El estructuralismo: Edward Bradford Titchener

Más que una alternativa a la psicología de Wundt, la de Titchener quiso ser un desarrollo o prolongación de la wundtiana; o, por mejor decir, de su vertiente fisiológica o experimental. La psicología de los pueblos, en efecto, esa pieza angular del sistema psicológico de Wundt, se halla por completo ausente del de Titchener. Conviene hacer esta precisión porque durante algún tiempo Titchener pasó por ser el genuino representante de la perspectiva wundtiana en los Estados Unidos, una creencia que el propio Titchener y sus discípulos contribuyeron a fomentar, pero cuya inexactitud y límites ha puesto de manifiesto la crítica historiográfica (Blumenthal, 1975; Bringmann y Tweney, 1980; Leahey, 1981). Hoy se ve claro que, aunque dedicara buena parte de su obra a la exposición y sistematización del punto de vista wundtiano, Titchener distó mucho de atenerse estrictamente a él. No sólo llevó a cabo una lectura de Wundt desde esquemas interpretativos propios de la tradición intelectual empirista y asociacionista británica (en la que el propio Titchener se había formado) que eran completamente ajenos al psicólogo alemán, sino que rechazó algunas de las concepciones clave del wundtismo (como la apercepción) y se esforzó en cambio en incorporar otras procedentes de otras fuentes (Brentano, por ejemplo) en un tardío esfuerzo por construir un sistema psicológico propio que, sin embargo, no consiguió completar.

Edward Bradford Titchener nació en 1867 en Chichester, una pequeña ciudad del sur de Inglaterra, y se formó como estudiante de filosofía y filología clásica en la Universidad de Oxford.

Durante el último año de sus estudios universitarios se interesó también por la fisiología y la psicología, en particular por la obra de Wundt, de cuyos Fundamentos de Psicología realizó una traducción al inglés que no llegó a publicar nunca. En 1890 se trasladó a Leipzig para ampliar allí su formación psicológica bajo la dirección del gran maestro alemán, con quien se doctoró dos años más tarde con una tesis sobre el efecto de la estimulación monocular en la visión binocular. De vuelta en Inglaterra y tras fracasar sus intentos de lograr un puesto en Oxford donde poder enseñar la psicología fisiológica aprendida en Alemania (no había aún cátedras de esta disciplina en la universidad inglesa), decidió aceptar el ofrecimiento del que dejaba vacante en la Universidad de Cornell (en Ithaca, Estados Unidos) su amigo y condiscípulo en Leipzig Frank Angell (1857-1939), que se trasladaba a su vez por entonces a la recién creada Universidad de Stanford. A partir de ese momento, y hasta su muerte acaecida en 1927, Titchener iba a permanecer ya en Cornell, cuyo laboratorio de psicología se convertiría bajo su dirección en un centro sumamente activo de investigación experimental “a la alemana” en el que se formaron algunos de los psicólogos norteamericanos más distinguidos e influyentes de su época (como Margaret F. Washburn, que se haría famosa por sus trabajos sobre “la mente animal”; o Edwin G. Boring, el gran historiador de la psicología).

Como otros psicólogos de su generación (Ebbinghaus, Külpe), Titchener reclamaba para la psicología un punto de vista científico que permitiera insertarla en el marco de las ciencias naturales. En este sentido, el nuevo positivismo científico del físico y filósofo austriaco Ernst Mach (1838-1916) le iba a proporcionar una herramienta legitimadora inestimable. Porque Mach defendía una concepción de la realidad radicalmente empirista, según la cual lo que verdaderamente hay no es ninguna entidad substancial que subyazga a la experiencia y le sirva de soporte (llámese ésta “materia”, “espíritu”, “cosa en sí” o de cualquier otro modo que los filósofos quisieran imaginar) sino tan sólo la experiencia misma; más aún, la experiencia sensorial. De manera que la distinción entre el mundo físico “de las cosas” y el mundo psíquico “de los pensamientos” o “estados mentales” no radicaría en el tipo de realidad de que están hechos cada uno (que sería una y la misma: la experiencia sensorial), sino en el punto de vista que se adopte para aproximarse a ella. La física (y, en general, las llamadas “ciencias de la naturaleza”) estudiaría las sensaciones en sí mismas y en sus relaciones sin tener en cuenta al sujeto que las experimenta; la psicología haría otro tanto, pero tomándolo en consideración. En ambos casos, sin embargo, será la experiencia el objeto de estudio, y no habrá por tanto razón alguna para considerar la psicología y las ciencias naturales como disciplinas de distinto rango.

