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La empatía es un sentimiento que se experimenta al percibir la situación que está viviendo otra persona y ponerse en su lugar imaginando cómo le está afectando esa situación. Este sentimiento activa, entre otras cosas (véase el Capítulo 5 de este texto), la motivación altruista de ayudar a alguien que lo necesita sin buscar beneficios personales por llevar a cabo esa acción. Por tanto, parece lógico pensar que habrá una relación positiva entre sentimiento empático y decisión de cooperar en un dilema social, incluso en ausencia de incentivos colaterales. Sin embargo, este razonamiento tiene sus riesgos. En primer lugar, no es lo mismo ignorar los posibles beneficios que pasar por alto los costes. En una situación como la que se produce en el dilema del prisionero, tomar la decisión de ayudar a la otra persona (cooperar) puede implicar salir muy mal parado del juego, puesto que, si el otro elige no cooperar, el altruista cargará con todo el perjuicio. En segundo lugar, el hecho de que la empatía sea un sentimiento referido a una persona, y no a un grupo, puede dar lugar a situaciones muy paradójicas, por ejemplo en un dilema de recursos. Veamos todo esto con algo más de detalle.

Batson y Moran (1999) realizaron un estudio experimental sobre el efecto de la empatía en las decisiones que las personas tomaban en el dilema del prisionero. Eligieron este tipo de situación porque querían contrarrestar el argumento del equipo de Cialdini, que sostenía que la empatía, en caso de aumentar la conducta de ayuda, lo haría sólo en circunstancias en que esa conducta no supusiera un gran coste para el que la realizara (Neuberg et al., 1997). Por sus características, el dilema del prisionero es un juego en el que la voluntad de cooperar se puede pagar muy cara, ya que todo el posible coste si el otro traiciona recae en el que coopera. Suponía, por tanto, una prueba de fuego para la hipótesis de Batson y Moran sobre el poder de la empatía para promover la cooperación sin tener en cuenta el coste de la decisión.

Los investigadores introducían a cada participante en una situación en la que debía jugar al dilema con otra persona a la que nunca llegaba a ver (de hecho, era alguien ficticio) pero de la cual recibía una nota en la que expresaba que estaba hundida porque su pareja acababa de dejarla. A un tercio de los participantes se les decía que, al leer la nota, intentaran imaginar cómo se sentiría esa persona (condición experimental de alta empatía); a otro tercio se les pedía que la leyeran adoptando una perspectiva objetiva, sin dejarse llevar por los sentimientos de esa persona (condición experimental de baja empatía). Por último, el tercio restante de los participantes no recibió ninguna nota (condición control).

Para participar en el juego se les mostraba el esquema que aparece en el Cuadro 10.4 y se les pedía que eligieran una opción: cooperar con el otro o competir.

Cuadro 10.4. Esquema de opciones para cada participante.

    Opciones de B (usted)
    Cooperar Competir
Opciones de A (el otro) Cooperar Ambos ganan 15 boletos

A gana 25 boletos

B se queda sin nada

Competir

B gana 25 boletos

A se queda sin nada

5 boletos para ambos

En este estudio, el dilema consistía en una sola oportunidad de elegir, por lo que la decisión resultaba mucho más arriesgada que si fuera posible comprobar cómo actúa el otro. Los resultados confirmaron la hipótesis de los investigadores.

Otro resultado interesante de este estudio se refiere a las emociones y sentimientos que los participantes manifestaban después del juego. Un detalle de la situación experimental que no hemos comentado hasta ahora es que, tras indicar la opción elegida (cooperar o competir con el otro), el sujeto recibía información sobre la decisión del otro contrincante, que en todos los casos era competir. Eso significaba que los que habían optado por cooperar se quedarían sin nada. Las reacciones emocionales de éstos últimos eran de sorpresa, desconcierto, tristeza, hostilidad, se sentían engañados y descontentos. La interpretación que los autores extraen de estas reacciones es que, a pesar de haber renunciado a conseguir el máximo para ayudar al otro, para ellos era importante obtener algún beneficio en el juego (el altruismo empático no sustituye al interés egoísta, sino que coexiste con él), lo que realza el coste que les suponía la posible traición del contrincante (y refuta el argumento de Neuberg, Cialdini y sus colegas).

La situación representada en este estudio, y sus resultados, se producen con mucha frecuencia en la vida cotidiana, donde aquéllos con los que interactuamos más habitualmente, y con los que muchas veces tenemos que negociar (familiares, amigos, compañeros de trabajo ... ), son personas a las que conocemos y por la que nos preocupamos en mayor o menor medida. Como apuntan Batson y Moran (1999), incluso el prisionero ficticio que dio nombre al dilema conocía y había tenido contacto previo con su compañero de crímenes, lo que da cierto pie a sentir empatía.

El inconveniente de la empatía

Parece, por tanto, existir un paralelismo entre la conducta de ayuda interpersonal motivada por la empatía y la conducta de cooperación grupal motivada por la identificación con el grupo. En ambos casos se deja de lado el interés exclusivamente personal para volcarse en el beneficio de otros. La principal diferencia estriba en el alcance de ambos procesos. Mientras la empatía sólo activa la motivación altruista hacia una persona concreta, la identificación con el grupo provoca la búsqueda del beneficio para el grupo en conjunto. De hecho, a pesar del paralelismo existente, los dos procesos pueden llegar a ser incompatibles en cuanto a las consecuencias que provocan. Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre cuando conocemos a algún miembro de un colectivo y tenemos una relación cercana con él, pero no con el resto y, además, nos damos cuenta de que esa persona tiene un problema. Si nos dieran a elegir entre nuestro propio beneficio, el bien del colectivo y el de esa persona, ¿qué haríamos? Esto es lo que trataron de averiguar Batson y sus colaboradores en la investigación que describimos a continuación (Batson et al, 1995).

