseo de actividad sexual Relaciones rutinarias con la pareja; problemas de pareja de tipo general. Ingesta de anticonceptivos orales. Desinterés
sexual tras enfermedades físicas graves (cáncer, accidentes
cerebrovasculares, algunas enfermedades de transmisión
sexual, ataques cardíacos...). Efectos de fámacos y sustancias (algunos hipertensivos, antidepresivos, diuréticos,
antipsicóticos). Experiencias traumáticas sexuales (padecer
o presenciar incestos, violaciones...). Cansancio físico, estrés. Presencia de algún trastorno sexual en el otro miembro de
la pareja.
Aversión sexual Aversión persistente al sexo; asco o repugnancia extrema ante las relaciones sexuales, no debida a trastornos depresivos, de ansiedad... Experiencias traumáticas sexuales (padecer o presenciar
incestos, violaciones...). Educación restrictiva.
Trastornos femeninos en la excitación Ausencia persistente, parcial o total de lubricación vaginal durante la excitación sexual, o bien una persistente ausencia
de la sensación subjetiva de placer o excitación sexual durante la actividad sexual.
Educación restrictiva, desconocimiento del propio cuerpo. Menopausia, lactancia, enfermedades hormonales (disminución de niveles de hormonas sexuales). Deseo
sexual inhibido. Efectos de medicamentos y sustancias (algunos hipertensivos, antidepresivos, diuréticos, antipsicóticos).
Trastornos masculinos
en la erección
Persistente difi cultad o incapacidad para lograr o mantener la erección (impotencia), o bien ausencia de la sensación subjetiva de placer o excitación sexual durante la actividad
sexual.
Ansiedad, tensión, estrés. Diabetes, problemas circulatorios, arterioesclerosis, edad avanzada, enfermedades
neurológicas, lesiones medulares, esclerosis múltiple, insuficiencias renales crónicas, bajos niveles de testosterona. Efectos de medicamentos y sustancias
(algunos antihipertensivos, antidepresivos, diuréticos, antipsicóticos, anfetaminas). Priapismo. Consumo excesivo de alcohol o tabaco.
Orgasmo inhibido femenino Persistente dificultad o incapacidad para obtener orgasmos dada una estimulación adecuada y una fase de excitación normal. Educación restrictiva, desconocimiento del propio cuerpo. Estimulación poco prolongada o inadecuada. Autocontrol excesivo, incapacidad de dejarse ir frente a otra persona. Problemas físicos (lesiones medulares, trastornos
endocrinos, mastectomía).
Orgasmo inhibido masculino Persistente difi cultad o incapacidad para obtener orgasmos dada una estimulación adecuada y una fase de excitación normal. Autocontrol excesivo, incapacidad de dejarse ir frente a otra persona, sentimientos de culpa o vergüenza. Ingesta de fármacos: antidepresivos, antihipertensivos, hormonas (corticoides y estrógenos), antipsicóticos.
Eyaculación precoz Eyaculación incontrolable ante una estimulación sexual mínima y antes de que el individuo lo desee. Escasa frecuencia sexual, novedad de la situación... Primeras experiencias coitales vividas con premura o ansiedad. Historia de masturbaciones rápidas y con sensación de
culpabilidad.
Dispareunia femenina Dolores y molestias antes, durante o después de la relación sexual. Menopausia, lactancia, empleo de DIU, enfermedades de transmisión sexual, infecciones del sistema urinario. Falta de excitación sexual que impide lubricación.
Vaginismo Contracciones espasmódicas involuntarias de los músculos vaginales, que interfieren el coito. Tensión o ansiedad ante la penetración. Experiencias negativas sexuales anteriores. Educación restrictiva o falsa información. Experiencia de traumatismo vaginal (infecciones vaginales continuadas, heridas complicadas...). Patología ovárica, atrofia vaginal, himen rígido,
estreñimiento crónico. 
Dispareunia masculina Dolores o molestias antes, durante o después de la relación sexual Enfermedades de transmisión sexual, prostatitis, infecciones del sistema urinario, fimosis parcial (prepucio estrecho).

 Principales disfunciones sexuales en el hombre y la mujer según el DSM-III-R

  Hombres Mujeres
Deseo sexual Deseo hipoactivo
Aversión sexual
Deseo hipoactivo
Aversión sexual
Excitación sexual Trastorno de la erección Trastorno de la excitación
Orgasmo Disfunción orgásmica
Eyaculación precoz
Disfunción orgásmica
Dolor Dispareunia Dispareunia
Vaginismo

Contenido relacionado