Al definir la psicología como la “ciencia de la mente” entendida como “la suma total de la experiencia humana en cuanto dependiente de la persona experienciante” (que es como la definió en cierta ocasión) (Titchener, 1910: 9), Titchener se alineaba claramente con Mach y se distanciaba de Wundt. Rechazaba, en efecto, la distinción que este último hacía entre “experiencia mediata” y “experiencia inmediata” porque entendía que la noción de experiencia implicaba ya la inmediatez, lo que hacía de la “experiencia mediata” una noción contradictoria. No sería, sin embargo, su único rechazo, ya que se opuso también a cuantas ideas wundtianas (la causalidad psíquica, el voluntarismo filosófico, la resistencia a extender los métodos experimentales más allá del estudio de los procesos psicológicos más simples...) consideraba incompatibles con la condición científico-natural que defendía para la psicología (un objetivo que, evidentemente, Wundt no compartía).

Este planteamiento “cientificista” condicionaba asimismo el método con que la psicología debía aproximarse a su objeto. Según Titchener no podía ser otro que el característico de las demás ciencias naturales, el método observacional que en psicología recibe el nombre de “introspectivo”. Porque, en efecto, la introspección psicológica no es otra cosa que observación. Eso sí, observación científica, y, por tanto, rigurosa, atenta y limpia de los prejuicios propios de la observación cotidiana o “de andar por casa”; y observación interna, de procesos mentales sólo accesibles al propio individuo y siempre en riesgo de ser alterados por el ejercicio de la propia introspección. Estas (y otras) dificultades del método introspectivo que Titchener reconocía abiertamente, le llevaban a exigir una serie de precauciones metodológicas que creía imprescindibles si se quería mantener para la psicología la pretensión de cientificidad a la que él aspiraba. Era preciso, por lo pronto, que los observadores estuviesen bien entrenados, de modo que el adiestramiento previo les permitiese sobreponerse a la ligereza y los sesgos de la observación habitual, no científica, cotidiana (por ejemplo, el tan frecuente “error del estímulo”, típico del observador no entrenado, consistente en confundir el objeto percibido, siempre cargado significativamente de todo lo que el observador cree saber previamente sobre él, con la experiencia real y efectiva que se tiene de ese objeto en un momento dado). Era preciso, por otra parte, que la observación misma se llevarse a cabo siempre sobre procesos mentales ya pasados, si bien inmediatamente acontecidos, para evitar que la introspección pudiese llegar a alterarlos (lo cual, claro está, convertía la introspección en “retrospección”, y no fueron precisamente escasas las críticas que el método llegó a recibir por este motivo). Era preciso, por último, que los resultados de la introspección se obtuviesen en condiciones estandarizadas, iguales para todos los observadores, que pudieran garantizar la neutralización de la estimulación no deseada o irrelevante y la posibilidad de repetir la experiencia en distintos momentos y por distintos sujetos e investigadores (es decir, era preciso que la introspección fuese experimental).

Así, pues, Titchener concebía la psicología como una ciencia (esto es, un conocimiento ordenado, metódico, exhaustivo, sistemático) cuyo objeto era la mente (entendida, ya lo hemos visto, como la totalidad de la experiencia en cuanto dependiente de un sujeto que la tiene o experimenta; a la que experimenta o tiene en un momento concreto dado –o, como escribió alguna vez, “la mente ahora”- la llamó Titchener “conciencia”) (Titchener, 1898: 19-20), y su método, la introspección experimental (que es la realizada en el laboratorio bajo estrictas condiciones de control).

Pues bien, ante la psicología así concebida se ofrecía una doble tarea, descriptiva y explicativa, a la que Titchener se refirió como “el problema de la psicología”.