En este caso, el dilema al que se enfrentaban los participantes era un dilema de bienes públicos. Los investigadores eligieron este dilema porque en él el interés personal se manifiesta más fuertemente que en el dilema de recursos comunes. La razón es que nos cuesta más deshacernos de algo que ya es nuestro (como ocurre cuando hacemos una aportación para la creación o el mantenimiento de un recurso para todos) que renunciar a adquirir algo que aún no nos pertenece (Kahneman y Tversky, 1984). Esto supone que el conflicto entre el beneficio personal, el bien colectivo y el beneficio para una persona concreta del grupo sería más difícil de resolver. La hipótesis de Batson y sus colegas predecía que sentir empatía hacia un miembro concreto de un colectivo provocaría decisiones que favorecieran a esa persona en detrimento del grupo.

La manipulación experimental fue similar a la descrita en el estudio anterior con el dilema del prisionero. Por lo tanto, había tres condiciones experimentales: control, baja empatía y alta empatía. No obstante, en este caso se modificó la situación que se planteaba a los participantes, ya que en lugar de tener que jugar con otra persona lo harían con otras tres (igualmente ficticias). También se cambió la variable dependiente, es decir, el tipo de decisión que tenían que tomar. En este experimento, los participantes tenían cuatro alternativas para asignar un recurso escaso (dos tacos de boletos para una rifa):

  1. Dar los dos tacos a uno de los cuatro miembros que componían el grupo (entre los que estaba el propio individuo).
  2. Dar los dos tacos al grupo en conjunto.
  3. Repartir los dos tacos entre dos miembros del grupo (dando un taco a cada uno).
  4. Dar un taco a un individuo, y el otro al grupo.

Debían indicar por escrito cuántos tacos (0, 1 ó 2) se asignaban a sí mismos, cuántos a alguno de los miembros del grupo (especificando a cuál) y cuántos al grupo. Se les aseguraba que su decisión y las del resto de participantes serían anónimas. Cada uno sólo podría saber cuántos boletos había conseguido al final, pero no quién se los había dado.

Además, como es usual en los estudios que emplean este tipo de dilemas, las asignaciones al grupo se revalorizaban un 50%, y el beneficio se distribuía por igual entre los cuatro miembros. Como consecuencia, el grupo siempre se beneficiaría más con este tipo de asignaciones, y el beneficio para cada miembro sería similar. Sin embargo, cada individuo saldría ganando si se asignaba el recurso a sí mismo.

Eso sí, como ocurre siempre en los dilemas sociales, si los cuatro miembros hacían lo mismo, todos saldrían perdiendo, y lo mismo ocurriría si lo asignaban a otro miembro concreto del grupo.

Tal como habían predicho los autores, los resultados mostraron que los participantes que sentían más empatía por uno de los miembros del grupo le asignaban más recursos que los que no sentían esa emoción, yeso tenía como consecuencia un menor número de recursos asignados al grupo en conjunto por parte de esos sujetos. Aunque la asignación de los dos tacos al grupo habría beneficiado también al miembro objeto de empatía y a sí mismos (recordemos que esta opción, si la elegían todos, aumentaba el valor del recurso), los participantes en la condición de alta empatía prefirieron no arriesgarse y sacrificar un beneficio colectivo mayor en favor de uno menor para sí mismos y para la persona por la que sentían empatía.

A la luz de estos resultados, parece que la empatía tiene el efecto paradójico de perjudicar al bien común. Sin embargo, Batson y sus colaboradores sugieren la posibilidad de que la empatía hacia un miembro del colectivo que tiene algún problema despierte en el individuo la consciencia de que pueda haber muchos otros con necesidades similares. Esta posibilidad ha sido explorada por Luis Oceja e Isabel Jiménez (2007) en un estudio en el que, además de intentar replicar los resultados de Batson et al. (1995) sobre el efecto de la empatía en las decisiones sobre el reparto de recursos, analizaron la consciencia que los participantes tenían de que otros miembros del grupo (no sólo aquél hacia el que sentían empatía) también pudieran sufrir algún tipo de necesidad, y el grado en que habían querido favorecer a esos otros miembros en el reparto.

Sus resultados mostraron un patrón parecido, aunque no idéntico, al obtenido por Batson y sus colaboradores en el estudio descrito antes. En este caso, los participantes se asignaron a sí mismos menos recursos que al grupo en todas las condiciones experimentales, pero esa diferencia fue más marcada en la condición de alta empatía, en la que la asignación al grupo y al otro individuo (hacia el que sentían empatía) fue mayor que en las otras dos condiciones (baja empatía y control), algo que no ocurría en el estudio de Batson. Por otra parte, se encontró una correlación positiva significativa entre la consciencia de los otros, y el interés por aumentar los recursos de los miembros del grupo que no habían escrito la nota.

Los autores relacionan estos dos hallazgos y sugieren que la empatía sentida por un individuo concreto dentro de un colectivo puede ir acompañada de la consciencia de que existen otros miembros de ese grupo que pueden compartir la misma situación. Esta consciencia de otros no es empatía, porque no se refiere a una persona sola, ni tampoco es identificación, puesto que no se refiere al grupo como conjunto, pero puede combinarse con ambos procesos para favorecer la conducta cooperativa en situaciones que representen un dilema social.

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