La tarea descriptiva debía desplegarse a su vez en dos momentos distintos: uno analítico y otro sintético. Como cualquier otra ciencia, en efecto, la psicología tenía que comenzar por el análisis de su material, es decir, por su desmenuzamiento en los elementos que lo componen. La cuidadosa observación del científico pone de manifiesto que lo que a primera vista parece simple en realidad no lo es, y debe por tanto ser analizado, troceado en partes cada vez más simples que faciliten su comprensión. La finalidad del análisis es llegar a descubrir los componentes últimos, los que ya no pueden dividirse más o reducirse a otros, del fenómeno estudiado. En psicología el material del que se parte es la conciencia (las experiencias mentales concretas), y el análisis deberá hacer posible identificar los componentes elementales de esas experiencias a fin de determinar su número y naturaleza. Sólo entonces se podrá dar paso a la síntesis, al esfuerzo por recomponer en su integridad primera lo previamente analizado, que en el caso de la psicología deberá consistir y concretarse en la formulación de las leyes que rigen la conexión de los elementos mentales descubiertos para formar las experiencias mentales de las que se obtuvieron. Si en su momento analítico la psicología debe proporcionarnos los elementos constitutivos de la conciencia, en su momento sintético deberá ofrecernos los distintos modos que esos elementos tienen de combinarse para constituirla.

La segunda gran tarea, la tarea explicativa, igualmente tomada del modo de proceder de las demás ciencias, consistirá en psicología en establecer las condiciones fisiológicas o corporales en las que se dan o aparecen los procesos mentales investigados y descritos. No se quería decir con ello que estos fueran causados por aquellas, sin embargo. Titchener rechazaba tajantemente la idea de una relación causa-efecto entre los procesos corporales y los mentales. Asumió en cambio el llamado principio del paralelismo psicofísico (que ya Wundt había sostenido), que se limitaba a afirmar la correspondencia entre ambos tipos de procesos. A todo proceso mental, pues, habría de corresponderle algún otro corporal; y en identificar los correspondientes a los procesos mentales en estudio, aquellos que se dan cuando estos están ocurriendo, consistirá para Titchener la explicación psicológica.

El “problema de la psicología” era, pues, de una magnitud considerable y ofrecía múltiples dimensiones. De todas ellas, Titchener iba a concentrar su atención principalmente en la más básica, en aquella de la que según su propio planteamiento científico-sistemático dependían necesariamente todas las demás: el análisis de la conciencia en sus componentes elementales (y, de manera particular, el estudio de las sensaciones).

Sin duda influido por la tradición empirista y asociacionista del pensamiento británico, en los análisis introspectivos realizados por él mismo y por sus discípulos distinguía Titchener dos tipos fundamentales de elementos mentales: las sensaciones, o elementos de las percepciones; y los afectos, o elementos de las emociones (a los que añadió después un tercer tipo: las imágenes o elementos de las ideas, recuerdos y pensamientos). Estos elementos, a su vez, estaban dotados de ciertos atributos o propiedades (cualidad, claridad, intensidad, duración y, en algunos casos, extensión) que permitían identificarlos y distinguirlos entre sí. Titchener realizó una minuciosa clasificación de las sensaciones atendiendo al órgano corporal del que proceden (visuales, olfativas, gustativas, etc.), al origen externo o interno de la estimulación (sensaciones de los sentidos especiales, sensaciones orgánicas y sensaciones comunes) y a la naturaleza física del estímulo, que permite diferenciar tipos distintos de sensaciones entre los procedentes de un mismo órgano sensorial (como las de brillo y color, dentro de las visuales; o las de ruido y sonido, dentro de las auditivas). Titchener calculó que se habían podido identificar en total más de 40000 sensaciones distintas, de las que unas 31000 estarían relacionadas con el sentido de la vista y unas 11500 con el del oído, sin duda los más investigados en los laboratorios psicológicos de la época (Titchener, 1896: 67).

El tratamiento que hace Titchener de los afectos difiere notablemente del de las sensaciones. No encontramos aquí, en efecto, nada parecido a la detallada clasificación que ofrecía de ellas. Porque si en este último caso la clasificación se justificaba por la gran variedad de órganos sensoriales existente, cada uno su propio grupo o grupos de sensaciones, en el caso de los afectos es el cuerpo en su totalidad el único órgano implicado. Además, así como existe un número muy elevado de cualidades sensoriales (la gran variedad de colores, sonidos, etc.), la introspección únicamente permite identificar dos cualidades afectivas (correspondientes a los procesos orgánicos de anabolismo o síntesis y catabolismo o degradación): el agrado y el desagrado. A ellas redujo Titchener las otras dos dimensiones (excitación-inhibición y tensión-relajación) que había reconocido anteriormente Wundt en el proceso afectivo.

Pues bien, a partir de este conjunto de elementos sensoriales y afectivos pretendió Titchener dar cuenta de la estructura de la mente en su totalidad. Así, fenómenos más complejos como las percepciones o las ideas no serían sino el resultado de la “conexión y mezcla” de sensaciones (Titchener, 1896: 92); los sentimientos resultarían de la unión de una percepción o una idea con un afecto en la que el componente afectivo desempeñaría un papel preponderante; y las emociones estarían constituidas por un sentimiento intenso asociado a un conjunto de ideas (sobre el mundo externo) y sensaciones (orgánicas). En cuanto a los fenómenos mentales de mayor complejidad (recogemos aquí los abordados en su Outline of Psychology [Esbozo de psicología] de 1896, su primera gran obra sistemática), el reconocimiento, la memoria y la imaginación, la conciencia de sí y la intelección (juicio, formación de conceptos y razonamiento) y los sentimientos complejos (intelectuales o lógicos, éticos o sociales, estéticos y los religiosos), Titchener se esforzó por mostrar cómo cada uno de ellos se edificaba sobre la base de otros más simples y anteriores. De este modo, por ejemplo, el razonamiento consistiría en una asociación sucesiva de juicios (la forma más simple de intelección), que serían, a su vez, asociaciones sucesivas de ideas consistentes, por su parte, en conjuntos de sensaciones.

Titchener proponía así una visión de la mente que denominó “estructural” y que, en un célebre artículo de 1898, llegaba a identificar con la psicología experimental misma, en contraposición crítica con la orientación “funcional” que veía tomar a la psicología norteamericana:

El objetivo primordial del psicólogo experimental es hacer un análisis de la estructura de la mente; desenredar los procesos elementales de la madeja de la conciencia, o (cambiando la metáfora) aislar las partes constitutivas de una determinada formación consciente. La tarea del psicólogo experimental es la vivisección que produzca resultados estructurales, no funcionales. Le interesa descubrir, en primer lugar, qué es lo que hay y en qué cantidad; no para qué sirve -(Titchener, 1898b/1982: 210).

El acento debía ponerse, pues, en el “qué” de la conciencia y no en su “para qué”, como parecía defender el “funcionalismo” (vid. capítulo 7); un punto de vista que Titchener consideraba legítimo, pero también prematuro y peligrosamente próximo a las posiciones filosóficas de las que, en su opinión, la psicología se debía alejar.

A este distanciamiento de la filosofía quiso contribuir Titchener definiendo en sus escritos una estricta ortodoxia científico-experimental que iba a calar hondo en la psicología norteamericana de su tiempo. Hito fundamental en este proceso fue la publicación de su monumental Psicología Experimental: Manual de Práctica de Laboratorio en 4 volúmenes (1901-1905), un prodigio de erudición con el que su autor aspiraba a despejar cualquier duda que pudiese haber sobre la respetabilidad científica de la psicología. Junto a esta obra, que se mantuvo durante décadas como el manual estándar de laboratorio (Boring, 1950), otros manuales suyos (Esbozo de psicología, 1896; A Primer of Psychology [Manual básico de psicología], 1898; A Text-Book of psychology [Manual de psicología], 1910; A beginner’s psychology [Psicología para principiantes], 1915) en los que defiende su enfoque estructuralista con idéntico afán de rigor y voluntad de sistema se cuentan asimismo entre los más influyentes de su época (Heidbreder, 1933/1971).

Pero los efectos de esta influencia no fueron solo positivos. La aproximación titcheneriana también suscitó acusadas reacciones en contra que facilitaron la definición misma y la toma de conciencia de otros movimientos alternativos (funcionalismo, conductismo) que lograron afianzarse precisamente frente al estructuralismo y terminaron por prevalecer sobre él en la psicología norteamericana. Porque la psicología de Titchener, con su insistencia en acercarse a los procesos mentales a través de sus elementos, las combinaciones de esos elementos y las combinaciones de esas combinaciones, le resultaba a muchos “casi opresivamente sistemática”, como se ha dicho (Wozniak, 1999: 131). Además, la restricción de su enfoque a la mente “normal, adulta, humana, individual” (Titchener, 1896: 17), la única accesible al método introspectivo experimental por él propugnado, limitaba excesiva e injustificadamente el ámbito de la mirada psicológica para cuantos venían esforzándose por extenderla también a los dominios de lo patológico, lo evolutivo, lo animal y lo social. Por último, su empeño de adoptar un punto de vista científico-natural que se venía a identificar con el experimental imponía a la psicología un confinamiento en el marco del laboratorio que la alejaba sin remedio de las preocupaciones crecientemente prácticas y utilitarias de los psicólogos norteamericanos, cada vez más comprometidos con la tarea de desarrollar las posibilidades de una psicología aplicada al servicio de la sociedad.

De este modo, Titchener fue poco a poco quedándose al margen de los desarrollos más característicos y dinámicos de la psicología norteamericana del momento. Es muy significativo, por ejemplo, que renunciara voluntariamente a participar en las tareas de la Sociedad Psicológica Americana (APA), la institución que, fundada en 1892 bajo el impulso Granville Stanley Hall (1844-1924) de la Universidad de Clark, ha venido articulando en buena medida la vida profesional y científica de la psicología en América desde entonces. En lugar de ello, prefirió rodearse de un pequeño número de psicólogos experimentales “ortodoxos” a fin de mantener vivo su ideal de la psicología como ciencia pura y desinteresada, frente a lo que consideraba como prematura y escasamente científica deriva de la APA hacia la aplicación de conocimientos psicológicos insuficientemente fundados. “Los Experimentalistas”, como se conoció a este selecto grupo, empezaron a reunirse en 1904, y continuaron haciéndolo en encuentros anuales de carácter informal a los que se asistía previa invitación personal del propio Titchener. A la muerte de éste, el grupo siguió reuniéndose, si bien con una organización ya más formal que adoptó el nombre de Sociedad de Psicólogos Experimentales (Boring, 1967).

En los últimos años de su vida Titchener inició una revisión a fondo de su sistema que apuntaba a una cierta flexibilización de su enfoque. La magnitud de la tarea, sin embargo, se reveló superior a sus fuerzas, que atraídas por otros intereses (como el coleccionismo numismático, en el que llegó a convertirse en un auténtico experto) se fueron alejando de la psicología. De su ambicioso proyecto de revisión no han quedado sino unos “Prolegómenos”, que se publicaron póstumamente, como testimonio de la gran obra sistemática que no llegó a escribir (Titchener, 1929).

La aventura estructuralista de Titchener no tuvo continuidad. Tras varias décadas de presencia ininterrumpida y protagonista en la escena psicológica norteamericana, a lo largo de las cuales contribuyó decisivamente a consolidar en ella una cultura científica centrada en el laboratorio, resultaba claro que el proyecto titcheneriano no sobreviviría a su creador. La extremada rigidez de su sistema, las críticas recibidas a la fiabilidad del método introspectivo y el avance incontenible de otros enfoques psicológicos más amplios y flexibles que el suyo (el funcionalismo, el conductismo, la psicología aplicada...) hacían inviable su prosecución. Que terminase muriendo con Titchener, sin embargo, no debe impedir reconocer el importante papel que el estructuralismo llegó a desempeñar en la psicología americana, siquiera sea –como ha dejado dicho la psicóloga e historiadora Edna Heidbreder- como “error brillante e instructivo” (Heidbreder, 1933: 118).